David
Dos años.
Eso era exactamente el tiempo que había pasado desde la última vez que vi a Nicole Miller y ni un solo día había logrado olvidarla.
No volví a saber de ella, ni de Lucas. Ni una llamada, ni un mensaje, nada.
Era como si ambos se hubieran evaporado de la faz de la tierra. Como si jamás hubieran existido y, aun así, seguían presentes en cada rincón de mi vida.
En cada silencio, en cada recuerdo.
En cada maldita noche en la que cerraba los ojos y volvía a verla arrodillada en medio del estacionamiento oscuro, con lágrimas en los ojos, suplicando hasta que toda esperanza la abandonara.
Dos años.
Y todavía era incapaz de borrar aquella imagen.
La imagen de Nicole entrando del brazo de Noah Harris.
La imagen de aquel hombre diciendo con orgullo que llevaban casi un año juntos.
La imagen de ella guardando silencio.
Y, por encima de todo, la imagen de sus ojos. Aquellos malditos ojos que incluso dos años después, había algo que seguía persiguiéndome.
No parecían los ojos de una mujer enamorada de otro hombre, pero ya era demasiado tarde para pensar en ello.
Ella se había ido.
Y yo había sido el encargado de asegurarme de que jamás regresara.
La vida había continuado o al menos eso le gustaba creer a todo el mundo. Porque la verdad era que mi vida se había detenido aquella noche y simplemente aprendí a seguir respirando.
No volví a enamorarme, no volví a salir con ninguna mujer, ni siquiera lo intenté y mucho menos volví a contratar una niñera.
Después del divorcio, Cassie se había mudado con nosotros y prácticamente había asumido el papel que antes desempeñaba Nicole.
Liam y Ethan ya tenían siete y diez años y, aunque seguían siendo dos terremotos, habían aprendido a vivir con un padre que sonreía cada vez menos porque eso era lo que me había convertido. En un hombre frío y sombrío, en alguien que trabajaba demasiado y dormía demasiado poco.
En alguien que había olvidado cómo era ser feliz y aquella noche no era diferente.
Estaba sentado en mi oficina de casa, revisando unos informes que realmente no me importaban, cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
—Si sigues así, voy a incendiar esta oficina.
Ni siquiera levanté la vista.
—Buenas noches para ti también, Cassie.
Mi hermana entró con una taza de café en la mano y una expresión de absoluto fastidio.
—Es casi medianoche.
—Y sigo vivo. Un milagro, ¿no?
—No seas imbécil.
Solté un suspiro.
—¿Qué quieres?
—Esto tiene que terminar Dav —aquello me arrancó una sonrisa amarga. Cassie dejó la taza sobre el escritorio y cruzó los brazos— ¿Sabes qué es lo que más me molesta?
—No. Pero sospecho que estás a punto de decírmelo.
—Tu actitud de mierda.
Levanté la vista por primera vez.
—Cass...
—No, hoy me vas a escuchar —mi hermana me señaló con un dedo—. Porque estoy cansada, David. Cansada de verte trabajar hasta matarte, cansada de verte existir en lugar de vivir, cansada de ver cómo esos niños se conforman con las migajas que les da su padre porque el resto del tiempo estás encerrado aquí, castigándote por algo que ocurrió hace dos años.
—No estoy castigándome.
—Ah ¿no? —su risa fue completamente incrédula— Entonces explícame qué demonios haces todas las noches encerrado en esta oficina.
No respondí porque ambos conocíamos la respuesta.
Trabajaba hasta el agotamiento. Porque el cansancio era preferible a pensar, porque pensar significaba recordar y recordar significaba volver a ella.
—Ya basta, David —la voz de mi hermana se suavizó—. Ya basta.
—No quiero hablar de esto.
—Pues yo sí.
Suspiré pesadamente.
—Cassie...
—No —sus ojos se llenaron de frustración—. Ya estoy harta David ¡Supéralo! Si no vas a salir a buscarla para exigirle una explicación entonces supéralo de una maldita vez. Todos pasamos por un corazón roto y no andamos por ahí dando lástima —ella continua y cada vez más levantando la voz, la entiendo, claro que sí, pero no iba a decírselo porque las cosas con ella no funcionan así—. Tienes dos hijos, dos hijos que no entienden porque su padre actúa como si no existieran, como si ellos no te importaran.
Apreté la mandíbula.
—Eso no es cierto. Claro que me importan, porque crees que trabajo tan duro.
—¡No es por ellos y lo sabes! Por favor madura maldita sea.
Aquello me hizo levantarme de golpe.
—¿Madurar? —mi voz salió más dura de lo que pretendía—. ¿Eso es lo que piensas? ¿Que llevo dos años revolcándome en mi miseria porque me divierte?
—Creo que llevas dos años escondiéndote.
—No sabes de qué demonios estás hablando.
—¿En serio? —sus ojos brillaban de rabia—. Entonces ilumíname, David. Porque desde donde yo estoy parada, lo único que veo es a mi hermano destruyéndose lentamente por una mujer que eligió a otro hombre.
Aquellas palabras fueron como una bofetada, porque eso era exactamente lo que todos creían, incluso yo.
—Vete a dormir, Cassie.
—No.
—He dicho que te vayas.
—Y yo he dicho que no.
Nos quedamos mirándonos fijamente.
Ella era la única persona en el mundo capaz de desafiarme de aquella manera y salir ilesa.
—¿Sabes qué? —continuó finalmente—. Tienes razón, Nicole se fue. Eligió a otro hombre y desapareció. Tal vez nunca te amó, tal vez todo fue una mentira. ¿Pero sabes qué es lo verdaderamente triste? —guardé silencio—. Que ni siquiera estás enfadado con ella.
Fruncí el ceño.
—¿De qué hablas?
—Estás enfadado contigo mismo.
La habitación quedó en silencio.
—Estás convencido de que la perdiste por tu culpa. Te culpas por haberla dejado ir, por haber escuchado a Noah Harris, por no haber luchado más. Y como no puedes cambiar nada, te castigas todos los días.
—No sabes nada.
—Te conozco mejor que nadie —mi hermana tragó saliva— Sí, David. Porque cuando te divorciaste de Emily, hiciste lo mismo. Siempre haces lo mismo.
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Editado: 12.07.2026