Nicole
Desperté antes que él, sin saber muy bien por qué, pero con esa sensación extraña de ligereza en el cuerpo, como si por primera vez en demasiado tiempo no hubiera nada urgente esperándome. Me quedé unos segundos mirando el techo de la habitación, escuchando el silencio del bosque que se colaba suavemente por las ventanas, y entonces giré el rostro hacia David. Dormía tranquilo, con esa calma que no le había visto en días, y por un momento me permití observarlo sin culpa, sin pensar en nada más.
Sonreí apenas.
—Buenos días… —susurré, aunque sabía que no me escucharía.
Me levanté con cuidado para no despertarlo, envolviéndome en una de sus camisas que había quedado sobre una silla, y salí de la habitación sintiendo la madera tibia bajo mis pies descalzos. La cabaña de día era incluso más bonita que la noche anterior; la luz entraba suave por los ventanales, iluminando cada rincón con un tono cálido que hacía que todo se sintiera tan nuestro.
Caminé directo a la cocina, mirando alrededor con curiosidad.
—A ver qué tenemos aquí… —murmuré para mí misma, abriendo los muebles.
Había más de lo que esperaba. Pan, frutas, huevos, café, algunas cosas dulces, suficiente como para improvisar algo más que decente. Sonreí, arremangándome un poco la camisa.
—Perfecto.
Me moví con calma, disfrutando incluso de los detalles más simples: cortar fruta, batir huevos, el sonido suave del sartén, el aroma del café empezando a llenar el espacio. No tenía apuro y sentí que no estaba haciendo algo por obligación, sino porque quería hacerlo.
Quería cuidarlo a él también.
No sé cuánto tiempo pasó, pero en algún momento sentí su presencia antes de verlo. Esa forma en que el ambiente cambia apenas cuando alguien entra.
No me giré de inmediato.
—Pensé que ibas a dormir más —dije, concentrada en lo que hacía.
—Y perderme esto… imposible.
Su voz, todavía un poco grave por el sueño, me hizo sonreír sin querer. Giré apenas la cabeza y lo vi sentado en una de las sillas, observándome con una calma que me puso nerviosa de una forma distinta.
—¿Cuánto llevas ahí? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Lo suficiente.
Fruncí el ceño, divertida.
—¿Y no pensabas ayudar?
Negó, sin apartar la mirada de mí.
—No. Estoy bien así —responde con la mirada puesta en mis piernas desnudas.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír. Terminé de acomodar lo último en la mesa y, cuando ya no tuve excusa para seguir de espaldas, caminé hacia él.
—Eres un flojo —murmuré.
—Puede ser.
Me detuve frente a él, sosteniéndole la mirada un segundo y después me senté sobre sus piernas con naturalidad, como si ese lugar ya me perteneciera.
—Pero te gusta —agregó en voz baja.
—Un poco —admití, acercándome.
El beso fue inmediato, suave al principio, casi juguetón hasta que él profundizó el gesto, sus manos subiendo por mis muslos con firmeza, apretándolos apenas. Sentí cómo mi respiración cambiaba al instante, cómo mi cuerpo respondía sin pensar demasiado.
—David… —murmuré contra sus labios.
—¿Mm?
Sus manos siguieron subiendo, deslizándose con una confianza que me hizo cerrar los ojos un segundo. Cuando llegaron más arriba, sosteniéndome con esa intensidad que ya empezaba a conocer, el beso se volvió más lento, más profundo.
Y tuve que detenerlo.
Me separé apenas, apoyando la frente contra la suya, todavía cerca.
—No.
Él frunció el ceño, confundido, pero sonriendo.
—¿No?
Negué, respirando suave.
—Primero desayunamos.
Soltó una risa baja, sus manos todavía firmes en mí.
—¿Y si mejor te desayuno a ti?
Lo miré, entre divertida y seria.
—No. Tengo hambre de verdad.
—Yo también —respondió, mirándome de esa forma que me hacía perder el hilo.
Sonreí, negando otra vez mientras me bajaba de sus piernas.
—Entonces te aguantas.
—Eso suena injusto.
—La vida es injusta —repliqué, girándome hacia la mesa.
Sentí cómo se levantaba detrás de mí.
—No cuando estoy contigo.
Me detuve un segundo, solo un segundo antes de seguir caminando porque si lo miraba, sabía que iba a ceder.
Me senté y empecé a servir el desayuno, intentando mantener la compostura, aunque todavía sentía sus manos en mi piel.
—Ven —le dije, sin mirarlo—. Antes de que se enfríe.
Se sentó frente a mí, pero su mirada seguía igual. Intensa, tranquila, presente e irónicamente no quise escapar de eso.
Terminamos de desayunar entre miradas que decían más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a poner en palabras. Intenté concentrarme en el café, en la fruta, en cualquier cosa que no fuera él, pero era inútil. Sentía su mirada sobre mí, constante, paciente, como si supiera exactamente cuánto iba a tardar en rendirme.
—Nicole… —dijo en voz baja, casi como una advertencia.
No levanté la vista de inmediato.
—¿Mm?
—Ven.
Así, simple.
Sin adornos.
Sin escapatoria.
Suspiré, negando levemente con la cabeza, pero ya sonriendo.
—Eres imposible.
—Y tú no estás intentando mucho resistirte.
Levanté la mirada entonces, y ese fue mi error.
Porque en sus ojos no había juego esta vez. Había algo más profundo, más seguro, algo que me hizo levantarme sin decir nada más.
—Esto es tu culpa —murmuré mientras me acercaba.
—Lo asumo.
No me dio tiempo a nada más. Cuando estuve lo suficientemente cerca, sus manos encontraron las mías y tiró suavemente de mí hasta que volví a quedar entre sus brazos, y el beso llegó como si hubiera estado esperando todo ese tiempo. No hubo prisa, pero tampoco distancia; era como si ya conociéramos el camino, como si nuestros cuerpos recordaran lo que el día anterior apenas habían comenzado a descubrir.
—Te dije que podía desayunarte a ti —susurró contra mis labios.
Solté una risa suave, apenas separándome.
#7077 en Novela romántica
#1767 en Novela contemporánea
romance, traicion abandono dolor, embarazo inesperado con millonario
Editado: 22.05.2026