David
Desperté antes que todos.
No fue el ruido, ni la luz. Fue esa sensación incómoda que se instala en el pecho cuando sabes que algo cambió y ya no hay forma de volver atrás. Me quedé mirando el techo unos segundos sonriendo como idiota, repasando todo lo que había pasado y todo lo que ya no podía seguir ignorando.
Nicole.
Pasé una mano por mi cara y me levanté. Si iba a hacer esto, tenía que hacerlo bien.
La casa seguía en silencio cuando empecé a moverme. Revisé horarios, dejé indicaciones, hablé con quien tenía que hablar. Me aseguré de que los niños estuvieran cubiertos, de que Lucas tuviera lo que necesitaba, de que nada quedara al azar.
No era solo responsabilidad.
Era la única forma de que ella aceptara.
Porque si había algo que conocía de Nicole era eso: siempre ponía a los demás antes que a ella.
Y esta vez, no.
Esta vez quería sacarla de ahí, aunque fuera por un rato. Aunque fuera solo un fin de semana.
Cuando terminé, sentí algo parecido a calma.
La encontré en la cocina, de espaldas, preparando algo. El sol de la mañana apenas entraba por la ventana, iluminándole el pelo de una forma que me hizo detenerme un segundo más de lo normal.
—Buenos días —dije acercándome a ella para tomarla de la cintura y apoderarme de sus labios.
Al romper el beso vi esa pequeña sorpresa en sus ojos antes de que volviera a componerse.
—Oh… Bu-buenos días.
Me acerqué lo suficiente como para bajar la voz.
—Necesito que confíes en mí hoy.
Frunció levemente el ceño.
—¿Por qué eso suena peligroso?
Sonreí, apenas.
Negó con la cabeza, pero no se alejó.
—David…
—Ya está todo listo —la interrumpí, más suave—. Los niños, Lucas… todo. No tienes que preocuparte por nada.
Eso sí la descolocó.
—¿Qué hiciste?
—Lo necesario.
Se cruzó de brazos, mirándome con esa mezcla de desconfianza y curiosidad.
—No me gusta como eso suena.
Di un paso más cerca.
—Por eso te lo voy a decir claro: ven conmigo.
Su respiración cambió apenas.
—¿A dónde?
—Conmigo —repetí—. Solo eso. Hoy no tienes que ser la que cuida a todos. No tienes que pensar en nada más.
La miré directo.
—Solo ven.
El silencio entre nosotros se tensó.
Por un segundo pensé que iba a decir que no, pero entonces bajó la mirada y suspiró.
—Esto es una mala idea.
Sonreí un poco más.
—Probablemente.
Le tendí la mano.
—¿Vienes?
Nicole dudó, solo un segundo y después la tomó.
*****
El camino fue cambiando sin que lo comentáramos, como si ambos entendiéramos que decirlo en voz alta lo haría menos real. El asfalto quedó atrás y el auto comenzó a avanzar sobre tierra húmeda, hojas secas crujiendo suavemente bajo las ruedas mientras el bosque se cerraba a nuestro alrededor. Miré de reojo a Nicole; estaba en silencio, observando por la ventana con una atención tranquila, distinta a la de siempre.
—¿Dónde me estás llevando? —preguntó al fin, sin apartar la mirada del paisaje.
Sonreí apenas.
—Confía en mí un poco más.
Giró el rostro hacia mí, entre curiosa y desconfiada.
—Eso me preocupa más de lo que te imaginas.
—Lo sé —respondí, bajando la voz—. Pero igual viniste.
No dijo nada, pero tampoco apartó la mirada. Y eso… eso ya era una respuesta.
Cuando detuve el auto, el silencio nos envolvió de inmediato. Nicole bajó despacio, como si no quisiera romperlo, y giró sobre sí misma observando los árboles altos, la luz filtrándose entre las ramas, el aire limpio que parecía distinto.
—David… —murmuró, casi sin voz—. Esto es…
—¿Demasiado? —pregunté, acercándome un poco.
Negó con la cabeza, todavía mirando alrededor.
—Es perfecto.
La forma en que lo dijo me aflojó algo en el pecho.
Caminamos hacia la cabaña sin prisa, uno al lado del otro. En un momento, nuestras manos se rozaron, y aunque fue leve, ninguno se apartó. Terminé entrelazando mis dedos con los suyos con una naturalidad que me sorprendió incluso a mí.
Ella bajó la mirada a nuestras manos, pero no dijo nada.
Y no la soltó.
—No puedo creer que planeaste todo esto —dijo cuando la cabaña apareció entre los árboles—. Esto no es algo que tú hagas “porque sí”.
Me acerqué un poco más.
—Contigo sí.
El silencio que siguió fue distinto. Más cargado, más real y esta vez, fue ella la que dio el primer paso adentro.
El día se fue acomodando solo. Caminamos entre los árboles, sin rumbo, hablando de cosas pequeñas, riéndonos sin esfuerzo. A ratos nos quedábamos en silencio, pero no era incómodo, era… fácil. Nicole se detenía a mirar detalles que yo habría ignorado, pasaba la mano por las hojas, respiraba profundo como si necesitara llenarse de ese momento.
En un punto se giró hacia mí.
—Gracias.
La miré, sin entender del todo.
—¿Por qué?
Se encogió de hombros, pero sus ojos no se movieron de los míos.
—Por sacarme de allá… por esto. Por dejarme ser yo un rato.
Me acerqué despacio.
—No deberías necesitar salir de tu vida para ser tú.
Nicole sostuvo mi mirada, y por un segundo pareció que iba a decir algo más… pero en lugar de eso, acortó la distancia.
Su mano buscó la mía.
—Igual lo necesitaba —susurró.
De vuelta en la cabaña, la luz de la tarde comenzó a volverse más cálida, envolviendo todo en un tono suave que hacía que el tiempo pareciera ir más lento. Nicole se sentó cerca de la ventana, con las piernas recogidas, mirando hacia afuera. Me quedé observándola unos segundos antes de acercarme.
—¿En qué piensas? —le pregunté.
Giró apenas el rostro hacia mí.
—En que no quiero que esto termine.
Su sinceridad me dejó sin aire un instante.
Me senté a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir su calor.
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Editado: 10.05.2026