Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 27

Nicole

Hay una diferencia entre cometer un error y decidir repetirlo, la descubrí esa misma noche.

Después de que David salió de la cocina, me quedé sola frente al fregadero, con el vaso vacío todavía en la mano. El hielo se había derretido por completo, pero mi piel seguía ardiendo como si el beso aún estuviera ahí, grabado en mis labios.

Lo peor no era lo que había pasado, lo peor era que no me arrepentía y eso era un problema enorme. Porque yo no estaba aquí para enamorarme de nadie, ni siquiera para sentir algo parecido.

Estoy aquí por Lucas.
Por su operación.
Por el dinero.

Y David Cooper es exactamente el tipo de hombre que puede complicar una vida entera sin siquiera intentarlo.

Respiro hondo, cierro los ojos un segundo y dejo el vaso en el mesón.

Necesito controlarme, necesito recordar quién soy.

Me despierto con la sensación de que algo dentro de mí cambió… y todavía no sé si para bien o para mal.

Durante unos segundos me quedo mirando el techo de la habitación, tratando de ordenar mis pensamientos. No funciona. Todo sigue ahí, enredado, girando dentro de mi cabeza como una tormenta que no encuentra salida. Cierro los ojos un momento y respiro hondo.

No debería importarme tanto, no debería pensar en él de esta manera. Dentro de pocos días mi contrato termina, recibiré el dinero que necesito y me iré. Eso siempre fue el plan. Lucas es el plan, todo lo demás es un error.

Aun así, cuando finalmente me levanto de la cama, lo primero que pienso es si lo veré hoy y eso me irrita profundamente.

La mañana transcurre con una normalidad casi sospechosa.

Después del desayuno, llevo a Liam y Ethan al jardín trasero. El sol está alto, el aire huele a pasto recién cortado y por un momento la vida parece ridículamente simple.

—¡Nicole, corre! —grita Ethan, escapando de su hermano con una pelota en las manos.

—¡No vale! ¡Ella está en mi equipo! —protesta Liam.

—Yo no acepté ser parte de ningún equipo —digo riendo mientras los persigo por el césped.

Termina convirtiéndose en una especie de juego improvisado donde los tres corremos detrás de la pelota como si nuestras vidas dependieran de ello. Ethan tropieza una vez y cae sobre la hierba, pero en lugar de llorar se queda mirando el cielo, riéndose a carcajadas.

—Creo que perdiste —le digo, sentándome a su lado.

—No perdí —responde muy serio—. Solo me tomé un descanso.

Liam se deja caer al otro lado de la pelota, respirando agitado.

—Nicole siempre gana —declara con convicción.

—Eso no es cierto.

—Sí lo es.

—¿Y por qué?

Liam me mira como si la respuesta fuera obvia.

—Porque tú eres la adulta.

Ethan asiente inmediatamente.

—Los adultos siempre ganan.

No puedo evitar sonreír porque si tan solo supieran lo equivocada que es esa teoría.

Cuando llega la hora del almuerzo entramos a la casa todavía riendo.

La mesa ya está puesta y la cocina huele a comida caliente. Me encargo de ayudar a los niños a lavarse las manos mientras intento ignorar esa inquietud extraña que llevo todo el día en el pecho.

No espero verlo, por eso me sorprende cuando David entra al comedor.

Liam es el primero en notarlo.

—¡Papá!

Ethan levanta la cabeza de inmediato.

—¿No estás trabajando?

David deja el saco sobre una silla y se afloja ligeramente la corbata.

—Hoy terminé antes.

Su voz es tranquila, pero cuando sus ojos se cruzan con los míos siento algo que me hace bajar la mirada de inmediato. Esa tensión sigue ahí y más fuerte que ayer.

—Vaya —dice Cassie entrando en ese momento—. ¿A qué debemos el honor?

Se acerca a la mesa con una sonrisa divertida mientras toma asiento.

—Pensé que no aparecerías hasta la noche.

David se encoge de hombros.

—Tenía hambre.

Cassie lo observa con una expresión que claramente no le cree ni una palabra.

Yo me concentro en servir el jugo de los niños. No quiero mirar porque cada vez que lo hago siento sus ojos sobre mí.

El almuerzo comienza con conversaciones triviales. Liam habla sobre la escuela. Ethan insiste en contar la historia de cómo “derrotó” a su hermano en el jardín. Cassie se ríe y hace preguntas, disfrutando del caos típico de una mesa con niños.

Intento concentrarme en eso. Pero cada tanto levanto la vista ahí está David mirándome provocando que mi estómago se tense. En un momento Cassie menciona casualmente:

—Por cierto, pronto volveré a casa.

Ethan frunce el ceño.

—¿Ya?

—Sí, cariño.

Cassie acaricia su cabello con ternura.

—He estado aquí bastante tiempo.

—Pero dijiste que te quedarías más.

—Y lo hice —responde suavemente—. Pero también tengo una casa a la que volver.

Por alguna razón miro a David en ese momento y lo que veo me sorprende. No parece feliz con esa noticia.

El almuerzo continúa, pero algo en el ambiente cambia. No sabría decir exactamente cuándo, tal vez es la forma en que David deja de hablar, o la manera en que Cassie revisa su teléfono cuando este vibra sobre la mesa.

El sonido es corto, casi insignificante, pero cuando Cassie mira la pantalla su expresión cambia.

El color desaparece de su rostro. Es tan rápido que al principio pienso que lo imaginé.

—Cassie… —empieza David.

Pero ella ya está levantándose. La silla se mueve bruscamente contra el suelo.

—Disculpen —dice con voz tensa.

No mira a nadie, simplemente toma el teléfono y se aleja del comedor casi a toda prisa.

Los niños se miran confundidos y por supuesto, yo también.

David se queda inmóvil un segundo, observando el lugar por donde su hermana acaba de desaparecer.

Hay algo en su expresión que me pone alerta: preocupación. Y finalmente se levanta.

—Sigan comiendo —dice, aunque su voz está lejos de sonar tranquila.

Luego sale del comedor siguiendo el mismo camino que Cassie.




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