El murmullo del café desapareció para Valeria.
Las voces de las personas, el sonido de las cucharillas golpeando las tazas, la música suave que salía de los parlantes y hasta el rumor del río detrás de los ventanales comenzaron a desdibujarse, como si el mundo hubiera quedado suspendido en un instante imposible.
Solo una frase permanecía resonando dentro de ella.
—Una de las cartas que nunca llegó a su destino.
No apartó la mirada de Gabriel.
Intentaba descubrir si aquello era una metáfora, un recuerdo o una realidad.
Él tampoco parecía comprender del todo lo que acababa de decir.
Era evidente que la noticia lo había sorprendido tanto como a ella.
—¿Qué querés decir? —preguntó finalmente Valeria, procurando que su voz no revelara el temblor que recorría todo su cuerpo.
Gabriel respiró despacio.
Miró hacia el ventanal antes de responder.
Las gotas de lluvia comenzaban nuevamente a deslizarse sobre el vidrio.
—No lo sé todavía.
—Pero hablaste de una carta…
—Porque eso fue lo que me dijo Tomás.
Valeria permaneció en silencio.
—Él me pidió que fuera inmediatamente a su casa. Dijo que encontraron una carta… una carta relacionada con nosotros.
Ella frunció lentamente el ceño.
—¿Quién la encontró?
Gabriel negó con la cabeza.
—No quiso explicarlo por teléfono.
Hubo un largo silencio.
Los dos comprendían que aquella conversación podía cambiar completamente la historia que habían construido durante quince años.
Valeria bajó lentamente la vista hacia su taza.
El café ya comenzaba a enfriarse.
Pensó en todas las noches en las que había imaginado que Gabriel simplemente había decidido marcharse.
Pensó en las incontables veces que había rehecho aquella tarde en su memoria, buscando una explicación distinta.
Tal vez…
Solo tal vez…
Nunca había conocido toda la verdad.
Levantó nuevamente la mirada.
—Voy con vos.
Gabriel pareció sorprenderse.
—¿Estás segura?
Ella respondió sin vacilar.
—Si esa carta tiene algo que ver con los dos… quiero estar presente.
Durante un instante él simplemente la observó.
Era la misma determinación que recordaba de la universidad.
Cuando Valeria tomaba una decisión, pocas cosas conseguían hacerla cambiar de opinión.
Sonrió apenas.
—Entonces vamos.
El trayecto en automóvil transcurrió casi completamente en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era un silencio lleno de pensamientos.
Gabriel conducía lentamente por las calles húmedas.
Valeria observaba la ciudad a través de la ventanilla.
Los edificios pasaban uno tras otro.
Las personas caminaban apresuradas bajo paraguas.
La vida seguía exactamente igual para todos.
Excepto para ellos.
Era extraño.
Apenas llevaban dos días desde el reencuentro.
Y ya sentían que el pasado comenzaba a abrir puertas que ambos habían mantenido cerradas durante demasiado tiempo.
Finalmente Gabriel habló.
—¿Sabés qué es lo que más miedo me da?
Ella giró lentamente hacia él.
—¿Qué?
Él tardó unos segundos en responder.
—Descubrir que todo este tiempo estuvimos sufriendo por algo que nunca ocurrió como nosotros creíamos.
Valeria bajó la vista.
Aquellas palabras golpearon directamente su corazón.
Porque era exactamente el mismo temor que comenzaba a crecer dentro de ella.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Tomás Ferrer caminaba nervioso de un lado a otro de su departamento.
Sobre la mesa del comedor descansaba una pequeña caja de cartón, desgastada por el paso del tiempo.
No era una caja elegante.
Ni siquiera parecía importante.
Sin embargo, para él pesaba más que cualquier objeto que hubiera sostenido en toda su vida.
La había recibido apenas una hora antes.
Una mujer mayor se la había entregado sin demasiadas explicaciones.
Solo dijo una frase antes de marcharse.
—Él necesita saber la verdad.
Después desapareció.
Tomás todavía no lograba comprender por qué aquella caja había llegado precisamente ahora.
La observó nuevamente.
Dentro había fotografías.
Un cuaderno.
Y un sobre amarillento.
Cerrado.
En el frente solo podía leerse un nombre escrito con tinta azul.
Gabriel.
La caligrafía era delicada.
Perfectamente reconocible.
Él la había visto cientos de veces durante la universidad.
Era la letra de Valeria.
Tomás apoyó lentamente una mano sobre el sobre.
Había prometido no abrirlo.
Y cumpliría su promesa.
Aunque la curiosidad comenzaba a convertirse en una tortura.
El automóvil se detuvo frente a un edificio antiguo de ladrillos vistos.
Gabriel apagó el motor.
Ninguno descendió inmediatamente.
Los dos permanecieron inmóviles.
Respirando.
Preparándose.
—¿Lista? —preguntó él.
Valeria respondió con un leve movimiento de cabeza.
Subieron hasta el tercer piso.
Tomás abrió la puerta incluso antes de que tocaran el timbre.
Su rostro reflejaba una mezcla de alivio y preocupación.
Primero abrazó brevemente a Gabriel.
Después saludó a Valeria con una sonrisa amable.
—Hace mucho tiempo.
Ella respondió con cordialidad.
Recordaba perfectamente a Tomás.
Siempre había sido el mejor amigo de Gabriel.
El muchacho bromista que lograba hacer reír incluso en los peores días de exámenes.
Pero ahora parecía mucho más serio.
Más cansado.
Los invitó a pasar.
Nadie habló durante los primeros minutos.
El silencio se instaló otra vez entre ellos.
Finalmente Tomás tomó la caja y la llevó hasta la mesa.
—Esto llegó hoy.
Gabriel observó el viejo cartón.
—¿Quién la envió?