Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 11: El guardián de las imágenes

La puerta se cerró con un golpe seco.

No fue un estruendo.

Fue un sonido contenido, casi respetuoso, como si quien la hubiera empujado no quisiera asustarlos, sino anunciar discretamente su presencia.

Los tres permanecieron inmóviles.

El viejo estudio fotográfico, que hasta hacía unos segundos parecía un museo detenido en el tiempo, adquirió una vida completamente distinta.

El polvo suspendido en el aire parecía haberse detenido.

El antiguo reloj de pared marcaba las diez y diecisiete de la mañana con un tic-tac pausado.

Gabriel dio un paso hacia adelante.

—¿Hay alguien?

Su voz se perdió entre las estanterías repletas de álbumes.

No obtuvo respuesta.

Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

No era miedo.

Era esa sensación extraña que aparece cuando uno está convencido de encontrarse a pocos centímetros de una verdad demasiado grande.

Tomás señaló el fondo del local.

—La puerta quedó entreabierta.

Los tres comenzaron a caminar lentamente.

Cada paso hacía crujir las viejas tablas de madera.

A medida que avanzaban, descubrieron una segunda sala.

Era mucho más pequeña.

No parecía destinada al público.

Sobre una larga mesa descansaban negativos fotográficos perfectamente clasificados.

En las paredes colgaban cámaras antiguas de diferentes épocas.

Una lámpara de revelado seguía instalada junto a una enorme ampliadora.

Todo permanecía impecablemente ordenado.

Como si alguien hubiera trabajado allí apenas unas horas antes.

Gabriel pasó lentamente la mano sobre una cámara analógica.

—Mi padre me trajo una vez.

Valeria lo observó.

—¿Lo recordás bien?

Él sonrió con nostalgia.

—Mucho mejor de lo que imaginaba.

Mientras hablaba, una voz tranquila surgió desde el otro extremo de la habitación.

—Él estaba muy orgulloso de vos.

Los tres se sobresaltaron.

Giraron al mismo tiempo.

Sentado junto a una pequeña mesa de madera había un hombre mayor.

Tendría alrededor de setenta y cinco años.

Cabello completamente blanco.

Barba corta.

Vestía un saco gris de lana y sostenía una vieja taza de café entre las manos.

Su expresión transmitía una serenidad difícil de explicar.

No parecía sorprendido de verlos.

Más bien daba la impresión de haber estado esperándolos durante mucho tiempo.

Valeria fue la primera en hablar.

—Disculpe… no sabíamos que había alguien.

El hombre sonrió.

—Lo sé.

Nadie suele imaginar que este lugar sigue abierto.

Gabriel dio un paso hacia él.

—¿Trabajaba con don Esteban?

El anciano asintió lentamente.

—Durante cuarenta años.

Guardó un breve silencio antes de añadir:

—Soy Julián.

Su sobrino.

Gabriel sintió un vuelco en el pecho.

—¿Usted nos conoce?

Julián volvió a sonreír.

—Los conozco desde mucho antes de que ustedes supieran que estaban enamorados.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Valeria intercambió una mirada con Gabriel.

Aquella frase parecía confirmar que todas las piezas comenzaban, por fin, a encajar.

Aunque todavía no comprendían el dibujo completo.

Julián los invitó a sentarse alrededor de una vieja mesa redonda.

Mientras acomodaba tres tazas, habló con una calma que transmitía confianza.

—Mi tío decía que las personas olvidan los rostros.

Olvidan las fechas.

Olvidan incluso las promesas.

Pero las fotografías recuerdan por nosotros.

Tomás observó las cajas alineadas sobre los estantes.

—¿Fue su tío quien tomó todas esas fotografías?

Julián bajó la vista.

—Sí.

Pero nunca por casualidad.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

El anciano apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.

—Mi tío tenía una costumbre muy extraña.

Cuando descubría dos personas destinadas a cambiarse la vida, comenzaba a fotografiarlas.

No para vigilarlas.

Sino para preservar aquello que ni ellas mismas alcanzaban a ver.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Destinadas?

Julián sonrió con ternura.

—Él decía que algunas personas se reconocen mucho antes de enamorarse.

Solo necesitan tiempo para descubrirlo.

El silencio volvió a instalarse.

No era un silencio incómodo.

Era el tipo de silencio que aparece cuando las palabras contienen más verdad de la que uno esperaba escuchar.

Julián se levantó lentamente.

Caminó hasta un viejo armario de madera.

Sacó un grueso álbum encuadernado en cuero marrón.

Lo depositó cuidadosamente sobre la mesa.

El polvo dibujó una pequeña nube al abrirlo.

La primera fotografía mostraba a Gabriel.

Tendría diecisiete años.

Estaba sentado solo en un banco leyendo un libro.

Valeria sonrió.

—Siempre llevaba un libro.

Gabriel también sonrió.

—Y vos siempre decías que fingía leer para parecer interesante.

Ella soltó una pequeña risa.

—Porque era verdad.

Pasaron la página.

La siguiente imagen mostraba a Valeria saliendo de la biblioteca de la universidad.

Sonreía mientras sostenía una enorme carpeta contra el pecho.

Después apareció otra.

Y otra.

Y otra más.

No eran retratos preparados.

Eran instantes.

Miradas.

Gestos.

Pequeños detalles que ellos mismos jamás habían notado.

Hasta que llegaron a una fotografía diferente.

Era la primera en la que aparecían juntos.

No estaban hablando.

Ni siquiera se miraban.

Simplemente caminaban por el mismo pasillo de la facultad.

Entre ambos había apenas un metro de distancia.

Julián señaló la imagen.

—Ese fue el primer día.

Gabriel levantó la vista.

—¿El primer día de qué?

—El primer día en que mi tío dijo que ustedes terminarían amándose.




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