David
El sábado terminó siendo mucho mejor de lo que esperaba.
Ethan y su equipo habían ganado el campeonato y, aunque intentó aparentar indiferencia delante de sus amigos, la sonrisa orgullosa que no conseguía ocultar lo delataba.
Y Liam, mi pequeño genio había hecho una presentación de ciencias tan buena que incluso había regresado a casa con una cinta de reconocimiento y una emoción imposible de contener.
Por primera vez en mucho tiempo, mis hijos parecían felices y claro, yo también.
—Entonces, ¿eso significa que podemos pedir doble malteada? —preguntó Ethan, con una sonrisa llena de esperanza.
—Y helado —añadió Liam inmediatamente.
Solté una pequeña risa.
—¿No es suficiente con las hamburguesas y las papas fritas?
—No —respondieron ambos al mismo tiempo.
Aquello me arrancó una sonrisa verdadera.
—Está bien. Pero si alguno termina vomitando, será bajo su propia responsabilidad.
Los dos levantaron los brazos en señal de victoria.
Y así terminamos en aquel restaurante que Ethan adoraba por sus hamburguesas gigantes y que Liam amaba porque tenía una enorme zona de juegos para niños. Aunque quedaba bastante retirado no dije nada y conduje por casi dos horas hasta este lugar porque hoy ambos se lo habían ganado.
Mientras ellos discutían cuál era el mejor sabor de malteada, me limité a observarlos.
Dios había olvidado cuánto extrañaba verlos así sin preocupaciones, sin silencios incómodos, sin un padre encerrado en una oficina. Tal vez Cassie tenía razón, pero no iba a pensar en eso.
Apoyé la espalda en la silla y, distraídamente, recorrí el local con la mirada y entonces lo vi. Había algo extrañamente familiar en él, fruncí ligeramente el ceño.
Era alto, mucho más alto de lo que recordaba, su cuerpo había cambiado por completo. Los hombros anchos, los brazos fuertes, la postura segura.
No quedaba ni rastro de aquel adolescente delgado y enfermizo que había pasado meses recuperándose de una cirugía de corazón.
No podía ser, pero era él.
Lucas Miller.
Sentado solo en una de las mesas revisando algo en su celular. Dos años habían bastado para convertirlo en un hombre. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y busque con la mirada a alguien, pero no estaba. Tal parece que Lucas se encontraba solo en un lugar como este ¿Qué estaría haciendo en un lugar como este donde vienen familias con hijos pequeños? Y en ese momento la voz de Liam me saca de mis pensamientos.
—¡Papá! —Liam tiró suavemente de mi mano— ¿Vamos a los juegos?
Parpadeé varias veces. Había olvidado por completo dónde estaba.
—¿Qué?
—Me prometiste que ibas a jugar conmigo.
Miré hacia la enorme zona infantil ubicada al otro extremo del restaurante.
Suspiré.
—Claro, campeón.
Ethan puso los ojos en blanco.
—Yo me quedo aquí terminando mi hamburguesa.
—No tardes mucho —le dije.
Él hizo un gesto con la mano, completamente concentrado en las papas fritas mientras Liam prácticamente me arrastró hasta la zona de juegos.
Había resbalines, piscinas de pelotas, pequeños puentes de cuerda y decenas de niños corriendo de un lado a otro.
—¡Atrápame!
Antes de que pudiera responder, Liam desapareció entre los túneles de colores.
Negué con una pequeña sonrisa.
Al menos uno de mis hijos todavía conseguía hacerme olvidar el resto del mundo.
Subí detrás de él.
—¡Te veo!
—¡No me ves!
—Claro que sí.
—¡Mentiroso!
Su risa resonó por toda la estructura mientras intentaba alcanzarlo, escuché otra risa más pequeña, más aguda.
Una diminuta figura salió gateando desde otro túnel y, al verme, se quedó completamente quieta.
Era una niña.
Me observó con sus enormes ojos, durante unos segundos ninguno de los dos se movió.
Después sonrió, era una sonrisa enorme e inocente. Comenzó a caminar hacia mí con esos pasos inseguros propios de un niño que apenas había aprendido a mantener el equilibrio.
—Eh... —miré alrededor, pero no vi a ningún adulto, probablemente se había escapado de la mesa— ¿Dónde está tu mamá, pequeña?
Ella respondió con un balbuceo incomprensible. Después levantó ambos bracitos como si quisiera que la cargara.
Sonreí sin darme cuenta.
—¿Así que eres de esas?
La tomé con cuidado entre mis brazos, era increíblemente liviana y olía a ese inconfundible aroma a bebé que jamás había olvidado desde que Liam era pequeño.
La niña me observó fijamente.
De pronto estiró una manito y tocó mi barba, después mi nariz y, finalmente soltó una carcajada.
Una carcajada tan limpia, tan feliz que algo extraño se removió dentro de mi pecho. No sabía por qué solo sentía una paz difícil de explicar como si sostenerla fuera la cosa más natural del mundo.
Como si...
—¡Emma!
Una voz femenina rompió el momento.
Giré apenas la cabeza.
Escuché pasos apresurados acercándose.
—Disculpe, señor... por favor, suelte a mi hija.
El mundo se detuvo.
Mi hija.
Aquellas dos palabras todavía resonaban en mi cabeza cuando reconocí esa voz.
No.
Era imposible.
Me giré lentamente y la vi.
Era ella, era Nicole.
Estaba completamente pálida, sus ojos iban de Emma a mí una y otra vez. Su respiración era agitada como si hubiera corrido, como si hubiera sentido verdadero miedo.
Nuestros ojos se encontraron, pero ninguno dijo una sola palabra.
El color desapareció por completo del rostro de Nicole.
—¿David...?
Mi nombre escapó de sus labios en apenas un susurro. Sentí que el corazón comenzaba a golpearme con violencia contra el pecho.
Igual de capaz de dejarme sin aliento.
Después de dos años.
Estaba allí, más hermosa de lo que recordaba. Su cabello castaño estaba más largo y éste caía sobre sus hombros en suaves. Su cuerpo había cambiado, sus curvas eran mas pronunciadas de como la recordaba y Dios que aun recordaba como se sentía bajo mi tacto.
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Editado: 12.07.2026