La mañana amaneció cubierta por un cielo gris perlado. La lluvia de la noche anterior había dejado las calles brillantes, como si la ciudad hubiera decidido limpiar lentamente los recuerdos acumulados sobre sus veredas. Desde la ventana de su departamento, Valeria observó durante varios minutos el movimiento de las personas que caminaban con paraguas y tazas de café en las manos.
Había dormido apenas unas horas.
No porque el sueño no hubiera llegado, sino porque cada vez que cerraba los ojos aparecía el mismo rostro.
El mismo par de ojos.
La misma voz.
Y aquella frase pronunciada casi en un susurro:
—Pensé que nunca volvería a verte…
Se apoyó sobre el marco de la ventana.
Quince años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar esas palabras.
Ahora, en cambio, solo despertaban nuevas preguntas.
¿Por qué había regresado?
¿Por qué precisamente ahora?
¿Por qué una exposición llena de recuerdos compartidos?
Y, sobre todo…
¿Por qué seguía sintiendo aquella mezcla de paz y dolor cada vez que pensaba en él?
Su teléfono vibró sobre la mesa de la cocina.
El corazón le dio un vuelco.
Lo tomó con rapidez.
Era un mensaje de una compañera del estudio preguntándole por unos planos.
Respondió automáticamente.
Sin emoción.
Sin siquiera leer dos veces lo que escribía.
Al dejar nuevamente el teléfono sobre la mesa sintió una pequeña decepción consigo misma.
Había esperado que fuera Gabriel.
Y eso la asustaba.
A varias calles de allí, Gabriel llevaba casi una hora sentado frente al ventanal de un pequeño departamento que apenas comenzaba a sentirse habitado.
Tenía una taza de café completamente fría.
Su computadora permanecía abierta.
En la pantalla esperaba una carpeta titulada:
Próxima Expedición.
Debía viajar dentro de dos semanas.
Un proyecto fotográfico sobre comunidades aisladas.
Meses de planificación.
Contratos firmados.
Patrocinadores.
Todo estaba listo.
Sin embargo, por primera vez en muchos años, aquel viaje le parecía insignificante.
Su teléfono permanecía apoyado junto a la taza.
Lo miraba cada pocos segundos.
Podía escribirle.
Tenía el número.
La noche anterior, antes de despedirse en la galería, ambos habían intercambiado contactos casi por inercia.
Un gesto simple.
Educado.
Como si fueran dos antiguos compañeros de universidad.
No dos personas que una vez soñaron con pasar la vida juntas.
Escribió un mensaje.
”¿Podemos hablar?”
Lo leyó varias veces.
Lo borró.
Volvió a escribir.
“Creo que te debo muchas explicaciones.”
También lo eliminó.
Apoyó ambas manos sobre el rostro.
—No empieces justificándote…
murmuró.
Tomó aire.
Finalmente escribió una única frase.
”¿Te gustaría tomar un café esta tarde?”
Permaneció observándola durante casi un minuto.
El dedo tembló ligeramente antes de presionar enviar.
El mensaje desapareció.
Ya estaba hecho.
No había vuelta atrás.
Valeria escuchó el sonido de la notificación mientras acomodaba unos libros.
Durante un instante dudó en mirar.
Respiró profundamente.
Tomó el teléfono.
Leyó el mensaje.
Una sola línea.
Nada más.
”¿Te gustaría tomar un café esta tarde?”
Lo leyó otra vez.
Y otra.
No había explicaciones.
No había disculpas.
Solo una invitación.
Como si el tiempo pudiera comprimirse dentro de una taza de café.
Sonrió sin darse cuenta.
No era una sonrisa de felicidad.
Era una sonrisa de incredulidad.
Después de quince años…
todo comenzaba con un café.
Escribió una respuesta.
La borró.
Escribió otra.
También la eliminó.
Finalmente respondió con apenas tres palabras.
“Sí. ¿Dónde?”
La respuesta llegó casi de inmediato.
“En el café frente al río. A las cinco.”
Valeria cerró lentamente los ojos.
Conocía perfectamente ese lugar.
No existía cuando eran jóvenes.
Pero estaba construido exactamente donde antes había un viejo muelle abandonado.
Era curioso.
Toda la ciudad parecía empeñada en reconstruir el pasado.
Las horas avanzaron con una lentitud desesperante.
Valeria intentó trabajar.
Revisó planos.
Respondió correos.
Asistió a una reunión virtual.
Pero cada pocos minutos miraba el reloj.
Nunca había sentido tanta ansiedad por una conversación.
No sabía qué iba a decirle.
No sabía si iba a perdonarlo.
Ni siquiera sabía si deseaba hacerlo.
Solo tenía una certeza.
Necesitaba escuchar su versión.
Porque llevaba quince años construyendo respuestas sobre silencios.
Y quizá había llegado el momento de descubrir si alguna de ellas era cierta.
Cinco menos diez.
El café era acogedor.
Grandes ventanales permitían contemplar el río, que avanzaba lentamente reflejando el cielo nublado.
El aroma del pan recién horneado llenaba el ambiente.
Las mesas eran de madera clara.
Había estanterías repletas de libros.
Y un viejo piano descansaba en un rincón.
Gabriel llegó primero.
Eligió una mesa junto a la ventana.
Las manos le sudaban.
No recordaba la última vez que había sentido nervios semejantes.
Había esperado años ese momento.
Y, sin embargo, ahora deseaba detener el reloj.
Cinco en punto.
La puerta se abrió.
Valeria entró.
Vestía un abrigo color beige y llevaba el cabello ligeramente recogido.
Por un instante buscó con la mirada entre las mesas.
Cuando sus ojos encontraron los de Gabriel, ambos sonrieron con timidez.
No había reproches.
Todavía no.