Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO EXTRA

Cassie

—¿Sabes quién soy?

La voz de la mujer al otro lado del teléfono suena divertida, burlona.

Estoy sentada en el comedor de la casa de mi hermano, mirando la mesa frente a mí sin verla realmente.

La mujer suelta una pequeña risa.

—No importa. Solo pensé que te gustaría saber algo —luego, con una satisfacción desagradable continua—. Estoy en tu casa —mi estómago se contrae—. En tu cama, para ser más exacta.

Cierro los ojos lentamente.

—Tu esposo es increíble —continúa la voz con un tono casi soñador—. No sabía que un hombre podía hacerme venir tantas veces en una sola noche.

El aire se vuelve pesado en mis pulmones.

—Anoche fue… —se ríe suavemente— memorable.

Trago saliva.

—Y esta mañana también.

Puedo escuchar algo de fondo, risas, una voz masculina lejana… la de mi esposo.

—Ni siquiera hemos salido de la cama para almorzar —añade con descaro—. Supongo que eso te dice bastante.

La llamada termina poco después.

No recuerdo exactamente cuándo dejé de respirar, solo sé que cuando levanto la vista estoy pálida e inmediatamente me encuentro en camino a atrapar a esos malditos.

Mientras conduzco de regreso a mi casa, los recuerdos llegan sin que los invite.

Siempre lo amé, desde el principio.

Me había pasado años en un internado en Europa. A miles de kilómetros de mi hermano, de casa, de todo lo que conocía y cuando finalmente estuve de vuelta al país y comencé la universidad yo me sentía como una extraña en mi propia vida.

Fue allí donde lo conocí.

Adrián.

Era el primo de una compañera de clases. Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi. Estábamos en la cafetería de la universidad. Él estaba apoyado contra una mesa, rodeado de chicas que reían demasiado fuerte ante cualquier cosa que decía.

Era guapo.

Ridículamente guapo.

Cabello rubio de ojos avellana, sonrisa fácil, esa seguridad natural que algunas personas parecen traer desde que nacen. En ese momento pensé que era encantador, ahora sé que también era una advertencia.

Mi amiga nos presentó.

—Cassie Cooper, él es mi primo Adrián.

Él me miró con curiosidad.

—¿La famosa hermana de David Cooper?

Rodé los ojos.

—¿Famosa?

Sonrió.

—Bueno… David Cooper sí lo es.

Ese fue el comienzo.

Empezamos a vernos en la universidad. Al principio solo coincidencias casuales, conversaciones en los pasillos, café entre clases.

Luego empezamos a salir.

Adrián tenía esa forma de hacerte sentir especial cuando te miraba. Como si fueras la única persona en la habitación.

Yo era joven, ingenua, y completamente enamorada.

Fuimos novios durante años.

David nunca confió demasiado en él. Nunca dijo nada directamente, pero yo lo notaba. Aun así, cuando Adrián me pidió matrimonio dije que sí sin dudarlo.

Creí que lo conocía.

Creí que el amor era suficiente.

Qué ridícula fui.

Cuando estaciono frente a la casa, el corazón me late con fuerza. La puerta principal está cerrada, pero no con llave, como una absurda invitación a entrar al show.

Entro y me reciben risas que vienen del piso superior. No pierdo tiempo y subo las escaleras, aunque cada paso se sienta pesado.

El sonido se vuelve más claro cuando me acerco al dormitorio.

Mi dormitorio.

Empujo suavemente La puerta que está entreabierta y los veo.

Adrián está sentado al borde de la cama, sin camisa y la mujer está recostada entre las sábanas.

La reconozco inmediatamente, Bárbara Baldwin. Una modelo.

Desfiló con algunas de mis prendas el año pasado durante el Fashion Week. También era conocida por algo más: Cazafortunas.

Cuando me ve, sus ojos se abren con una morbosa emoción. La perra ya me estaba esperando.

—Oh.

Adrián gira la cabeza y el color desaparece de su rostro.

—Cassie…

El silencio que sigue es pesado.

Los observo a ambos con calma. Con una claridad que no había tenido en mucho tiempo.

Bárbara se incorpora un poco en la cama, cubriéndose con la sábana.

—Cas, debemos hablar —dice Adrián, levantándose rápidamente.

Lo miro.

Durante años pensé que este hombre era el amor de mi vida.

Ahora, solo veo a un ser patético.

—No lo creo —respondo.

Mi voz suena demasiado tranquila. Camino unos pasos dentro de la habitación y Bárbara me observa con una sonrisa ligera, casi arrogante.

—Bueno… esto es incómodo.

La ignoro.

Adrián intenta acercarse.

—Cas, no es lo que parece.

Lo miro.

—¿No lo es?

Abre la boca, pero no sale nada y Bárbara interviene.

—Amor, creo que deberías decirle la verdad.

La miro por primera vez.

—Crees que te quedaste con el premio mayor, ¿verdad?

Ella sonríe y por primera vez en toda la mañana siento algo parecido a poder.

—Qué curioso.

Ella frunce ligeramente el ceño, pero la miro con calma.

—Que hayas elegido al hombre equivocado. Juraste que ganaste, que te quedaste con la gallina de los huevos de oro ¿no es así? —ella sigue callada sin entender lo que sucede— Ay Bárbarita como te explico que te equivocaste…

Su sonrisa vacila mientras me quito lentamente el anillo de matrimonio.

—La fortuna en este matrimonio —digo— nunca fue de Adrián.

Bárbara parpadea.

—¿Qué?

Dejo caer el anillo y éste golpea el suelo de madera con un sonido seco.

—Es mía.

El silencio se vuelve absoluto y Adrián palidece.

—Cassie, espera…

—Se acabó.

Mi voz ya no es tranquila, es firme y miro por última vez al hombre que fue mi esposo todos estos años.

—Quiero el divorcio.

Bárbara me observa ahora sin rastro de arrogancia y Adrián parece haber dejado de respirar.

—Puedes quedártelo —añado mirando a la modelo—. Después de todo, parece que te gusta recoger lo que otros pagan —luego me doy la vuelta, pero remato agregando—. Por si te sirve de algo, te dejo la casa… —me burlo mientras abandono la habitación—. Para que al menos tengan donde dormir.




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