El viento de la tarde recorrió la plaza con un susurro apenas perceptible. Las hojas de los árboles comenzaron a desprenderse lentamente, dibujando pequeños círculos en el aire antes de descansar sobre el césped húmedo. A lo lejos, las risas de unos niños contrastaban con el silencio que envolvía a Valeria y Gabriel.
Los dos permanecían inclinados sobre el banco.
Las iniciales seguían allí.
V + G.
No eran profundas.
El tiempo había desgastado la madera, pero aquellas letras resistían como si alguien hubiera querido impedir que desaparecieran.
Debajo, grabada con otra herramienta y en una caligrafía completamente distinta, aparecía una fecha.
17 de septiembre.
Ninguno de los dos habló durante varios segundos.
Fue Gabriel quien rompió el silencio.
—Esa no es nuestra letra.
Valeria negó despacio.
—No…
Pasó suavemente la yema de los dedos sobre los números.
El relieve era más reciente que las iniciales.
Muchísimo más reciente.
—¿Recordás esa fecha? —preguntó Gabriel.
Ella permaneció pensativa.
Repitió mentalmente el día.
El mes.
El año.
Nada.
No significaba absolutamente nada para ella.
—No…
Gabriel volvió a observar el banco.
Aquellas iniciales sí las reconocía.
Sonrió con una mezcla de ternura y melancolía.
—Las hice yo.
Valeria giró lentamente hacia él.
—¿Vos?
Él soltó una pequeña risa.
—Una tarde… mientras vos estabas enojada porque había perdido una apuesta.
Ella intentó recordar.
Al principio no pudo.
Pero de pronto una imagen apareció con una claridad inesperada.
Dieciséis años atrás.
El parque estaba lleno de estudiantes.
Era primavera.
Las flores comenzaban a abrirse.
Valeria sostenía un helado mientras caminaba delante de Gabriel.
—No pienso hablarte.
Él sonreía divertido.
—¿Tanto porque ganaste?
Ella cruzó los brazos.
—No.
Porque apostaste sabiendo que ibas a perder.
Gabriel levantó ambas manos fingiendo inocencia.
—Solo quería invitarte un helado.
Ella dejó escapar una risa.
—Sos imposible.
Se sentaron en aquel mismo banco.
Gabriel miró a ambos lados.
Sacó discretamente una pequeña navaja multiuso que llevaba siempre en la mochila.
Valeria arqueó una ceja.
—¿Qué hacés?
—Arte urbano.
—Gabriel…
—Esperá.
Comenzó a grabar lentamente dos letras.
Ella observaba divertida.
Cuando terminó, apareció un pequeño corazón.
Dentro estaban las iniciales.
V + G.
Valeria negó con la cabeza.
—¿Y si alguien lo ve?
Él sonrió.
—Dentro de cincuenta años nadie va a saber quiénes fuimos.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Nosotros sí.
Entonces él pronunció una frase que nunca olvidaría.
—Mientras exista este banco, siempre habrá un lugar donde nuestro amor siga esperándonos.
El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.
Valeria sonrió con los ojos llenos de lágrimas.
—Ahora me acuerdo.
Gabriel también sonrió.
Era una sonrisa distinta.
Más luminosa.
Como si por primera vez desde el reencuentro hubieran recuperado un recuerdo sin que estuviera acompañado de dolor.
Durante unos minutos permanecieron contemplando el banco.
Era curioso.
Habían cambiado los árboles.
Las veredas.
Las luminarias.
Incluso las casas cercanas.
Pero aquel viejo banco seguía allí.
Como un testigo silencioso del paso del tiempo.
Comenzaron a caminar nuevamente.
Las calles estaban tranquilas.
El sol descendía lentamente detrás de los edificios.
Gabriel habló casi sin mirarla.
—¿Sabés cuál era mi sueño cuando tenía veinte años?
Valeria sonrió.
—Recorrer el mundo con una cámara.
Él rió.
—Ese era el segundo.
Ella levantó una ceja.
—¿Había otro?
Él asintió.
—Comprar una casa pequeña.
Con muchas ventanas.
Y un jardín.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Lo recuerdo…
—Vos ibas a diseñarla.
Ella bajó la vista.
Aquellos planos existían.
Durante años permanecieron guardados en una carpeta azul dentro de su estudio.
Nunca los mostró a nadie.
Jamás volvió a dibujar una casa igual.
Gabriel continuó.
—Hasta elegimos el árbol que queríamos plantar.
—Un jacarandá.
—Sí.
Ambos sonrieron.
Por un instante dejaron de ser dos adultos marcados por las pérdidas.
Volvieron a convertirse en aquellos jóvenes que hablaban del futuro como si el tiempo estuviera completamente de su lado.
Al llegar al puente que cruzaba el río, el viento se volvió más intenso.
El agua reflejaba los últimos colores del atardecer.
Gabriel apoyó ambas manos sobre la baranda.
Permaneció observando la corriente durante largo rato.
Valeria respetó su silencio.
Conocía esa expresión.
Era la misma que él tenía cada vez que intentaba ordenar pensamientos demasiado pesados.
Finalmente habló.
—Nunca te conté lo que pasó después del accidente de mi papá.
Ella giró lentamente hacia él.
Él respiró profundamente.
—Durante semanas viví prácticamente en el hospital.
—Mi mamá estaba destruida.
—Mi padre no podía hablar.
—Los médicos no sabían si iba a volver a caminar.
Guardó silencio.
El río seguía avanzando lentamente.
—Cada noche escribía una carta para vos.
Valeria sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Me escribías?
Él asintió.
—Una por día.
Ella permaneció inmóvil.
—Nunca encontré el valor para enviarlas.
Valeria sintió una punzada de tristeza.
—¿Las conservás?
Gabriel negó lentamente.