El silencio que siguió a las palabras de Gabriel fue tan profundo que incluso el viejo reloj de pared del departamento de Tomás pareció detener su incesante tic-tac.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Solo permanecieron inmóviles, como si el tiempo hubiese decidido concederles unos segundos para comprender el peso de aquella frase.
—Dice… que ella me esperó aquella tarde… y que pensó que yo había muerto.
Valeria sintió que el aire abandonaba lentamente sus pulmones.
No podía apartar los ojos de la carta.
Las lágrimas comenzaron a nublarle la vista.
Aquellas palabras eran suyas.
Las recordaba.
No exactamente una por una, pero sí el sentimiento con el que las había escrito.
Habían nacido durante una de las noches más largas de su juventud.
La noche en que dejó de esperar una llamada.
La noche en que comprendió que el silencio podía doler mucho más que cualquier despedida.
Con manos temblorosas, Gabriel extendió la hoja hacia ella.
—Creo que… deberías leerla.
Valeria tragó saliva.
Durante unos segundos no tuvo valor para tomarla.
Aquel papel no era simplemente una carta.
Era un pedazo de la mujer que había sido quince años atrás.
Finalmente la sostuvo entre sus manos.
El papel estaba amarillento.
Las esquinas comenzaban a desgastarse.
Había pequeñas manchas provocadas por el paso del tiempo.
Pero la tinta seguía perfectamente legible.
Respiró hondo.
Y comenzó a leer en voz alta.
“Gabriel:”
“No sé dónde estás.”
“No sé qué ocurrió aquella tarde.”
“No sé si decidiste marcharte.”
“No sé si dejaste de quererme.”
“Ni siquiera sé si estás vivo.”
“Lo único que sé es que llevo cuatro días caminando hasta el banco de la plaza esperando encontrarte.”
“Hoy comprendí que quizá nunca vuelvas.”
“Y eso me rompe el corazón.”
“No voy a odiarte.”
“Porque para odiarte tendría que dejar de amarte.”
“Y todavía no puedo.”
“Si algún día lees esta carta, quiero que sepas que te esperé.”
“Mucho más de lo que cualquier persona debería esperar.”
“Ojalá estés bien.”
“Aunque sea lejos de mí.”
“Siempre…”
“Valeria.”
Cuando terminó de leer, las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.
No intentó ocultarlas.
Gabriel tampoco.
Tomás permanecía en silencio, profundamente conmovido.
Había conocido parte de aquella historia.
Pero jamás había imaginado cuánto amor podía esconder una sola hoja de papel.
Gabriel tomó lentamente la palabra.
—Nunca recibí esa carta.
Valeria levantó los ojos.
—Lo sé.
—Si la hubiera leído…
No pudo terminar la frase.
Las palabras se quebraron antes de salir.
Valeria cerró lentamente la carta.
Después levantó la vista hacia Gabriel.
Había algo que llevaba quince años necesitando preguntar.
Algo que jamás había tenido la oportunidad de decir.
—¿Por qué nunca volviste?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Gabriel bajó la cabeza.
Permaneció varios segundos observando el piso de madera.
Después comenzó a hablar con una serenidad que parecía construida a fuerza de mucho dolor.
—El accidente de mi papá fue mucho más grave de lo que imaginábamos.
Valeria escuchaba sin interrumpir.
—Estuvo varios días entre la vida y la muerte.
—Mi mamá no podía quedarse sola.
—Vendimos la casa.
—Tuvimos que mudarnos para comenzar de nuevo.
Respiró profundamente.
—Pensé en volver.
Muchas veces.
Pero…
Se quedó callado.
—¿Pero qué?
Gabriel levantó lentamente los ojos.
—Una semana después del accidente llamé a tu casa.
Valeria sintió un estremecimiento.
—¿Llamaste?
Él asintió.
—Contestó una mujer.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué dijo?
Gabriel respiró lentamente.
Como si todavía le costara repetir aquellas palabras.
—Pregunté por vos.
—Me respondió que ya no querías volver a hablar conmigo.
Valeria abrió los ojos con incredulidad.
—¿Qué?
—También dijo que estabas rehaciendo tu vida y que lo mejor era que yo hiciera lo mismo.
La habitación quedó completamente inmóvil.
Valeria negó lentamente con la cabeza.
—Eso es imposible.
Su voz apenas era un susurro.
—Yo jamás pedí que dijeran algo así.
Gabriel asintió.
—Ahora lo sé.
Tomás intervino por primera vez.
—¿Reconociste la voz?
Gabriel permaneció pensativo.
—No.
Era una mujer.
Pero hablaba muy rápido.
Nunca pregunté quién era.
Solo…
Solo le creí.
Valeria sintió que una parte de su pasado comenzaba a desmoronarse.
Durante quince años había estado convencida de que Gabriel la había olvidado.
Y ahora descubría que él también había vivido creyendo exactamente lo contrario.
Dos vidas separadas.
Dos corazones rotos.
Y, en el medio…
Una sola llamada telefónica.
Tomás tomó nuevamente la caja.
—Hay algo más.
Los dos lo observaron.
Metió cuidadosamente la mano entre las fotografías.
Sacó un pequeño sobre mucho más pequeño que el anterior.
Sin nombre.
Sin dirección.
Solo un sello antiguo.
Gabriel lo observó extrañado.
—No estaba arriba.
—Estaba escondido debajo del doble fondo de la caja.
Valeria frunció lentamente el ceño.
—¿Doble fondo?
Tomás asintió.
—Casi no lo noto.
Los tres se acercaron.
Gabriel abrió cuidadosamente el pequeño sobre.
Dentro encontró una fotografía.
Nada más.
La dio vuelta.
Y quedó inmóvil.
Valeria también.
Era una fotografía tomada exactamente el día de la cita.