Lo Que El Dinero No Compro

CAPÍTULO 44

Nicole

—No.

—Cassie...

—He dicho que no.

Solté una risa mientras apoyaba la cabeza contra el respaldo de la silla.

Llevábamos casi dos horas encerradas en una de las salas privadas del hotel donde se celebraría la boda, rodeadas de muestras de flores, catálogos, telas y una cantidad absurda de fotografías impresas.

Y Cassie seguía comportándose como si estuviéramos organizando una boda real, bueno, supongo que sí era una boda real.

Mi boda.

Todavía me costaba creerlo.

A veces despertaba por las mañanas y tardaba varios segundos en recordar que aquello no era un sueño. Que David realmente me había pedido matrimonio. Que yo había aceptado.

Que dentro de unas semanas sería su esposa.

La sola idea seguía produciéndome vértigo.

—Nicole, necesito que entiendas algo —dijo Cassie señalando una fotografía—. Estas flores parecen sacadas de un funeral.

—Son flores blancas.

—Exactamente.

—Las bodas usan flores blancas.

—Y los funerales también.

La miré unos segundos, ella me devolvió la mirada completamente seria, pero terminé riéndome.

—Eres imposible.

—Y tú tienes un gusto cuestionable.

—Lo dice la mujer que quería una fuente de chocolate de tres metros.

—Era elegante.

—Era una monstruosidad.

Cassie se llevó una mano al pecho fingiendo indignación.

—No puedo creer que vayas a formar parte de esta familia y sigas atacándome de esta manera.

Volví a reír y me permití simplemente disfrutarlo, disfrutar de todo. Porque por mucho tiempo había olvidado cómo se sentía pertenecer a algún lugar.

Había pasado tantos años sobreviviendo que nunca me había detenido a imaginar algo así.

Una familia.

Personas que me querían allí.

Personas que me incluían sin condiciones.

Lucas estaba sano.

David estaba a mi lado.

Los niños me habían abierto un espacio en sus vidas.

Incluso Cassie se había convertido en algo parecido a una hermana.

A veces me parecía demasiado, demasiado bueno, demasiado perfecto como si la vida estuviera compensando todos los años difíciles de golpe.

—¿En qué piensas?

La voz de Cassie me sacó de mis pensamientos.

—En nada —miento y ella entrecierra los ojos acusándome.

—Mentira.

—No es mentira.

—Nicole.

Suspiré.

—Solo estaba pensando que soy muy afortunada.

La expresión burlona desapareció poco a poco de su rostro.

—Sí —dijo suavemente—. Lo eres.

Bajé la mirada.

Mis dedos jugaron inconscientemente con el anillo que descansaba en mi mano.

Todavía me emocionaba verlo.

Todavía me parecía increíble.

—Y Dav también lo es —añadió ella.

Mi corazón se apretó con ternura porque sabía que era verdad. Había conocido muchas versiones de David.

El hombre frío.

El hombre distante.

El hombre que levantaba muros más rápido de lo que otros podían acercarse.

Pero también había conocido al hombre que se quedó despierto noches enteras cuando Lucas estuvo enfermo.

Al hombre que me sostuvo cuando creí que ya no podía más.

Al hombre que me amó incluso cuando yo misma sentía que no merecía ser amada. Y ese hombre era el que yo veía cada mañana.

—Lo amo mucho —susurré.

Cassie sonrió.

—Lo sé —y luego sonrió aún más—, Créeme, todos lo sabemos.

Rodé los ojos.

—No empieces.

—Es imposible no darse cuenta.

Sentí el calor subir a mis mejillas.

—Cassie.

—Y él está peor, está obsesionado contigo.

Tomé una de las muestras de tela y se la lancé. Ella soltó una carcajada y yo me sentía ligera.

Feliz.

En paz.

Como si el futuro ya no fuera algo que temer.

Como si por fin pudiera permitirme creer que las cosas iban a salir bien.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró sobre la mesa.

La sonrisa desapareció apenas un poco.

Meses atrás, cuando todo era diferente, cuando David y yo aún no existíamos, cuando mi vida seguía siendo otra Noah había sido uno de mis clientes más antiguos.

Uno de los pocos que siempre me trató con respeto. Uno de los pocos que nunca intentó comprar algo más que mi tiempo y también uno de los pocos hombres a los que jamás había logrado mentir del todo.

Él sabía que había cosas que ocultaba y aun así permaneció allí. Por eso, cuando decidí dejar esa vida atrás, había prometido despedirme correctamente.

Cerrar el capítulo.

Terminarlo de una vez.

Sin cabos sueltos.

Sin fantasmas.

Porque todo terminaría, después de eso sería libre. Libre para empezar de verdad, para convertirme en la esposa de David Cooper.

Libre para dejar atrás a la mujer que había sido durante tantos años.

Guardé el teléfono.

Y obligué a la sonrisa a regresar.

—¿Quién era? —preguntó Cassie.

—Nadie importante.

La mentira salió demasiado fácil y por alguna razón sentí una pequeña punzada de inquietud. Una tan leve que decidí ignorarla.

Sin saber que aquella decisión estaba a punto de cambiarlo todo.

***

Esa noche regresé a mi habitación mucho después de la cena. La mansión estaba en silencio, los pasillos permanecían vacíos e inevitablemente sentía el peso de lo que estaba a punto de hacer.

Me quedé inmóvil frente al armario. Observándolo durante varios segundos, tal vez minutos. Sabía exactamente lo que estaba buscando y aun así me costó abrir la puerta.

Cuando finalmente lo hice, encontré las cajas donde permanecían guardadas las prendas que había dejado de usar desde que Daniel entró en mi vida. Vestidos elegantes, zapatos de diseñador, accesorios cuidadosamente seleccionados.

Herramientas de trabajo. Una vida entera resumida en unas pocas cajas. Mis dedos recorrieron las telas lentamente y algo dentro de mí se quebró porque durante años aquella había sido mi armadura: La mujer segura, la mujer elegante, la mujer capaz de entrar en cualquier habitación y cautivar a cualquiera.




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