Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 26

Nicole

¡Asqueroso bastardo!

Reniego en mis pensamientos ya que no me quedo de otra. Ay pero que ganas de acomodarle la nariz chueca de un puñetazo al hombre que acaba de apretarme el trasero como si yo fuera una especie de mesera en un bar de mala muerte en medio de una carretera.

Nicole, respira.

La cocina estaba demasiado silenciosa para el caos que sentía por dentro.

El vaso de agua helada entre mis manos tenía tantos cubos de hielo que tintineaban cada vez que lo movía, pero aun así no lograban enfriar el incendio que llevaba en el pecho. Bebí un sorbo largo, dejando que el frío me quemara la garganta, como si eso pudiera borrar lo que había pasado hace unas horas.

El cumpleaños.

Todavía podía sentir esa mano asquerosa en mi cuerpo, la rabia quemándome la piel y el esfuerzo enorme que hice para no armar un escándalo delante de todos esos niños. Liam y Ethan corrían felices, riendo, sin tener idea de lo cerca que estuve de perder el control.

Apreté el vaso con más fuerza.

Si hubiera estado sola, juro que lo habría golpeado ahí mismo.

Respiré hondo, mirando el reflejo tembloroso del hielo en el vidrio.

Llevé a los niños a la fiesta de cumpleaños de un compañero de clases. David me pidió si por favor podía llevarlos y traerlos de vuelta junto con el chofer, era el plan más inofensivo del día.

Pero definitivamente jamás me habría imaginado ser víctima de tal acoso.

—Hola, un gusto me llamo James y soy el padre de Junior —saludo un hombre que a primera vista parecía bastante amable. Vaya error.

—Hola, Nicole —sonrío amablemente y estrecho la mano que me extiende—. Vengo con Liam y Ethan, soy su niñera —respondo y como si eso fuera un botón que acaba de activar algo James cambia su expresión de un hombre educado y amable a uno que reconozco bastante.

Llevo acompañando hombres adinerados bastante tiempo por lo que he aprendido a notar todo tipo de miradas, movimientos, gestos, mucho mejor que una psicóloga.

—Oh ¿la niñera? —responde con una sonrisa depredadora—. Eso es tan excitante —continua, pero esta vez en voz baja para que el resto no escuche las asquerosidades que está a punto de soltar—. Mi hijo ha tenido varias niñeras, pero ninguna era tan hermosa como tú. Te ofrezco el doble de lo que Cooper te paga por cuidar de sus hijos.

No. No lo dijo. Díganme que no lo dijo.

—Más bien seria… —respondo y le clavo la mirada, una cargada de cordial desprecio— ser su puta personal.

James ríe.

—Mierda, me encantas —se acerca más de lo permitido invadiendo mi espacio personal—. Solo piénsalo, lo pasaríamos tan bien, además, David Cooper es un tempano de hielo, dudo que sepa como satisfacer a una mujer tan hermosa como tu —no puedo creer lo que está diciendo y algo en mis entrañas se sacude. Tal vez sea porque no acepto que se exprese de esa manera de David.

En estas últimas semanas me he dado cuenta que David no es lo que dicen sino todo lo contrario. Lo que pueden ver como controlador es protección, lo que ven como frialdad es desconfianza, y cuando dicen que es un hombre calculador él solo está viendo lo mejor para su familia. Así que no tolerare una falta de respeto más de parte de este ser patético.

—David es mucho más hombre y no necesita pagar por sexo.

Algo en su mirada vuelve a cambiar y creo que le acabo de tocar el ego, pero lo disimula bastante bien, aunque lo que hace a continuación me toma desprevenida.

El bastardo pasa al lado mío y aprieta con violencia uno de mis glúteos provocando que la bilis arda en mi garganta.

Me muerdo la lengua para no decirle hasta de lo que morirá y me limito a buscar a Liam y Ethan porque gracias a Dios ya es hora de largarnos de este lugar.

La puerta de la cocina se abre y me saca de mis pensamientos.

No tuve que girarme para saber quién era. Había aprendido a reconocer la presencia de David de una forma que empezaba a incomodarme. Era ese silencio pesado que llegaba con él, esa sensación de que el aire cambiaba cuando entraba a una habitación.

Aun así, me giré y lo vi.

David no estaba tranquilo, no estaba frío, no estaba distante, estaba furioso.

Sus ojos oscuros tenían algo que no había visto antes, algo más profundo que la simple molestia. Su mandíbula estaba tensa, los hombros rígidos, como si estuviera conteniéndose… o como si acabara de hacer algo de lo que todavía no se había calmado.

Mi corazón dio un pequeño vuelco que no tenía nada que ver con miedo.

Me dijo que sabía lo que había pasado, que Ethan lo había visto.

Que ese hombre no iba a volver a acercarse a mí nunca más.

Y luego añadió algo más, algo que hizo que el aire en la cocina cambiara por completo porque no lo dijo como un comentario casual, lo dijo como una promesa. Como una sentencia.

Me quedé mirándolo, sin saber qué decir por unos segundos que se sintieron eternos. Había algo diferente en él, no era solo la rabia, era la forma en que me miraba.

Como si yo… importara.

—David… —murmuré al fin, pero mi voz no sonó tan firme como esperaba.

Él dio un paso más dentro de la cocina.

—Ese tipo no volverá a tocarte —repitió, y esta vez su voz era más baja todavía.

Tragué saliva.

No me gustaba esto, no me gustaba el cambio, no me gustaba la forma en que mi cuerpo reaccionaba cuando me miraba así porque en unos días me iré de este lugar.

Agarre nuevamente el vaso de agua, más por necesidad de hacer algo con mis manos que por sed.

—No era necesario que hicieras nada —dije finalmente, intentando recuperar mi tono profesional, el que siempre usaba con él.

David no respondió de inmediato. Solo me observó, como si estuviera leyendo algo en mi cara que ni yo misma entendía.

—Para mí sí era necesario —dijo al final.




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