Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 15

Nicole

La luz me despierta antes que el sonido del mar.

Abro los ojos y por un segundo me desoriento. El techo de vigas claras, las cortinas moviéndose con una brisa suave. El cielo azul filtrándose limpio por el balcón.

Ni rastro de la tormenta.

La electricidad volvió y el aire acondicionado zumba bajo. Todo funciona con normalidad, como si la noche anterior hubiera sido una alucinación compartida.

Pero no lo fue.

Me siento en la cama y apoyo los pies en el suelo frío.

Hoy empieza realmente el fin de semana y necesito que empiece bien.

Me visto con algo sencillo: shorts de lino, camiseta blanca, el cabello recogido en una coleta baja. Nada que llame la atención, nada que pueda interpretarse como una invitación.

Frente al espejo ensayo neutralidad.

No pasó nada y ya me considero una profesional actuando. No por nada soy la acompañante perfecta de hombres adinerados en aburridas reuniones nocturnas.

Profesional. Correcta. Intacta.

Eso es lo que voy a sostener porque necesito este trabajo, porque necesito el dinero, porque Lucas no puede depender de mis impulsos.

Salgo de la habitación con la espalda recta y el aroma a café recién hecho llena la casa. Desde la cocina llegan voces suaves y el tintinear de platos.

Daniel está de pie junto a la isla, sirviéndose café.

Levanta la vista cuando entro.

Y ahí está esa mirada, más fija de lo normal, más consciente. No hay sonrisa, no hay gesto evidente, pero sus ojos recorren mi rostro un segundo más de lo adecuado. Siento el recuerdo de la noche pasada deslizarse bajo mi piel como una corriente eléctrica.

Mantengo la compostura.

—Buenos días —digo, con naturalidad ensayada.

—Buenos días.

Su voz es estable. Demasiado estable.

Cassie, sentada en uno de los taburetes, alterna la mirada entre ambos. Levanta apenas una ceja, curiosa. No dice nada, pero lo nota.

Claro que lo nota.

Tomo una taza de café evitando cualquier roce innecesario.

—Dormí como una piedra —añado, fingiendo ligereza.

Daniel sostiene mi mirada un segundo más.

—Me alegro.

No sé si habla del sueño o de otra cosa.

El silencio se estira un poco más de lo cómodo entonces escucho pasos acelerados por el pasillo.

—¡Nicole! —Liam aparece despeinado y con energía desbordada—. ¡El mar está enorme! ¿Vienes con nosotros?

Ethan aparece detrás, intentando parecer más sereno, pero con la misma emoción brillándole en los ojos.

Es la salida perfecta.

—Claro que sí —respondo de inmediato, agradecida por la interrupción.

Dejo la taza casi intacta.

—Vamos antes de que suba el sol —añado, ya caminando hacia la puerta corrediza que da al deck y siento la mirada de Daniel en mi espalda mientras cruzo la sala, no necesito girarme para saberlo.

Bajo los escalones hacia la arena con los niños corriendo delante de mí.

El aire es fresco, el cielo limpio, el océano brillante como si jamás hubiera rugido con violencia.

La arena cede bajo mis pies descalzos y respiro hondo, esto es lo real. El trabajo, los niños, la promesa que hice por lo que no puedo permitirme distracciones.

Detrás de mí, desde el deck, sé que Daniel sigue observando y aunque no lo mire soy dolorosamente consciente de ello.

La arena está fría todavía cuando llegamos.

Liam es el primero en lanzarse de rodillas como si el mundo dependiera de eso. Sus manos se hunden con entusiasmo desmedido, cavando sin plan, sin estrategia, simplemente por el placer de hacerlo.

—¡Vamos a hacer una fortaleza gigante! —declara, ya cubierto hasta los codos.

Ethan rueda los ojos, pero se arrodilla igual.

—Una fortaleza no. Un fuerte con muralla y torre de vigilancia.

—¡Es lo mismo!

—No lo es.

Sonrío.

Me arrodillo junto a ellos y dejo que la arena me ensucie los shorts sin preocuparme. El mar está a unos metros, moviéndose en olas amplias y brillantes. El cielo es de un azul limpio, casi ofensivo después de la tormenta de anoche.

Como si el mundo decidiera borrar lo incómodo con luz.

—Primero necesitamos una base firme —digo, ayudando a compactar la arena húmeda con las manos.

Liam corre hacia la orilla con un balde rojo.

—¡Yo traigo agua!

Lo observo avanzar decidido hacia el borde del mar, esperando el momento justo para acercarse sin que la ola lo alcance por completo. Ethan lo sigue, más calculador.

—No te metas demasiado —le advierte—. La corriente engaña.

Hay algo protector en Ethan que me enternece. Es el tipo de niño que aparenta dureza, pero que siempre está pendiente de su hermano.

Vuelven con el balde medio lleno, salpicando en el trayecto.

Vertemos el agua sobre la base y la arena cambia de textura bajo nuestros dedos. Se vuelve más oscura, más maleable.

Trabajamos concentrados durante varios minutos.

Yo moldeo las paredes, Ethan perfila las esquinas con sorprendente precisión y Liam insiste en hacer una torre exageradamente alta que inevitablemente colapsa dos veces.

La tercera vez logro ayudarlo a estabilizarla.

—¿Ves? —le digo—. Hay que darle tiempo.

Él me mira con una sonrisa llena de arena en los dientes.

—Como cuando me enseñaste a atarme los cordones.

El comentario me toma por sorpresa.

—Exacto. Igual que eso.

Ethan construye una zanja alrededor.

—Es para que si vienen enemigos se llenen de agua.

—¿Qué enemigos? —pregunta Liam.

Ethan señala el mar con solemnidad.

—Piratas.

Liam abre los ojos, fascinado.

—Entonces necesitamos banderas.

Arranca una ramita seca y la clava en la torre. Yo saco una goma de mi muñeca y la amarro como si fuera un estandarte improvisado.

Nos alejamos un poco para admirar la construcción.

No es perfecta. No es simétrica, pero es nuestra.

El viento levanta mechones sueltos de mi cabello y siento el sol empezar a calentarme los hombros.




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