Nicole
Han pasado semanas desde la tormenta en la playa.
Semanas desde aquella caminata donde David escuchó un nombre que no debió escuchar. Y, sin embargo, todo parece haber seguido funcionando con normalidad.
Estoy por cumplir mi plazo trabajando para los Cooper.
Mi contrato era claro desde el principio: dos meses.
Ni uno más, ni uno menos.
Y ahora solo faltan dos semanas, dos semanas para que todo termine.
Dos semanas para cobrar la segunda mitad del dinero.
Dos semanas para que Lucas pueda entrar finalmente a un quirófano y dejar de vivir con un corazón que amenaza con detenerse cada día.
Recibí el pago del primer mes hace ya varios días. Recuerdo perfectamente cuando vi el dinero acreditado en mi cuenta, no lloré, no celebré.
Solo me quedé mirando la pantalla del teléfono durante varios minutos, pensando que ya tenía la mitad. La mitad del camino, la mitad de la vida de Lucas asegurada.
Estoy en el jardín con Liam, que intenta enseñarme a lanzar una pelota con una técnica que claramente inventó él mismo.
—No, Nicole, así no —dice con toda la seriedad del mundo—. Tienes que hacerlo con más impulso.
—Estoy segura de que soy buena en esto —respondo.
—No lo eres —sentencia.
Sonrío.
Hace semanas que Liam dejó de tratarme como la niñera nueva y ahora me busca para todo. Para leer, para jugar, para contarme historias absurdas sobre dinosaurios que probablemente no existen.
Ethan, en cambio, sigue siendo más reservado, pero incluso él ha cambiado, ya no evita hablar conmigo.
A veces se sienta cerca cuando Liam y yo leemos.
A veces me pregunta cosas sobre música o libros.
A veces —muy pocas— me sonríe, y eso, viniendo de Ethan, es casi un milagro.
Pero el verdadero cambio de estas semanas no ha sido con los niños, sino con David.
Levanto la mirada hacia la casa sin darme cuenta y como si lo hubiese invocado, lo veo en el ventanal del estudio observando, no disimula.
Ya no lo hace.
David Cooper ha cambiado conmigo. No de forma evidente para cualquiera, pero yo lo noto.
Antes era distancia, ahora es atención.
Desde la playa algo se movió entre nosotros.
No hablamos de aquella noche, ni de la tormenta, ni de lo que casi pasó, pero el silencio cambió.
Ahora David siempre parece estar cerca preguntando cosas, observando, escuchando. Como si intentara armar un rompecabezas con piezas que yo me niego a darle.
Intento concentrarme en la escena normal frente a mí, pero es difícil ignorar lo que siento cuando David está cerca. Y lo que más me inquieta no es eso, es lo que él está haciendo.
David se ha vuelto controlador. No de una forma evidente o agresiva, pero sí constante.
Quiere saber dónde estoy, qué hago, a qué hora vuelvo cuando tengo mis horas libres.
Al principio pensé que era solo parte de su personalidad.
David es un hombre que controla todo.
Su empresa.
Su casa.
Su vida.
Pero ahora sé que es algo más, lo noto en la manera en que me pregunta cosas que parecen casuales.
—¿Saldrás con tu hermano?
—¿Tienes planes para el fin de semana?
Preguntas simples, pero cargadas de intención y eso ha complicado todo. Porque además de ser niñera… tengo otro trabajo.
Uno que David no puede conocer.
Durante estas semanas ha sido cada vez más difícil mantener ambas vidas separadas.
Las ofertas siguen llegando.
Hombres que pagan bien.
Dinero que necesito.
Dinero para Lucas.
Pero David ahora parece estar en todas partes. Y eso significa que cada vez es más arriesgado porque David Cooper es el tipo de hombre que no deja de investigar hasta entenderlo todo.
Liam decide que es el momento perfecto para volver a lanzar la pelota.
—¡Ahora tú, Nicole!
La atrapo.
—Claro.
Lanzo la pelota y Liam levanta los brazos.
—¡Aprendiste!
—Tengo un buen profesor.
Pero cuando vuelvo a mirar hacia David sigue observándome.
Como si cada día que pasa quisiera saber más.
Como si algo en mí lo mantuviera alerta.
Como si no pudiera evitarlo.
Y lo peor es que yo tampoco puedo evitar notarlo.
Porque en estas semanas, a pesar de todo lo que intento mantener en su lugar, a pesar de que mi prioridad sigue siendo Lucas, a pesar de que sé que no puedo permitirme distracciones…
David Cooper se ha vuelto demasiado presente en mi vida.
Demasiado cerca de descubrir algo que no debería.
Y lo que más me preocupa no es que sospeche.
Lo que me preocupa es que cada vez me cuesta más mantener el muro, porque solo faltan dos semanas para irme, para desaparecer de esta casa.
Los hospitales tienen un silencio distinto.
No es un silencio real.
Siempre hay máquinas sonando, pasos en el pasillo, voces lejanas de enfermeras, pero aun así… se siente como si el tiempo se quedara suspendido dentro de estas paredes.
Otro fin de semana dio inicio y estoy sentada en la silla junto a la cama de Lucas, con un vaso de café frío entre las manos.
Hace rato dejó de estar caliente, pero igual lo sostengo como si eso me mantuviera ocupada.
Lucas está despierto.
Lo sé porque lleva varios minutos mirándome con esa expresión que usa cuando cree que estoy pensando demasiado.
—Nic.
Levanto la vista.
—¿Sí?
—Ese café ya murió.
Miro el vaso.
—Todavía tengo fe en él.
Lucas suelta una risa suave, aunque al final se le escapa una pequeña tos. Automáticamente me inclino hacia él.
—¿Te duele?
—No —dice rápido—. Solo estoy recordándole a mis pulmones que aún existen.
Intento sonreír, pero no me sale del todo.
Lucas está más pálido que la última vez que vine.
Y más delgado.
Lo noto, aunque él intente hacerse el fuerte.
—Hoy te ves cansada —dice.
—Hoy estoy cansada.
#1273 en Novela romántica
#460 en Novela contemporánea
romance, traicion abandono dolor, embarazo inesperado con millonario
Editado: 29.03.2026