Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 36

Nicole

No sé en qué momento dejé de sentirme una intrusa.

Tal vez fue el segundo día, o el tercero, o quizás simplemente pasó sin que me diera cuenta.

—Despierta, dormilón…

Mi voz sale suave mientras corro apenas las cortinas de la habitación. La luz entra despacio, bañando el rostro de Lucas.

Ya no se ve pálido ni frágil. Aún está en recuperación, sí, aún hay cuidado en cada movimiento, en cada paso, pero hay algo distinto.

Vida.

—Cinco minutos más… —murmura, escondiéndose bajo las sábanas.

Sonrío.

—Te recuerdo que hoy te toca caminata.

—Traidora.

—Recomendación médica.

Abre un ojo, se queja, pero termina incorporándose con cuidado, siempre con cuidado. Aún le duele un poco el pecho si se mueve demasiado rápido, y yo estoy ahí para recordárselo cada vez que se le olvida que sigue sanando.

—Despacio —le digo, como siempre.

—Sii mamá —responde, con una sonrisa burlona.

Las caminatas se han convertido en nuestra rutina. El médico fue claro: movimiento leve y progresivo, nada de esfuerzos, nada de juegos bruscos. El cuerpo necesita volver a confiar en sí mismo y el corazón, a encontrar su ritmo.

El jardín de la mansión es perfecto para eso ya que es amplio, tranquilo y seguro. Lucas camina a mi lado, dando pasos pequeños pero firmes. A veces se cansa rápido, otras logra avanzar más de lo esperado.

Hoy parece un buen día.

—¿Crees que pronto podré correr? —pregunta.

—Pronto, pero no aún —respondo mientras le revuelvo el cabello y luego se queja.

Los días pasan así, entre pequeñas rutinas que empiezan a sentirse como algo más. Lucas mejora cada día un poco más. Puede caminar más distancia, respira mejor y se cansa menos. Aún evitamos cualquier esfuerzo. Aún vigilo la herida, limpia, sin signos de infección, tal como nos indicaron. Aún seguimos al pie de la letra cada indicación médica.

Los hijos de David también forman parte de su proceso de recuperación ya que todos los días lo buscan para jugar algo que no requiere sobreesfuerzo, lo que me llevo a darme cuenta de lo bien que se lleva con Ethan. Admito que eso me dejo bastante sorprendida.

En parte se debe a que Lucas es un adolescente de dieciséis años y Ethan… es un niño que se comporta como adulto. Tal vez por eso se siente cómodo con alguien “mayor”. Nunca excluyen a Liam, pero puedo notar la afinidad entre ellos.

Una noche lo encuentro en el jardín, sentado en el césped junto a Ethan y Liam. No están jugando, solo están hablando como si fueran amigos de toda la vida.

—Cuando me recupere —dice Lucas—, vamos a hacer una carrera.

Liam sonríe.

—Te voy a ganar.

—Ni en tus sueños.

Ethan los observa, tranquilo. Y entonces Lucas dice algo que me rompe y me reconstruye al mismo tiempo.

—Es la primera vez que siento que tengo hermanos.

El aire se me queda atrapado en el pecho. No me ven, pero David sí.

No sé en qué momento llegó, no dice nada, solo toma mi mano. Y no me alejo porque ya no se siente incorrecto, ya no se siente como algo que deba evitar.

Estoy viviendo cada segundo como si realmente me perteneciera.

Nuestros dedos se entrelazan con una naturalidad. Como si siempre hubiera sido así, como si este lugar, este momento nos perteneciera.

Miro hacia el frente, hacia los tres chicos riendo en el jardín, pero soy demasiado consciente de él a mi lado.

De su mano.

De su cercanía.

—¿En qué piensas? —pregunta en voz baja.

Su voz es suave.

—En que… —dudo un segundo— todo esto se siente demasiado bueno para ser real.

Siento cómo su mano aprieta la mía un poco más.

—Es real —responde sin titubear.

Lo miro entonces y me encuentro con sus ojos ya sobre mí.

—No estoy acostumbrada a esto —confieso—. A no estar preocupada todo el tiempo, a no sentir que algo va a salir mal.

David ladea apenas la cabeza, observándome como si intentara memorizar cada detalle.

—Yo tampoco —dice—. No así.

Frunzo levemente el ceño.

—¿A qué te refieres?

Exhala suave, como si estuviera midiendo lo que va a decir.

—A que nunca había querido quedarme en un momento como quiero hacerlo ahora —mi corazón se acelera—. Nicole… —murmura, y la forma en que dice mi nombre hace que todo dentro de mí se detenga—. Soy el hombre más afortunado en este instante —continúa—. Y no tiene nada que ver con el dinero, ni con mi vida antes de ti —bajo la mirada, incapaz de sostener la intensidad de la suya—. Tiene que ver contigo —añade.

Silencio.

—Con verte ahí… —dice, mirando hacia Lucas—. Con cómo lo miras… con cómo lo cuidas —su pulgar acaricia suavemente el dorso de mi mano—. Con cómo entraste en mi vida y la hiciste algo que no sabía que me faltaba.

Mis ojos se llenan sin darme cuenta.

Levanto la vista y esta vez no huyo.

—Soy feliz —dice, sin adornos—. De una forma que nunca había sido.

El aire se vuelve denso, cálido, peligroso porque siento lo mismo y eso me asusta.

—Esto… —susurro— no estoy segura de que sea lo correcto.

Pero no suena como una negación, suena como una rendición.

David se inclina apenas hacia mí, lo suficiente para que su frente casi roce la mía.

—Ya está pasando —responde en voz baja.

Mi respiración se vuelve irregular.

No me alejo.

No quiero.

Su mano sube lentamente desde la mía hasta mi mejilla, su tacto es suave y cálido. Mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que él puede escucharlo.

Cierro los ojos un segundo.

Solo uno.

Y cuando los abro ya no hay distancia.

Sus labios rozan los míos con una delicadeza que me desarma por completo. No es un beso urgente, no es desesperado.

Mi mano sube hasta su pecho, aferrándome apenas a su camisa mientras el beso se profundiza suavemente, lento, cálido, seguro. Y esta vez no tengo miedo porque en ese instante todo está exactamente donde debería estar. Y yo estoy donde quiero estar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.