El viejo estudio quedó completamente inmóvil.
Nadie respiraba con normalidad.
El diario de tapas negras descansaba sobre la mesa de madera como si hubiera esperado aquel instante durante demasiados años.
Gabriel sintió que el corazón golpeaba con tanta fuerza que podía escucharlo.
Valeria permanecía de pie junto a él.
Por primera vez desde que habían comenzado aquel inesperado viaje hacia el pasado, tuvo miedo de conocer la verdad.
No el miedo infantil a lo desconocido.
Sino el miedo adulto de descubrir que una sola revelación podía cambiar para siempre el recuerdo de las personas que más había amado.
Tomás observó a Julián.
El anciano permanecía en silencio.
Respetaba aquel momento como quien acompaña un duelo.
Finalmente habló.
—Mi tío escribió ese diario durante los últimos años de su vida.
Gabriel levantó lentamente la vista.
—¿Por qué nunca se lo entregó a nadie?
Julián sonrió con tristeza.
—Porque estaba esperando una prueba.
—¿Qué prueba?
—Que ustedes todavía fueran capaces de mirarse con amor.
Valeria sintió un nudo en la garganta.
Aquella respuesta la desarmó.
Durante quince años había pensado que el destino los había separado definitivamente.
Sin embargo, un hombre al que apenas recordaban había conservado cada fotografía, cada carta y cada secreto porque creía que algún día regresarían.
Era una fe inmensa depositada en dos personas que ni siquiera sabían que seguían buscándose.
Julián acercó lentamente el diario hacia Gabriel.
—Ábranlo.
Pero no busquen el final.
Empiecen por el principio.
Porque todas las tragedias parecen inevitables cuando solo conocemos el desenlace.
Gabriel respiró profundamente.
Abrió la primera página.
La tinta azul permanecía sorprendentemente intacta.
La letra era elegante.
Serena.
Muy distinta a la escritura apresurada de las cartas.
Comenzó a leer.
“Si este cuaderno llega a sus manos, significa que el tiempo hizo finalmente aquello que yo no pude lograr.”
“Los reunió.”
“Si todavía están juntos mientras leen estas líneas, den gracias.”
“Si apenas comienzan a reencontrarse, tengan paciencia.”
“Y si llegaron separados por el dolor, recuerden que ninguna verdad merece destruir el amor que consiguió sobrevivir al tiempo.”
Gabriel hizo una pausa.
Aquellas palabras parecían escritas para ese mismo instante.
Continuó.
“Me llamo Esteban Salvat.”
“Durante más de cincuenta años fotografié personas.”
“Pero nunca me interesaron las imágenes.”
“Lo que siempre intenté capturar fueron los vínculos.”
“Hay abrazos que anuncian despedidas.”
“Y silencios que anuncian un amor para toda la vida.”
“El de ustedes pertenecía a esa última clase.”
Valeria dejó escapar una lágrima.
Era extraño sentirse comprendida por alguien que apenas había conocido.
Como si aquel fotógrafo hubiera visto en ellos algo que ni siquiera ellos eran capaces de reconocer.
Gabriel pasó la página.
Allí aparecía pegada una fotografía.
Era la primera imagen que habían visto juntos.
Aquella en la universidad.
Debajo había una nota.
“Ese día ninguno de los dos sabía que el otro cambiaría su vida.”
Sonrieron con melancolía.
Después continuó leyendo.
“Durante meses los observé crecer.”
“Reír.”
“Discutir.”
“Perdonarse.”
“Aprender a quererse sin decirlo.”
“Y también fui testigo del día en que todo comenzó a romperse.”
Los tres se tensaron.
Gabriel respiró lentamente.
Llegaba el momento.
“No fue el accidente.”
“No fue la distancia.”
“No fue el destino.”
“Fue una decisión humana.”
El estudio quedó completamente en silencio.
Tomás apoyó lentamente ambas manos sobre la mesa.
Gabriel continuó.
“Una decisión nacida del miedo.”
Valeria sintió un escalofrío.
Aquellas palabras coincidían exactamente con la carta de Elena.
Pero todavía faltaba conocer quién había sembrado ese miedo.
Gabriel pasó otra página.
Solo había una frase escrita en el centro.
“Yo escuché la primera llamada.”
Todos levantaron la vista al mismo tiempo.
Julián permanecía inmóvil.
Era evidente que conocía el contenido.
Pero jamás había revelado una sola palabra.
Gabriel continuó leyendo.
“Aquella tarde me encontraba revelando unas fotografías cuando sonó el teléfono del estudio.”
“Contesté creyendo que era un cliente.”
“Una mujer preguntó por Elena Rojas.”
“Se había equivocado de número.”
“Le expliqué que allí funcionaba un estudio fotográfico.”
“La mujer se disculpó rápidamente.”
“Pero antes de cortar…”
Gabriel tragó saliva.
“Escuché otra voz muy cerca del auricular.”
“Una voz masculina.”
“Le dijo claramente:”
“No podés equivocarte otra vez.”
El corazón de Gabriel comenzó a acelerarse.
Valeria sintió que el aire faltaba en la habitación.
Había más de una persona.
No era alguien actuando solo.
Era un plan.
Perfectamente organizado.
Gabriel continuó leyendo.
“No presté demasiada atención en aquel momento.”
“Hasta que, días después, vi llorar a Valeria sola en el parque.”
“Y una semana más tarde encontré a Gabriel caminando por esta misma calle con la expresión de quien acaba de perderlo todo.”
“Comprendí que ambas historias estaban relacionadas.”
Tomás levantó la vista.
—Él empezó a investigar.
Julián asintió lentamente.