Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 41

David

Desperté sin apuro, con esa sensación extraña de no tener que correr detrás del día, de que por una vez nada me estaba esperando afuera. Me quedé unos segundos con los ojos cerrados, consciente de algo más que del silencio, de ella. Nicole estaba ahí, a mi lado, acomodada contra mí como si ese lugar le perteneciera, y por un momento no me moví, solo respiré despacio, sintiendo el peso suave de su cuerpo, la calidez que todavía quedaba entre nosotros.

Giré apenas el rostro para mirarla.

Tenía el pelo desordenado, cayéndole sobre el rostro, y una expresión tranquila que no le había visto en mucho tiempo. Sin tensiones, sin esa carga constante que solía llevar encima. Se veía en paz.

Y no supe en qué momento empecé a querer ser la razón de eso.

—Buenos días… —murmuré, aunque sabía que probablemente ya estaba despierta.

No respondió de inmediato, pero sentí cómo se movía apenas, acomodándose más cerca.

—Mm… —dejó escapar, todavía con los ojos cerrados—. ¿Qué hora es?

Sonreí.

—La que queramos.

Abrió un ojo, mirándome con una mezcla de sueño y diversión.

—Eso no responde nada.

—Es la respuesta perfecta.

Rodó los ojos, pero no se alejó.

—Eres insoportable.

—Ajá, y así te traigo loca.

Esa vez no respondió con palabras, pero soltó una carcajada a pesar de estar más dormida que despierta y después apoyó la frente contra mi pecho, como si esa fuera su forma de darme la razón.

Nos quedamos así un rato, sin hablar, dejando que el tiempo pasara sin medirlo. Afuera, el bosque se movía lento, el sonido del viento entre los árboles entrando suave por la ventana, como si todo acompañara ese momento.

—No quiero irme mañana —dijo de pronto, con la voz baja.

Bajé la mirada hacia ella.

—No lo hagas hoy.

—No funciona así, David.

—Hoy sí.

Se quedó en silencio unos segundos.

—Me gusta cuando dices eso… aunque no sea verdad.

—¿Y si lo fuera?

Levantó la cabeza, mirándome.

—Entonces sería peligroso.

Sonreí apenas.

—Tal vez ya lo es.

No respondió, pero no apartó la mirada y eso fue suficiente.

*****

El resto de la mañana se nos fue en esa calma rara que no habíamos tenido nunca. Nos levantamos sin apuro, compartiendo el espacio como si lleváramos años haciéndolo. Nicole se movía por la cabaña con una naturalidad que me sorprendía, como si ese lugar la hubiera estado esperando a ella y no al revés.

—¿Vamos a hacer algo hoy o nos vamos a quedar aquí todo el día? —preguntó en algún momento, apoyada en el marco de la puerta, mirándome.

—¿Quieres hacer algo?

Se encogió de hombros.

—No sé… salir, caminar… fingir que somos una pareja normal.

La miré con una leve sonrisa.

—No tenemos que fingir.

Frunció el ceño apenas, pero no insistió.

—Entonces salgamos.

El bosque durante el día era distinto. Más vivo, más amplio, como si se abriera solo para nosotros. Caminamos sin rumbo, dejando que el sendero decidiera por nosotros, hablando de cosas simples, riéndonos sin razón aparente. Había momentos en que nuestras manos se encontraban sin que ninguno lo buscara, y otros en los que simplemente caminábamos en silencio, pero sin incomodidad.

—Es raro… —dijo en un momento, deteniéndose.

—¿Qué cosa?

Miró alrededor, y después a mí.

—Esto. Sentirme así.

—¿Así cómo?

Se quedó pensando unos segundos.

—Tranquila.

No respondí de inmediato.

—No deberías sentirlo como algo raro.

—Pero lo es.

Se acercó un poco más, bajando la voz.

—Contigo lo es.

Sentí algo apretarse en el pecho, pero no lo solté.

—Entonces quédate ahí.

Nicole sostuvo mi mirada, como si intentara entender algo que no terminaba de decirse.

Y después sonrió.

Pasamos gran parte del día afuera, sentándonos en el pasto, apoyándonos contra los árboles, compartiendo momentos que no tenían nada extraordinario, pero que lo eran todo. En un punto se recostó sobre mí, usando mi pierna como apoyo, y empezó a jugar distraídamente con mi mano.

—¿Siempre eres así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—Tan tranquilo.

Solté una pequeña risa.

—No —la miré—. Es por ti.

Se quedó en silencio, pero sus dedos se detuvieron un segundo antes de seguir moviéndose.

El día paso con nosotros caminando en el bosque, Nicole tomando fotos con su celular. Cada que veía un “bonito escenario” me pedía que le sacara una foto y yo le daba ese gusto porque poder capturar su sonrisa para guardarla en mi galería parecía una buena idea. Volvimos a la cabaña cuando la luz empezó a bajar un poco, pero sin esa sensación de que el día se estaba terminando. Era más bien como si estuviéramos acumulando momentos sin darnos cuenta.

Nicole entró primero, dejándose caer en el sofá con un suspiro suave.

—Creo que podría acostumbrarme a esto.

Me acerqué, apoyándome en el respaldo detrás de ella.

—¿A mí?

Giró el rostro, sonriendo.

—A esto —corrigió—. Aunque tú estás incluido.

—Menos mal.

Se incorporó apenas, acercándose.

—No te emociones tanto.

—Muy tarde.

La besé sin avisar, despacio al principio, dejando que el contacto creciera solo, sin apuro. Ella respondió de inmediato, acercándose más, como si tampoco quisiera romper ese momento.

La tarde siguió entre pequeños gestos, entre risas, entre esa cercanía constante que ya no necesitaba explicación. Cocinamos juntos, aunque “cocinar” fuera más reírnos y estorbarnos que otra cosa, y terminamos comiendo cualquier cosa improvisada en la terraza, con el bosque extendiéndose frente a nosotros.

—Esto es peligroso —dijo en voz baja, mirando hacia afuera.

—¿Otra vez con eso?

Asintió.

—Sí porque me gusta demasiado.

La miré, apoyando el codo en la mesa.

—A mí también.

Giró el rostro hacia mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.