David
El viento cambió apenas unos minutos después de que Nicole saliera del agua.
No sé exactamente cómo explicarlo, pero lo sentí. Como si el aire se volviera un poco más frío… o tal vez era solo que yo estaba demasiado consciente de todo.
Caminábamos por la orilla en silencio. La arena húmeda cedía bajo nuestros pasos y el sonido del mar lo llenaba todo. No era un silencio incómodo; al contrario. Era de esos silencios que se sienten cargados de algo que todavía no tiene nombre.
Todavía estaba pensando en lo que había pasado hacía un rato.
Nicole tenía algo.
No era solo que fuera hermosa —aunque sería ridículo negarlo—. Era la forma en que hablaba, la manera en que parecía medir cada palabra y aun así dejar escapar cosas que despertaban más preguntas que respuestas.
Y yo… maldita sea, quería esas respuestas.
Avanzamos unos metros más mientras el sol terminaba de hundirse en el horizonte. Ella llevaba los zapatos en la mano y su cabello se movía con el viento. Había algo en la escena que parecía casi demasiado perfecto.
Hasta que sonó su teléfono, el sonido rompió el momento de golpe. Nicole se detuvo y yo también.
La vi mirar la pantalla y, por una fracción de segundo, algo cambió en su expresión. Fue sutil, tan sutil que cualquiera podría haberlo pasado por alto, pero yo lo noté. No era sorpresa, era duda, cálculo.
—Puedes contestar —le dije—. No pasa nada.
Ella dudó apenas un instante más antes de asentir.
—Okey.
Me adelanté unos pasos por la orilla para darle espacio. No quería parecer el tipo de hombre que se queda escuchando conversaciones ajenas, pero tampoco quería alejarme demasiado.
No sabía por qué.
Tal vez porque Nicole tenía esa forma de despertar curiosidad en mí que resultaba casi irritante.
Seguí caminando, mirando el mar, dejando que el agua me rozara los pies. Intenté no prestar atención.
Intenté.
Entonces escuché su voz.
—Aló.
Me detuve por dentro porque ya no era la misma voz, no, no era la que había usado conmigo. No había esa ironía suave que la hacía tan… peligrosa.
Era otra cosa.
Más fría.
Más precisa.
Seguí caminando, pero ahora todos mis sentidos estaban en alerta.
—No… esta noche no.
El viento llevó sus palabras hasta mí entre el ruido de las olas.
Bajé la mirada al agua por un segundo y luego, inevitablemente, miré de reojo hacia atrás.
Nicole caminaba unos metros detrás de mí ahora, mirando el horizonte mientras hablaba por teléfono tranquila, demasiado tranquila.
—Estoy fuera de la ciudad —dijo—. Vuelvo mañana en la tarde.
Algo en mi pecho se tensó.
No sabría decir exactamente qué fue lo que me llamó la atención.
Tal vez la forma en que lo dijo ya que no sonaba como una excusa improvisada.
Sonaba exacto, hasta podría decir que casi profesional y entonces pasó.
Dijo un nombre.
El nombre de un hombre.
Lo dijo lo suficientemente bajo como para que casi no lo escuchara, pero el viento cambió justo en ese momento y la palabra llegó hasta mí.
Sentí que algo se movía en mi memoria.
Ese nombre.
Lo conocía.
O al menos eso creía.
Fruncí ligeramente el ceño mientras seguía caminando, intentando atraparlo en mi cabeza.
¿Dónde lo había escuchado?
¿Por qué me resultaba tan familiar?
—No —continuó Nicole—. Mañana.
Pausa.
—Te llamaré cuando llegue.
Volví a mirarla de reojo y fue ahí cuando algo dentro de mí cambió.
Nicole no parecía incómoda, no parecía molesta, no parecía una mujer que estuviera resolviendo algo inesperado. Parecía alguien acostumbrada a ese tipo de conversaciones como si fuera parte de su rutina.
Cuando colgó, el sonido del mar volvió a llenar el espacio entre nosotros y de repente tuve la sensación de que algo había cambiado.
No sabía exactamente qué, pero ya no estaba caminando junto a la misma mujer que había salido del agua hacía unos minutos.
Nicole aceleró el paso hasta alcanzarme.
—Perdón —dijo—. Era algo de trabajo.
Trabajo.
Se supone que trabaja para mí, haciéndose cargo de mis hijos de lunes a viernes, pero los fines de semana se va de la mansión y la curiosidad por saber qué tipo de “trabajo” le piden un sábado casi en la noche empieza a molestarme.
Asentí lentamente.
—No te preocupes.
Pero mi mente no estaba en mis palabras, estaba en ese nombre.
Ese maldito nombre.
Caminamos unos segundos en silencio mientras el cielo terminaba de oscurecerse y las primeras luces del pueblo aparecían a lo lejos.
Sentía la curiosidad creciendo dentro de mí.
No, ya no era solo curiosidad, era algo más profundo. Algo que se clavaba en la cabeza y no te dejaba en paz.
Miré a Nicole de reojo y ella observaba el mar como si nada hubiera pasado.
Demasiado tranquila.
Demasiado controlada.
Respiré hondo y por primera vez desde que la conocí, una pregunta apareció con claridad en mi mente.
No una pregunta casual.
Una real.
Una que sabía que no iba a desaparecer.
¿Quién demonios es Nicole Miller?
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Editado: 29.03.2026