Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 2: Los años que faltaron

La noche había terminado envolviendo la ciudad con una llovizna fina que parecía caer únicamente para recordar que el invierno todavía tenía algo que decir. Cuando Valeria salió de la galería, el aire fresco golpeó suavemente su rostro. Permaneció inmóvil unos segundos bajo el alero de la entrada, incapaz de decidir hacia dónde caminar.

Detrás del cristal, las personas continuaban admirando las fotografías. Las conversaciones se mezclaban con las notas del piano, pero para ella todo sonaba lejano, como si hubiese quedado bajo el agua.

Acababa de volver a ver al hombre que había amado con toda la intensidad de sus veinte años.

Y lo peor era descubrir que su corazón no había olvidado cómo latir por él.

Respiró profundamente.

Miró el cielo gris.

Había imaginado ese encuentro cientos de veces.

En algunos sueños, Gabriel aparecía pidiéndole perdón.

En otros, simplemente seguía caminando sin reconocerla.

Incluso hubo noches en las que imaginó que él había formado una familia, tenía hijos y era completamente feliz.

Siempre creyó que, llegado el momento, sabría exactamente qué decir.

Ahora comprendía que la imaginación jamás prepara a nadie para la realidad.

A pocos metros de allí, Gabriel permanecía solo dentro de la galería.

Los asistentes seguían acercándose para felicitarlo por la exposición.

—Felicitaciones, maestro.

—Sus fotografías transmiten muchísimo.

—¿Cuándo será la próxima muestra?

Él respondía con una sonrisa amable.

Pero no escuchaba ninguna pregunta.

Su mente había quedado detenida frente a la imagen de Valeria.

Quince años.

Quince años imaginando aquel instante.

Y apenas había logrado preguntarle cómo estaba.

Cuando el último visitante abandonó la sala, Gabriel caminó lentamente hasta la fotografía del banco.

La observó durante varios minutos.

Luego sonrió con una tristeza imposible de ocultar.

—Al final sí volviste…

No hablaba con la fotografía.

Hablaba con el recuerdo.

Con aquella muchacha que una tarde de otoño llevaba un vestido azul claro, una mochila llena de libros y una sonrisa capaz de convertir cualquier problema en algo pequeño.

Apoyó una mano sobre el marco.

Cerró los ojos.

Entonces el pasado volvió con una claridad dolorosa.

Quince años antes.

El sol comenzaba a esconderse detrás de los edificios de la universidad.

Gabriel corría desesperadamente por la avenida.

Su respiración era agitada.

Llevaba en una mano un sobre blanco.

En la otra, el casco de su motocicleta.

Había prometido encontrarse con Valeria a las cinco de la tarde.

Iba apenas diez minutos retrasado.

Todavía alcanzaba.

Pero antes de llegar sonó su teléfono.

Era Tomás.

—Gabriel… vení ya al hospital.

—No puedo ahora.

—Es urgente.

—Estoy por encontrarme con Vale.

Del otro lado hubo un silencio extraño.

—Tu papá tuvo un accidente.

El mundo se detuvo.

Gabriel sintió que las piernas dejaban de responderle.

—¿Qué pasó?

—No puedo explicarte por teléfono. Vení.

Sin pensarlo dos veces giró la motocicleta.

No miró atrás.

No imaginó que aquella decisión cambiaría toda su vida.

El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.

Gabriel abrió lentamente los ojos.

Aquella tarde había sido el comienzo de todo.

Y también el final.

Nunca llegó al banco.

Nunca pudo despedirse.

Nunca imaginó que la vida sería mucho más cruel de lo que cualquiera podía prever.

Tomó aire lentamente.

—Si hubiera sabido…

No terminó la frase.

Porque algunas preguntas nunca encuentran respuesta.

Mientras tanto, Valeria conducía de regreso a su departamento.

La radio permanecía apagada.

No soportaba escuchar música.

Cada semáforo parecía durar una eternidad.

Los edificios pasaban frente a ella como manchas de colores.

Ni siquiera recordaba el camino.

Toda su mente había regresado quince años atrás.

Aquella tarde.

El banco.

La espera.

Las seis de la tarde.

Las siete.

Las ocho.

Cada minuto había sido una pequeña grieta en su corazón.

Recordaba perfectamente el momento en que comprendió que Gabriel no llegaría.

El parque comenzaba a quedarse vacío.

Las luces amarillas se encendían lentamente.

Un anciano que paseaba a su perro le preguntó si esperaba a alguien.

Ella respondió sonriendo.

—Sí… ya debe venir.

Pero él nunca apareció.

Nunca.

Durante semanas inventó excusas.

Debe haber tenido un problema.

Debe haberse enfermado.

Debe haber perdido el teléfono.

Hasta que un día dejó de llamarlo.

Porque él tampoco llamaba.

Y poco después alguien comentó que Gabriel había abandonado la ciudad.

Sin despedirse.

Sin dejar ninguna explicación.

Sin una carta.

Sin una palabra.

Aquella ausencia terminó convirtiéndose en la herida más silenciosa de toda su vida.

El ascensor llegó al séptimo piso.

Valeria abrió la puerta de su departamento.

Todo estaba exactamente igual que esa mañana.

Las plantas junto a la ventana.

Los libros perfectamente ordenados.

El reloj marcando las nueve y media.

El silencio.

Siempre el silencio.

Se quitó los zapatos.

Dejó el bolso sobre el sofá.

Se preparó un té.

Pero apenas dio un sorbo.

Se acercó a la ventana.

Las gotas resbalaban lentamente por el vidrio.

Entonces ocurrió algo que llevaba años sin permitirse.

Abrió el último cajón de un viejo escritorio.

Sacó una pequeña caja de madera.

La colocó sobre la mesa.

Durante unos segundos permaneció inmóvil.

Después levantó la tapa.

Dentro descansaban varios recuerdos.




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