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CAPÍTULO 43

David

No recordaba haberme sentido así antes. Era una sensación que no lograba contener, como si no me cupiera en el pecho. Todo dentro de mí parecía empujar en la misma dirección, desbordándose sin control. Nicole había aceptado, y ese pequeño gesto, casi imperceptible, seguía repitiéndose en mi cabeza una y otra vez.

La forma en que asintió había sido suficiente. No necesitaba palabras. Para mí, eso había sido un sí.

Y en ese momento estaba completamente seguro de algo: no podía haber nadie más feliz que yo.

Durante todo el camino de regreso no dejé de pensar en cómo decírselo. En encontrar las palabras correctas, en no arruinarlo, en no hacerlo parecer impulsivo. Porque no lo era. No se trataba solo de lo que había pasado entre nosotros en la cabaña. Se trataba de ella, de lo que era cuando estaba cerca, de lo que provocaba en mí sin siquiera intentarlo.

La quería conmigo de verdad.

Para siempre.

No quería que se fuera nunca de mi lado.

Ensayé muchas formas en mi cabeza, pero ninguna parecía suficiente. Aun así, cuando llegamos a la mansión, supe que no podía seguir esperando. Apagué el motor y el silencio llenó el auto. La vi moverse para bajar, como si ese momento fuera uno más, como si nada estuviera a punto de cambiar.

La detuve sujetando suavemente su brazo.

Nicole se giró hacia mí con curiosidad, sorprendida, y en ese instante supe que no había vuelta atrás. Tomé aire y hablé con la claridad que no había encontrado en todo el camino.

—No quiero seguir así.

Sus ojos se fijaron en los míos, atentos.

—No quiero esconderme en mi propia casa para estar contigo. No quiero que esto sea algo que tengamos que ocultar.

Vi cómo algo en su expresión cambiaba, apenas, pero lo suficiente.

—Quiero que formalicemos esto, Nicole.

El silencio que siguió fue breve, pero intenso. Y entonces dije lo que llevaba todo el camino intentando ordenar.

—Quiero que seas mi esposa.

No aparté la mirada. No dudé.

Sus ojos se llenaron de lágrimas casi de inmediato, y por un instante sentí un golpe de incertidumbre. Pero entonces ella asintió. Un gesto leve, suave, pero completamente real.

Y fue suficiente.

Todo dentro de mí se liberó en ese instante. Una calma profunda, absoluta, como si todo finalmente encajara. Sonreí sin darme cuenta, una sonrisa que no intenté controlar, que simplemente apareció porque no podía ser de otra forma.

Nunca había sonreído así.

Y en ese momento no existía nada más.

La euforia no me dejaba quedarme quieto. Apenas reaccioné, abrí la puerta del auto y bajé con rapidez, sintiendo una energía que me recorría el cuerpo entero. Rodeé el vehículo casi sin pensar, con una urgencia que no intenté disimular. Todo se sentía claro, simple, correcto.

Llegué hasta su lado y abrí la puerta para ella. El gesto fue automático, pero cargado de algo más. Ya no era solo cortesía. Era intención. Era la forma más clara que tenía de demostrarle que esto era real.

Nicole seguía ahí, sentada, mirándome. Por un segundo el tiempo pareció detenerse otra vez, pero esta vez no había duda en mí. No había espacio para titubeos.

Le tendí la mano.

No como un gesto cualquiera, sino como una invitación a quedarse, a avanzar, a hacerlo conmigo.

—Vamos —dije, con una seguridad que no me había escuchado antes—. Quiero que entremos juntos.

Mi mirada no se apartó de la suya mientras hablaba.

—Quiero que todos sepan que estás conmigo.

Decirlo en voz alta lo hizo aún más real. Más firme. Más imposible de retroceder. Mi mano seguía extendida frente a ella, esperando, sin prisa, pero con una certeza absoluta.

Desde ese momento, no pensaba soltarla.

Nicole tomó mi mano. El contacto fue firme, real, y por un instante todo lo demás dejó de importar. Cerré los dedos alrededor de los suyos con naturalidad, como si ese gesto siempre hubiera sido nuestro, como si no existiera otra forma de entrar ahí que no fuera juntos.

Caminamos hacia la entrada y crucé la puerta sin soltarla. La casa parecía tranquila al principio, pero a medida que avanzábamos hacia el gran living, las voces y risas empezaron a hacerse presentes. Fue entonces cuando los vi.

Cassie estaba en el suelo junto a Lucas, Ethan y Liam. Los cuatro estaban inclinados alrededor de una torre de jenga, concentrados, completamente metidos en el juego. No esperaba encontrarlos así, mucho menos en ese momento.

Me detuve apenas un segundo, sorprendido, pero no lo suficiente como para soltar la mano de Nicole.

El cambio fue inmediato.

Uno a uno levantaron la mirada, y entonces lo notaron. Sus ojos pasaron de nuestros rostros a nuestras manos entrelazadas, y luego volvieron a subir, como si intentaran confirmar que lo que estaban viendo era real.

El ambiente cambió en un instante.

Cassie se quedó completamente inmóvil, con una pieza de madera suspendida entre sus dedos. Su expresión se congeló, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ella. La torre frente a ellos empezó a tambalearse, primero levemente, luego con más inestabilidad.

Nadie reaccionó.

Nadie se movió.

Todos estaban mirándonos.

La estructura se inclinó hacia un lado, luego hacia el otro, resistiendo apenas unos segundos antes de ceder. Las piezas cayeron una tras otra, golpeando el suelo con un sonido seco que rompió el silencio que se había instalado en la habitación.

Ese fue el momento que los hizo reaccionar.

Liam levantó los brazos de golpe y gritó un “¡Sí!”, como si acabara de ganar el mejor premio posible. Su entusiasmo contrastaba con el resto, porque Ethan, Lucas y Cassie no tardaron en volver su atención hacia nosotros.

Hacia nuestras manos.

Hacia la forma en que seguíamos de pie, tomados, sin soltarnos.

Y en ese instante sentí el peso real de lo que acabábamos de hacer.

Pero no solté a Nicole.




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