Nicole
La luz entra suave por las cortinas, apenas tocando la habitación y despierto antes que él para quedarme en este momento un poco más. Todo está en calma mientras veo a David dormido a mi lado.
Su respiración es lenta, profunda. Una de sus manos descansa cerca de la mía, como si incluso dormido necesitara saber que sigo aquí. Me incorporo despacio, con cuidado de no despertarlo. Mis dedos rozan su brazo sin querer y él se mueve apenas.
—No te vayas… —murmura, aún con la voz dormida.
Mi corazón se detiene.
—No me voy —respondo en voz baja.
Sus ojos se abren lentamente y cuando me mira sonríe. No esa sonrisa calculada que usa con el mundo sino una real y solo para mí.
—Buenos días —dice.
—Buenos días.
—Ven acá —murmura, tirando suavemente de mi muñeca.
No me resisto.
Vuelvo a su lado y en un segundo estoy entre sus brazos, su calor envolviéndome como si ese fuera mi lugar desde siempre.
—Podría acostumbrarme a esto —dice contra mi cabello.
Cierro los ojos.
—Eres peligroso.
—Y tú sigues aquí.
Tiene razón, sigo aquí. Porque quiero, porque ya no sé cómo no hacerlo. Estamos abrazados en su cama hasta que cierta voz rompe nuestra burbuja.
—¡Nicole! —la voz de Liam.
Cierro los ojos un segundo.
Realidad.
—Estamos en problemas —murmuro.
David suelta una risa baja contra mi cuello lo que provoca que la piel se me erice.
Cuando bajamos al comedor el desayuno es un caos, aunque uno bueno.
—¡Yo quiero ese! —dice Liam, señalando el plato de Lucas.
—Es el mismo que el tuyo —responde Ethan sin levantar la vista.
—Pero el suyo se ve mejor.
—Porque no te lo has comido aún.
Lucas sonríe.
—Es mi aura.
—No tienes aura.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—Chicos —intervengo.
David se sienta al otro lado de la mesa y nuestras miradas se cruzan. Sonrío como tonta y Liam al verme piensa que me rio de él y la situación en la mesa.
La rutina continúa durante el resto del día. Lucas toma su medicación sin demasiadas quejas, lo cual es una victoria.
—Te estás volviendo responsable —le digo.
—No me acostumbres.
—Demasiado tarde.
Después salimos al jardín. Las caminatas siguen siendo parte del día, aunque ahora son más largas, más seguras.
—Mira eso —dice Lucas, avanzando unos pasos más sin detenerse—. Nuevo récord.
—Sin presumir —respondo, pero no puedo dejar de sonreír.
—Te ves feliz.
La voz de David me toma por sorpresa.
Está detrás de mí como siempre.
—Lo estoy —respondo sin voltear.
Y es verdad, no es una ilusión, no es un momento pasajero.
Me giro hacia él.
—¿Y tú? —pregunto.
Da un paso hacia mí.
—No lo había sido así nunca.
El aire cambia y se vuelve más íntimo, pero mi hermanito interviene para acabar con ese aire haciendo un fuerte sonido con la garganta. Bastante exagerado que termina por darle un real ataque de tos, David y yo aprovechamos la pequeña tragedia de Lucas para reír a carcajadas y en ese preciso momento solo quisiera congelar este momento de mi vida. Con nosotros allí riendo sin más, solo siendo felices.
La tarde cae tranquila, los niños juegan. Lucas descansa más que antes, pero ya no se ve débil. Y yo estoy en medio de todo eso sin sentirme fuera de lugar.
Sin pensar en lo que viene después, sin preguntarme cuándo se va a acabar porque quiero quedarme aquí, en este momento, en esta vida que no planeé, pero que ahora no sé cómo dejar.
*****
La noche siempre tiene algo distinto en esta casa. Es como si todo se apagara por dentro, no solo las luces. Los pasillos quedan en silencio, el aire se vuelve más denso, más íntimo y todo lo que una intenta evitar durante el día aparece sin pedir permiso.
Entro a la habitación de Lucas con la bandeja en las manos. Gasas, suero, crema, ya casi es casi un ritual.
—¿Listo? —le digo, intentando sonar ligera.
Él levanta la vista del celular y hace una mueca.
—Nunca estoy listo, pero igual lo haces.
Sonrío apenas y me siento a su lado. Empiezo como siempre: retiro la venda con cuidado, despacio, pero ya no con ese miedo que tenía al principio.
Sus heridas han cambiado.
Antes eran algo abierto, frágil, como si cualquier roce pudiera empeorarlo todo. Ahora no. Ahora la piel está cerrando, tomando forma otra vez. Se ve más firme, más clara en algunas partes, más rosada en otras. Todavía sensible, sí, pero ya no vulnerable de la misma manera.
—Mira —le digo en voz baja, inclinándome un poco—. Están casi cerradas.
Lucas baja la mirada.
—Se ven menos feas.
—Nunca fueron feas —respondo, casi sin pensarlo.
El silencio que sigue no es incómodo. Es de esos silencios que pesan, pero bien.
Aplico la crema con movimientos lentos, cuidadosos. Siento su mirada sobre mí, pero no digo nada.
—Nic…
—¿Mm?
—¿Qué está pasando entre tú y David?
Me quedo quieta.
Sabía que iba a pasar en algún momento. Lucas no es un niño y era obvio que se daría cuenta de la situación ya que no es como que David fuera la persona mas cautelosa del mundo. Suelto el aire despacio.
—¿Tan evidente es?
Escucho su risa suave.
—Por favor ¿por quién me tomas?
Levanto la vista y lo miro. No hay juicio en sus ojos, solo curiosidad.
Termino de vendar antes de responder.
—Pasó algo —digo al fin—. Algo que no estaba planeado —no me interrumpe, solo espera—. Y no sé qué hacer con eso.
El silencio se estira.
—¿Te gusta? —pregunta, directo.
Cierro los ojos un segundo. Decirlo en voz alta lo hace más real.
—Sí.
Cuando vuelvo a mirarlo, él asiente como si eso confirmara algo que ya sabía.
—Entonces no entiendo cuál es el problema.
Suelto una pequeña risa, pero no tiene nada de gracioso.
—Ojalá fuera tan simple —me acomodo en la silla, girando un poco hacia él—. No es solo lo que siento… es todo lo demás. Tú, la casa, lo que significa… lo que podría romperse.
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Editado: 10.05.2026