Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 7: Una conversación interrumpida

La ciudad despertó envuelta en una niebla tenue que parecía borrar los contornos de los edificios. El río apenas podía distinguirse desde el puente donde, la noche anterior, Valeria y Gabriel habían permanecido durante horas intentando reconstruir una historia hecha de silencios.

A veces, pensó Valeria mientras preparaba café en su departamento, el pasado no regresaba con estruendo.

Regresaba así.

En pequeñas escenas.

En un saco olvidado sobre el respaldo de una silla.

En el perfume de alguien que se había marchado hacía muchos años.

En una conversación que había quedado suspendida justo cuando comenzaba a decir la verdad.

Tomó la taza entre las manos.

El saco de Gabriel seguía cuidadosamente doblado sobre el sofá.

No había querido devolverlo esa misma noche.

Tal vez porque, de una forma que le costaba admitir incluso ante sí misma, le ofrecía una extraña sensación de compañía.

Se acercó lentamente.

Pasó la mano sobre la tela.

Sonrió con melancolía.

—Quién hubiera imaginado que volverías a dejar algo en mi casa…

La frase quedó flotando en el silencio.

Pero esta vez ya no dolía igual.

Gabriel tampoco había dormido.

Al regresar a su departamento había sentido una emoción que llevaba años sin experimentar.

Esperanza.

Era frágil.

Incierta.

Todavía podía romperse con facilidad.

Pero existía.

Y eso ya era suficiente para cambiar la manera en que miraba el amanecer.

Mientras preparaba café, abrió nuevamente el viejo cuaderno que Tomás le había devuelto.

Las hojas faltantes seguían siendo un misterio.

Había algo inquietante en esa ausencia.

Alguien las había arrancado cuidadosamente.

No por accidente.

Con una intención.

Volvió a recorrer las anotaciones de su juventud.

Ideas para fotografías.

Frases sueltas.

Lugares que soñaba visitar.

De pronto encontró una anotación escrita con tinta azul.

No la recordaba.

“Nunca dejes una historia incompleta. Algún día alguien necesitará conocer el final.”

Gabriel frunció el ceño.

Aquella no era su letra.

Era la de Tomás.

Sonrió.

Su amigo siempre escribía observaciones en sus cuadernos durante la universidad.

Pero aquella frase adquiría ahora un significado completamente diferente.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Valeria.

“Todavía tengo tu saco.”

Gabriel sonrió.

Respondió casi de inmediato.

“Creo que fue una buena excusa para volver a verte.”

Pasaron apenas unos segundos.

La respuesta apareció.

“Entonces vas a tener que venir por él.”

Por primera vez en muchos años, Gabriel rió solo.

No era una carcajada.

Era una risa tranquila.

De esas que nacen cuando el corazón comienza a permitirse creer otra vez.

A media mañana decidió caminar hasta el estudio de arquitectura donde trabajaba Valeria.

No quería aparecer de improviso.

Pero tampoco deseaba seguir esperando.

Llevaba años esperando.

Ya era suficiente.

La ciudad parecía distinta.

Las personas caminaban con prisa.

Los cafés comenzaban a llenarse.

El aroma del pan recién horneado escapaba de una panadería que seguía exactamente en el mismo lugar donde ambos compraban facturas cuando eran estudiantes.

Entró.

La dueña ya no era la misma.

Pero el aroma permanecía intacto.

Compró dos medialunas de manteca.

Las favoritas de Valeria.

Al salir sonrió para sí.

—Hay costumbres que sobreviven al tiempo.

Mientras tanto, Valeria intentaba concentrarse en un proyecto.

Sobre la pantalla de la computadora aparecían los planos de un edificio residencial.

Pero llevaba diez minutos observando la misma línea sin modificar absolutamente nada.

Su compañera Sofía la observó desde el escritorio vecino.

—¿Todo bien?

Valeria levantó la vista.

—Sí.

—No te creo.

Ella sonrió.

—¿Tan evidente es?

Sofía dejó el lápiz sobre la mesa.

—Hace dos días que estás en otro planeta.

Valeria dudó.

Hacía años que Sofía era su amiga más cercana.

Conocía casi toda su historia.

Aunque nunca todos los detalles.

Respiró profundamente.

—Apareció Gabriel.

Sofía abrió los ojos.

—¿Gabriel… Gabriel?

Valeria asintió.

Durante unos segundos ninguna dijo una palabra.

Finalmente Sofía sonrió con sorpresa.

—Pensé que jamás volverías a pronunciar ese nombre.

Valeria miró hacia la ventana.

—Yo también.

Al mediodía, Gabriel llegó frente al edificio.

Observó la fachada durante unos segundos.

Tomó aire.

Entró.

La recepcionista levantó la vista.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Busco a Valeria Rojas.

La joven sonrió.

—¿Tiene cita?

Gabriel dudó.

—No exactamente.

Antes de que pudiera explicar, escuchó una voz conocida detrás de él.

—No hace falta.

Se giró.

Valeria caminaba hacia la recepción con una carpeta entre las manos.

Vestía una camisa blanca y un saco azul oscuro.

Por un instante Gabriel volvió a verla como la primera vez que la conoció en la universidad.

Ella sonrió.

—Llegaste.

Él levantó la pequeña bolsa de papel.

—Y traje provisiones.

Valeria rió.

—¿Medialunas?

—Todavía me acuerdo.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—Es increíble la cantidad de cosas que recordás.

Gabriel respondió con una serenidad que nacía desde muy adentro.

—Nunca olvidé lo importante.

Los dos permanecieron mirándose durante algunos segundos.

Sofía observaba discretamente desde el pasillo.

No necesitó que nadie le explicara quién era aquel hombre.

Lo comprendió simplemente al ver cómo Valeria sonreía.




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