Nicole
El sol está empezando a caer cuando decido meterme al agua.
No se lo digo a nadie, ni a Liam, ni a Ethan, ni a Cassie. Mucho menos a David.
Solo camino.
La arena aún está tibia bajo mis pies descalzos, y el mar frente a mí parece distinto ahora que el día se está apagando, más oscuro, más profundo. Como si escondiera algo.
Tal vez por eso me gusta.
El agua toca mis tobillos primero, luego mis pantorrillas. Está fría, pero no retrocedo. Sigo avanzando hasta que las olas empiezan a romper contra mi cintura.
Nunca había estado en el mar antes, Lucas tampoco, y ese pensamiento llega de golpe.
Aprieto los labios mientras miro el horizonte.
Si hubiéramos nacido en una familia como esta, si el dinero no fuera algo que persigo como si fuera aire Lucas ya se habría operado hace mucho tiempo y estaría aquí conmigo, corriendo por la arena, riendo con Liam.
Sin máquinas, sin tubos, sin hospitales que huelen a desinfectante y miedo.
Cierro los ojos un segundo.
—Te prometí que te iba a traer —murmuro en voz baja, aunque él no pueda oírme—. Y voy a hacerlo.
El agua se mueve alrededor de mí y una ola un poco más fuerte me hace perder el equilibrio por un instante.
Entonces recuerdo la noche. La oscuridad del pasillo, la tormenta, la cercanía, la mano de David sujetándome del brazo, su respiración y lo cerca que estuvimos de hacer algo que no debería haber pasado.
Abro los ojos de golpe.
No puedo pensar en eso, no vine aquí a confundirme con mi jefe.
Vine a conseguir dinero para Lucas.
El mar se mueve otra vez, más suave ahora, y me dejo balancear un poco por el agua. El cielo está pintado de naranjas y rosados, y el sonido de las olas es constante, hipnótico.
Por un momento, logro respirar sin culpa hasta que escucho pasos detrás de mí.
No necesito girarme para saber quién es ya que hay presencias que se sienten y la de David se siente incluso cuando intenta no hacer ruido.
—El agua está fría —dice su voz.
No me doy vuelta de inmediato.
Miro el mar un segundo más.
—Un poco —respondo.
Finalmente giro la cabeza.
David está a unos pasos de la orilla, con los pantalones arremangados hasta las pantorrillas. El viento mueve ligeramente su camisa y el sol del atardecer dibuja sombras suaves en su rostro los cuales lo hacen ver aún más atractivo.
Por primera vez desde que lo conozco no parece un hombre peligroso.
Solo parece… un hombre.
—Los niños están cenando con Cassie —añade—. Pensé que estabas con ellos.
Hago un gesto leve hacia el mar.
—Necesitaba ver esto un rato más.
David mira el horizonte también y se mete al agua sin decir nada.
Avanza hasta quedar a mi lado, no demasiado cerca, pero lo suficiente como para sentir el calor de su presencia incluso con el frío del mar.
El silencio entre nosotros no es incómodo, es denso.
—Lucas nunca ha visto el mar —digo de pronto.
No planeaba decirlo, pero sale igual.
David gira apenas la cabeza hacia mí.
—¿Lucas?
Tardo un segundo en responder.
—Mi hermano.
Las palabras me pesan en la boca, como si acabara de abrir una puerta que siempre mantengo cerrada.
David no pregunta de inmediato, solo espera.
—Siempre me hacía preguntas sobre cómo sería —continúo—. El sonido, el olor, si el agua realmente se ve infinita.
Él me observa, no con la mirada analítica que usa en las entrevistas o cuando habla de negocios. Esta es distinta, más humana.
—Eres muy buena con mis hijos —dice.
Parpadeo.
No esperaba eso.
—Solo intento hacer bien mi trabajo.
—No —responde—. Es más que eso.
Señala hacia la casa, donde las luces ya empiezan a encenderse.
—Liam confía en ti —hace una pausa—. Y Ethan no confía en nadie.
Eso me hace sonreír un poco.
—Ethan me tolera.
David niega suavemente.
—No. Ethan te observa —sus ojos se quedan en mí—. Y eso, en su caso, ya es mucho.
El agua se mueve entre nosotros y entonces me doy cuenta de lo cerca que estamos.
Otra vez.
Mi corazón late más rápido, y odio que él pueda notarlo.
—¿Siempre analizas tanto a las personas? —pregunto, intentando aligerar el momento.
David exhala una pequeña risa.
La primera risa real que le escucho.
—Es parte de mi trabajo.
—Debe ser agotador.
—Lo es.
Se hace un silencio.
El cielo ahora es violeta.
—Pero contigo no funciona del todo —añade.
Lo miro.
—¿Cómo?
—No logro entenderte.
Siento un pequeño golpe en el pecho.
—Tal vez no hay nada que entender.
David da un paso más cerca sin darse cuenta, o tal vez sí.
—No lo creo —su voz es más baja ahora—. Las personas que parecen tranquilas suelen estar sosteniendo tormentas.
Mis manos se tensan bajo el agua porque tiene razón y eso me asusta.
—No soy tan interesante —digo.
—No estoy de acuerdo.
Nuestros ojos se encuentran y por un momento el mar, el viento, la casa, todo desaparece otra vez. Solo estamos nosotros.
No debería gustarme tanto.
No debería, pero lo hace y eso es un problema.
Un problema enorme.
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Editado: 29.03.2026