Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 20

Nicole

Después del desayuno, la mesa comenzó a vaciarse poco a poco. Los niños hablaban al mismo tiempo sobre volver a la playa, Cassie ya estaba organizando algo en su cabeza —se le notaba en la mirada brillante— y yo trataba de concentrarme en mi café.

De repente se puso de pie con un fuerte aplauso como si se le hubiera ocurrido la mejor de las ideas.

—¡Ya sé! —anunció—. Vamos al pueblo.

Los niños reaccionaron de inmediato.

—¡Sí!
—¡Quiero helado!

Gritaron los niños casi al unísono. Cassie sonrió triunfante y luego me miró directamente.

—Nicole, ¿vienes con nosotros?

No necesité ni medio segundo para decidir.

Si no aceptaba, eso significaba quedarme en la casa con David, a solas. Y después de todo lo que había pasado definitivamente no era una buena idea.

—Claro —dije con una sonrisa—. Me encantaría.

Cassie me guiñó un ojo.

No sé si lo hizo a propósito o si solo fue mi imaginación, pero sentí que había entendido exactamente por qué acepté tan rápido.

Un rato después ya estábamos saliendo de la casa rumbo al pequeño pueblo costero que quedaba a unos minutos en auto. El camino bordeaba el mar y los niños no paraban de hablar, señalando todo lo que veían.

—¡Mira ese barco!
—¡Ese perro está corriendo!
—¡Hay gaviotas gigantes!

Cassie manejaba riendo.

—Relájense, exploradores, aún no llegamos.

El pueblo era pequeño pero encantador. Calles angostas, casas de colores desgastados por la sal del mar, banderines moviéndose con el viento y ese aroma mezcla de helado, mariscos y sol que tienen los lugares de playa.

Los niños prácticamente saltaron fuera del auto.

—¡Despacio! —dijo Cassie riendo mientras salía detrás de ellos—. Si se caen, David me mata.

Yo también bajé, y lo primero que sentí fue la brisa marina golpeándome el rostro. Era un lugar lleno de vida.

Pescadores hablando en la plaza, música suave saliendo de una tienda de recuerdos, turistas caminando con cámaras colgando del cuello. Y, por un momento, me olvidé de todo.

—Primera parada —anunció Cassie—: helados.

Los niños aplaudieron como si hubieran ganado la lotería.

La heladería era pequeña, con un letrero antiguo de madera y un mostrador lleno de colores.

—Quiero ese —dijo Liam señalando uno azul brillante.

—Eso no es un sabor natural —dije.

—¡Por eso! —respondió él.

Cassie se inclinó hacia mí en secreto.

—Es sabor “infancia feliz con azúcar”.

No pude evitar reír.

Terminamos con conos gigantes: chocolate para Ethan, el extraño azul para Liam, frutilla para Cassie y uno de crema para mí.

Nos sentamos en una banca frente a la plaza mientras los niños se manchaban la cara con helado.

—Esto es perfecto —dijo Cassie suspirando y tenía razón.

Después del helado, comenzamos a caminar por las tiendas del pueblo.

Había una llena de sombreros de paja.

Grave error.

Porque Cassie entró como si fuera una misión personal.

—Necesitamos probar todos —declaró.

Cinco minutos después, los niños estaban frente a un espejo riendo mientras se probaban sombreros gigantes.

Uno parecía más grande que la cabeza de Ethan.

—Parezco pirata —dijo orgulloso.

—Pareces un champiñón —respondió Liam.

Cassie me puso uno a mí también.

—A ver.

Era de ala ancha, con una cinta blanca.

Me miré en el espejo y casi no me reconocí. Parecía otra persona, más ligera, más despreocupada.

Cassie se cruzó de brazos evaluándome.

—Te queda lindo.

Seguimos caminando. Los niños encontraron una tienda de juguetes de madera y se quedaron fascinados con unos barcos pequeños.

Después corrimos detrás de Ethan porque vio a un perro y quiso seguirlo por media plaza y en algún momento terminamos riendo todos.

Sin filtros, sin tensiones.

En un puesto compramos algodón de azúcar que se deshacía con el viento.

Cassie tenía el cabello lleno de azúcar pegada y no le importaba.

—Esto es vida —dijo—. David debería hacer esto más seguido.

—¿Salir? —pregunté.

—Ser feliz.

Esa frase me dejó pensando. Pero no duró mucho, porque Liam apareció con un sombrero absurdo que parecía un pez.

—Nicole, cómpralo.

—No.

—Por favor.

—No —repetí.

—Por favor —insistió haciendo un puchero que en vez de verse adorable se veía gracioso y no pude contener la risa.

—…

Cinco minutos después lo estábamos comprando.

Cassie se estaba muriendo de risa y por primera vez desde que llegué a trabajar para esa familia, sentí algo que no esperaba. Me sentí parte del momento, como si, aunque fuera por un rato, la vida no fuera solo trabajo, preocupaciones y cuentas médicas.

Era solo un día en un pueblo de playa. Con helado, sombreros ridículos, niños riendo y una mujer extrovertida que parecía un huracán de alegría.

Caminamos hasta que llegamos a un pequeño parque y los niños brincaron sobre su tía Cassie pidiendo que los dejara ir a jugar un rato por lo que ella no dudo en decirles que si solo si se mantenían dentro de su rango de visión para poder vigilarlos.

—¿Qué tal si mientras ese par de terremotos juegan nosotras tomamos un pequeño descanso en las bancas? —invita y yo acepto con gusto ya que el cansancio que traía era de otro mundo.

Una vez sentadas en una de las bancas y Cassie asegurándose de que Liam y Ethan no se alejaran de su vista suspira con relajo.

—Esto es vida.

Me limito a sonreír mientras observo a ese par divirtiéndose juntos. Estas mini vacaciones sirvieron para al fin ver a Ethan actuar como lo que es, un niño. Y debo decir que me gustaría verlo así siempre.

El pequeño parque del pueblo estaba lleno de ruido suave: hojas moviéndose con el viento, el crujido de la arena bajo los pies de los niños y las risas de Ethan y Liam corriendo detrás de una pelota. Estaba concentrada observando a ese par cuando de repente Cassie suelta la bomba.




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