Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 31

Nicole

No puedo moverme.

Sigo de pie frente a David, con el corazón latiendo tan fuerte que por un momento temo que el monitor cardíaco de Lucas empiece a marcar también el mío.

Las palabras siguen resonando en mi cabeza.

“Te quiero.”

“La cirugía se va a hacer.”

“No estás sola.”

No sé cuál de las tres me ha dejado más aturdida.

Miro a Lucas quien sigue dormido, tranquilo por primera vez desde que llegué. Su pecho sube y baja con una respiración lenta, acompasada por el sonido constante del monitor.

Ese sonido ha sido el telón de fondo de nuestra vida durante años, hospitales, consultas médicas, exámenes, medicamentos. Esperas interminables en salas frías con olor a desinfectante mientras los médicos usaban palabras demasiado grandes para alguien de mi edad.

Y ahora David está aquí diciendo que todo eso puede terminar, que Lucas va a operarse, que su corazón puede repararse, que puede vivir.

La palabra vivir se abre paso dentro de mi pecho como algo inmenso. Porque durante tanto tiempo mis planes siempre han tenido un límite invisible.

Nunca lo decía en voz alta, pero siempre estaba ahí, en cada pensamiento, en cada sueño. Un pequeño recordatorio cruel:

Tal vez Lucas no llegue a verlo.

Tal vez Lucas no llegue al próximo verano.
Tal vez Lucas no llegue a terminar la escuela.
Tal vez Lucas no llegue a…

Cierro los ojos un momento y de repente mi mente empieza a llenarse de imágenes que nunca me había permitido imaginar.

Lucas corriendo por la playa.

El viento moviendo su cabello mientras el agua le llega hasta los tobillos.

Su risa.

La risa que siempre ha sido más fuerte que su enfermedad.

—Nicole.

La voz de David me trae de vuelta a la habitación.

Abro los ojos.

Él sigue ahí observándome con esa mezcla de firmeza y calma que parece decir que nada de lo que acaba de prometer es una exageración. Que habla completamente en serio.

—No puedo creerlo —mi voz sale apenas como un susurro— ¿De verdad…?

Las palabras se atascan en mi garganta porque no sé cómo terminar esa pregunta, porque ni siquiera me atrevo a decirla en voz alta.

¿De verdad Lucas va a vivir?

David da un paso más cerca.

—Sí, de verdad.

Una simple palabra, pero que pesa más que cualquier promesa que haya escuchado en mi vida.

Mis ojos empiezan a arder.

Durante años he tenido que ser fuerte, siempre fuerte para Lucas, para los médicos, para los bancos, para los trabajos, para el mundo.

Siempre con la espalda recta y la cabeza en alto, aunque por dentro estuviera muriéndome de miedo. Pero ahora siento algo que hace que todo se derrumbe.

Esperanza.

Y es tan abrumadora que me cuesta respirar.

—Lucas… —susurro mirando a mi hermano—. Lucas va a poder vivir —mi voz se rompe y las lágrimas continúan cayendo sin que pueda detenerlas—. Va a poder correr… va a poder enamorarse… va a poder crecer y podrá ir al mar.

Una pequeña risa temblorosa escapa de mi pecho.

—Siempre quiso ver el mar —me limpio las lágrimas con la mano—. Nunca hice planes para eso porque… —hago una pausa sin atreverme a terminar la frase.

Porque siempre tuve miedo.

Miedo de prometerle algo que tal vez nunca podría cumplir.

Pero ahora…

Ahora David está de pie frente a mí diciendo que todo eso puede ser posible.

—Podría llevarlo —murmuro—. Podríamos ir juntos.

Mi mente sigue llenándose de imágenes imposibles.

Lucas aprendiendo a nadar.
Lucas riendo con el agua salpicándole la cara.
Lucas viviendo una vida que nunca debió serle negada.

Levanto la mirada hacia David y algo dentro de mi pecho se aprieta de una forma completamente distinta porque este hombre acaba de cambiar el curso de nuestras vidas con una decisión.

—No sé cómo agradecer algo así.

David niega suavemente con la cabeza.

—No tienes que hacerlo.

Lo observo y las palabras que dijo hace unos minutos vuelven a aparecer en mi mente.

“Te quiero.”

Siento un pequeño vértigo porque no estoy segura de estar preparada para algo así. No con todo lo que llevo encima, no con la vida que he tenido que construir para sobrevivir. Pero aun así hay algo en su mirada que me desarma completamente.

Algo sincero.

Algo firme.

Algo que no parece dispuesto a desaparecer.

—David… —murmuro.

Mi voz vuelve a temblar.

—Esto cambia todo.

Él me observa con una calma que me desarma.

—Lo sé.

Miro a Lucas una vez más.

Mi hermano duerme tranquilo, ajeno a la tormenta de emociones que se está desatando dentro de mí.

Y por primera vez, desde que nuestros padres desaparecieron y tuve que aprender a ser fuerte para los dos siento que el peso que he cargado durante tanto tiempo empieza a aflojarse.

No desaparecer, pero sí volverse un poco más ligero. Porque ahora ya no estoy peleando sola.

Todavía estoy sosteniendo la mano de Lucas cuando alguien golpea suavemente la puerta de la habitación.

Levanto la cabeza y veo un hombre con bata blanca entra revisando una Tablet a quien lo reconozco enseguida.

El doctor Myers.

Su mirada pasa primero por Lucas, luego por mí y finalmente se detiene en David, que permanece de pie a mi lado.

—Señorita Miller —dice con un tono profesional pero amable—. Me alegra ver que llegó tan rápido.

—¿Cómo está? —pregunto de inmediato, levantándome un poco de la silla.

El doctor se acerca a la cama y revisa el monitor cardíaco.

El sonido constante vuelve a llenar el silencio.

—Logramos estabilizarlo —explica mientras revisa algunos números en la pantalla—. Lo que ocurrió fue una taquicardia ventricular sostenida. Básicamente su corazón comenzó a latir de forma anormalmente rápida, lo que impide que la sangre circule correctamente por el cuerpo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.