La lluvia comenzó a caer cuando abandonaron el viejo estudio fotográfico.
No era una tormenta.
Era una lluvia serena, constante, de esas que parecen limpiar las calles sin hacer ruido.
Julián permaneció de pie en la puerta, observándolos marcharse.
Antes de despedirse, llamó a Gabriel.
—Hay algo más.
Gabriel regresó unos pasos.
El anciano metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó una pequeña fotografía.
Era una imagen tomada muchos años atrás.
En ella aparecían cuatro personas sonriendo frente al estudio Magnolia.
Gabriel reconoció inmediatamente a Esteban Salvat.
También a su padre.
Después distinguió a Elena, mucho más joven.
Y finalmente a una mujer de cabello oscuro que abrazaba afectuosamente a Elena.
Julián señaló a esa última persona.
—Ella es Clara Benítez.
Valeria tomó la fotografía.
Le temblaban las manos.
La observó detenidamente.
Entonces sonrió con una mezcla de sorpresa y nostalgia.
—Siempre venía a casa.
Traía chocolates.
Me enseñó a andar en bicicleta.
Gabriel levantó la vista.
—¿La recordás bien?
—Muchísimo más de lo que imaginaba.
El recuerdo comenzaba a despertar con una claridad inesperada.
Clara reía fuerte.
Tenía una voz dulce.
Y acostumbraba decir que las personas nunca debían acostarse enojadas.
Valeria sintió un estremecimiento.
¿Cómo era posible que una mujer así estuviera relacionada con una mentira tan grande?
Julián respondió como si hubiera adivinado sus pensamientos.
—No saquen conclusiones todavía.
Clara fue una buena mujer.
Pero también cargó con un peso demasiado grande.
—¿Sigue viva? —preguntó Tomás.
Julián asintió lentamente.
—Sí.
Aunque hace años que vive sola.
Y hace mucho tiempo que no habla con nadie de todo esto.
Gabriel respiró profundamente.
—Necesitamos verla.
Julián permaneció pensativo.
Después tomó una libreta muy antigua.
Escribió cuidadosamente una dirección.
La arrancó.
La dobló.
Y la entregó a Valeria.
—Si alguien merece escuchar la verdad completa…
hizo una pausa.
“…son ustedes.”
El automóvil avanzaba lentamente por calles cada vez más tranquilas.
Habían dejado atrás el centro de la ciudad.
Las avenidas se transformaban en calles angostas bordeadas por árboles enormes.
Valeria sostenía la dirección sobre sus piernas.
No hablaba.
Miraba por la ventanilla mientras los recuerdos seguían apareciendo lentamente.
—Me llevaba al parque…
murmuró de pronto.
Gabriel giró apenas la cabeza.
—¿Quién?
—Clara.
Todos los domingos.
Comprábamos algodón de azúcar.
Y siempre me decía que los secretos demasiado pesados terminaban enfermando el corazón.
Se quedó callada.
Aquella frase ahora adquiría un significado completamente distinto.
Tomás rompió el silencio.
—Quizás intentó decirte algo.
Valeria negó con tristeza.
—Si lo intentó… yo era demasiado chica para entenderlo.
Media hora después llegaron a un pequeño barrio de casas antiguas.
No era un lugar lujoso.
Pero transmitía una paz especial.
Los jardines estaban perfectamente cuidados.
Las glicinas cubrían varias fachadas.
Las veredas parecían recién barridas.
Finalmente encontraron la dirección.
Era una casa sencilla.
Pintada de blanco.
Con ventanas verdes.
En el pequeño jardín florecían rosales de distintos colores.
Gabriel apagó el motor.
Ninguno descendió inmediatamente.
Los tres permanecieron observando la vivienda.
Era extraño.
Aquella casa no transmitía misterio.
Transmitía hogar.
Valeria respiró profundamente.
—Vamos.
Cruzaron lentamente el sendero de piedra.
Gabriel golpeó la puerta.
No hubo respuesta.
Esperaron.
Volvió a golpear.
Esta vez escucharon pasos.
Lentos.
Muy lentos.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Una mujer mayor apareció detrás.
Cabello completamente blanco.
Ojos claros.
El paso pausado de quien ha vivido mucho.
Durante unos segundos nadie dijo absolutamente nada.
La mujer observó detenidamente a Gabriel.
Después dirigió la mirada hacia Valeria.
Y de pronto…
Toda la expresión de su rostro cambió.
Las lágrimas comenzaron a brotar antes incluso de pronunciar una palabra.
Con voz quebrada susurró:
—Sabía…
Sabía que algún día iban a venir.
Valeria sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Aquella voz.
Aunque envejecida.
Seguía siendo la misma.
—¿Clara?
La mujer sonrió entre lágrimas.
—Mi pequeña Vale…
Antes de que Valeria pudiera reaccionar, Clara abrió completamente la puerta.
La abrazó con una fuerza sorprendente.
Un abrazo largo.
Profundo.
Como si estuviera abrazando también todos los años perdidos.
Después miró a Gabriel.
Se acercó lentamente.
Le acarició el rostro con la ternura de una madre.
—Te parecés muchísimo a tu papá.
Gabriel sintió un nudo en la garganta.
Nadie pronunciaba el nombre de su padre desde hacía años.
Clara dio un paso hacia atrás.
Respiró profundamente.
—Entren.
Hace demasiado tiempo que espero esta conversación.
La casa estaba llena de libros.
Fotografías.
Plantas.
Y una enorme biblioteca que ocupaba casi toda una pared.
No había lujos.
Pero sí una calidez difícil de describir.
Clara sirvió té en una antigua tetera de porcelana.
Sus manos temblaban ligeramente.
No por la edad.
Sino por la emoción.
Se sentaron alrededor de una mesa redonda.
Durante varios minutos nadie dijo nada.