Nicole
Es el último día antes de volver a la mansión de los Cooper y me alisto para ser la acompañante de Noah no sin antes dejar todo en orden con Lucas en el hospital. Le volví a agradecer a Gracie por cuidar de mi hermano, por ese trato preferencial que se ha dedicado a darle sin pedir nada a cambio. Si no fuera por ella no sabría en quien confiar para dejar tantos días solo a Lucas en esa fría y solitaria habitación, pero gracias a ella es que pude completar satisfactoriamente cada semana trabajando para lograr nuestra meta.
Me observo en el espejo mientras termino de arreglarme para la noche, ajustando el cierre del vestido con movimientos lentos, casi mecánicos, como si cada gesto fuera parte de un ritual que he repetido tantas veces que ya forma parte de mí.
Esta noche voy a ver a Noah, y eso, de alguna forma, siempre hace que todo sea un poco más fácil.
Noah es mi mejor cliente, el que casi cada fin de semana aparece con la misma elegancia tranquila y esa sonrisa que parece diseñada para abrir puertas sin esfuerzo. Tiene treinta y dos años, pero cualquiera juraría que tiene menos; su cabello rubio perfectamente acomodado, esos ojos verdes que miran con una mezcla peligrosa de seguridad y encanto, y esa manera de hablar que podría convencer a cualquiera de cualquier cosa. Muchas mujeres caerían rendidas solo con verlo entrar a una habitación, y supongo que en otra vida —una donde Lucas no estuviera conectado a máquinas y donde mi mundo no girara en torno a hospitales, deudas y cuentas médicas— tal vez yo también me habría permitido mirarlo de otra manera. Pero no ahora.
Ahora, mientras paso un poco de perfume en mis muñecas y tomo aire frente al espejo, recuerdo exactamente por qué hago esto. Gracias a los pagos de Noah, nunca tuve que preocuparme por los medicamentos de Lucas ni por esas facturas médicas que llegan como recordatorios crueles de lo frágil que es todo. Con el tiempo he aprendido a confiar en él dentro de lo que este trabajo permite; sabe mantener las cosas simples, sin preguntas incómodas, sin complicaciones, como si ambos entendiéramos que lo nuestro existe dentro de un límite claro y profesional. Y aun así, mientras recojo mi cabello y me obligo a sonreírle a mi reflejo, no puedo evitar pensar que, si mi vida fuera distinta, quizás Noah sería el tipo de hombre en el que me fijaría.
Pero esa no es mi historia. Mi historia empieza y termina con un nombre: Lucas.
Y todo lo demás, incluso esta noche, es solo parte del precio que estoy dispuesta a pagar para salvarlo.
La cena transcurre exactamente como casi todas las cenas a las que asisto con Noah: elegante, perfectamente organizada… y mortalmente predecible.
Desde el momento en que entramos al restaurante —uno de esos lugares donde todo brilla demasiado y el silencio cuesta dinero— sé cómo se desarrollará la noche. Hombres con relojes que valen más que mi departamento hablan de números que parecen irreales mientras hacen girar lentamente sus copas de vino. Yo sonrío cuando corresponde, asiento en los momentos correctos y escucho conversaciones que, aunque intento seguir, muchas veces parecen otro idioma.
Esta noche no es diferente.
Un hombre de traje oscuro explica con entusiasmo algo sobre una fusión entre empresas tecnológicas que, según él, cambiará el mercado en Latinoamérica. Menciona valuaciones, porcentajes de participación, rondas de inversión y estrategias de expansión como si estuviera hablando del clima. Otro responde que el verdadero negocio ahora está en la inteligencia artificial aplicada a logística y que quien logre automatizar ciertas cadenas de suministro se quedará con millones en contratos.
Yo corto un pequeño trozo de salmón mientras los escucho discutir sobre capital de riesgo, adquisiciones hostiles, fondos de inversión en Singapur y la posibilidad de abrir oficinas en Dubái. A veces me preguntan algo —qué opino del vino, si el restaurante me gusta, si el tráfico estaba pesado— y yo respondo con una sonrisa que he perfeccionado con el tiempo.
La verdad es que, para mí, todas estas cenas se parecen.
Hombres ricos hablando de dinero que se multiplica mientras yo pienso en facturas médicas, en Lucas y en cuánto tiempo más nos queda.
Noah, al menos, hace que todo sea más llevadero.
De vez en cuando me mira como si supiera exactamente lo aburrida que me resulta la conversación y eso me arranca una pequeña risa. Él participa cuando corresponde, habla con seguridad sobre inversiones en energía renovable y un proyecto inmobiliario que están financiando en la costa. Todos parecen escucharlo con atención.
No me sorprende.
Noah es el tipo de hombre que sabe moverse en estos mundos.
Cuando la cena finalmente termina, siento ese alivio silencioso que nunca dejo ver. Nos despedimos entre apretones de manos y promesas de futuras reuniones, y poco después ya estamos en el auto de Noah camino a mi departamento.
La ciudad pasa en luces borrosas por la ventana.
Como siempre, Noah conduce tranquilo, sin música demasiado alta, sin preguntas incómodas. Es una de las cosas que más agradezco de él.
—Esta noche estuvo peor de lo normal —dice finalmente, con una media sonrisa.
Suelto una pequeña risa.
—Creo que entendí la mitad de lo que dijeron… y eso siendo optimista.
—Créeme —responde—, la mitad ya es bastante.
El auto se detiene frente a mi edificio unos minutos después. Como siempre, se baja primero y rodea el vehículo para abrirme la puerta. Caballeroso hasta el último detalle.
Antes de que pueda despedirme, Noah me interrumpe.
—Nicole —dice al fin—. Dentro de un mes tendré una cena importante. Probablemente la más importante que he tenido en años.
Lo miro con curiosidad.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Un inversor grande. Muy grande. Estamos cerrando un acuerdo que podría cambiar muchas cosas en mi empresa… pero voy a estar fuera del país unas semanas antes de eso. Cuando vuelva se hará la reunión formal.
#1273 en Novela romántica
#460 en Novela contemporánea
romance, traicion abandono dolor, embarazo inesperado con millonario
Editado: 29.03.2026