Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 14: La voz que sobrevivió al tiempo

Ninguno de los tres apartó la vista del pequeño casete.

Parecía un objeto insignificante.

Un rectángulo de plástico gris, ligeramente desgastado por los años.

Y, sin embargo, contenía el peso de quince años de preguntas sin respuesta.

Clara lo sostenía entre sus manos con un respeto casi sagrado.

—Nunca fui capaz de destruirlo —dijo finalmente—. Tampoco tuve el valor de volver a escucharlo.

Gabriel tragó saliva.

—¿Qué hay grabado exactamente?

La mujer cerró los ojos.

—Una conversación… que jamás debió existir.

El silencio volvió a llenar la sala.

La lluvia golpeaba suavemente los ventanales.

El viejo reloj del comedor marcaba cada segundo con una precisión casi insoportable.

Clara caminó lentamente hacia un antiguo mueble de madera.

Abrió una de sus puertas.

Dentro descansaba un reproductor de casetes perfectamente conservado.

Lo acarició con la yema de los dedos.

—Mi esposo insistía en guardar todo.

Decía que algún día los recuerdos serían más valiosos que cualquier otra cosa.

Sonrió con tristeza.

—Nunca imaginé cuánto razón tenía.

Introdujo lentamente el casete.

El mecanismo hizo un leve clic.

Nadie respiraba.

Presionó el botón de reproducción.

Durante algunos segundos solo se escuchó el ruido característico de la cinta avanzando.

Un siseo antiguo.

Después…

Aparecieron voces.

Primero muy lejanas.

Luego cada vez más claras.

Una mujer hablaba con evidente nerviosismo.

—¿Estás seguro de que es lo correcto?

Hubo unos segundos de silencio.

Después respondió un hombre.

Su voz era grave.

Serena.

Demasiado tranquila.

—Es la única forma de evitar que sufran más adelante.

Valeria sintió un escalofrío.

No reconocía ninguna de las dos voces.

Gabriel tampoco.

La grabación continuó.

La mujer volvió a hablar.

—Pero ellos se aman…

El hombre respondió inmediatamente.

—Precisamente por eso.

Hubo un largo silencio.

Después añadió algo que hizo que el aire pareciera desaparecer de la habitación.

—Hay verdades que nunca podrán soportar.

Gabriel apretó lentamente los puños.

Valeria sintió que el corazón latía con fuerza.

Aquella frase no tenía sentido.

¿Qué verdad?

¿De qué estaban hablando?

La conversación siguió.

La mujer parecía cada vez más insegura.

—No quiero mentirles.

—No vas a mentir.

Solo vas a adelantarte al dolor.

Clara comenzó a llorar en silencio.

Gabriel la observó.

Comprendió inmediatamente algo.

Ella conocía aquellas voces.

Pero aún no encontraba fuerzas para decirlo.

En la grabación volvió a escucharse el hombre.

—Cuando pase el tiempo, me van a agradecer esta decisión.

La mujer respondió casi en un susurro.

—¿Y si nunca me perdonan?

El hombre permaneció unos segundos en silencio.

Después respondió con una serenidad inquietante.

—Prefiero que me odien… antes que verlos destruirse.

La cinta emitió un pequeño chasquido.

Durante varios segundos solo volvió a escucharse el ruido del mecanismo.

Después…

Silencio.

La grabación terminaba allí.

Nadie habló.

Nadie era capaz.

Gabriel permanecía completamente inmóvil.

Sentía que aquella conversación respondía algunas preguntas.

Pero abría otras mucho más grandes.

Valeria fue la primera en romper el silencio.

—¿Quiénes eran?

Clara respiró profundamente.

Las lágrimas seguían descendiendo por sus mejillas.

—A la mujer la reconocí inmediatamente.

Era yo.

Los tres quedaron inmóviles.

Gabriel abrió los ojos con incredulidad.

—¿Usted?

Clara asintió lentamente.

—Sí.

Yo grabé aquella conversación sin que él lo supiera.

Valeria sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

—¿Y el hombre?

Clara bajó la mirada.

Tardó varios segundos en responder.

—Durante años juré que jamás diría su nombre sin tener pruebas suficientes.

Levantó lentamente la vista.

—Ahora ya no hace falta esconder nada.

Tomó aire.

—Se llamaba Ricardo Ferrer.

Gabriel frunció el ceño.

Aquel nombre no despertaba ningún recuerdo.

Valeria tampoco parecía reconocerlo.

Tomás permaneció pensativo.

De pronto levantó la cabeza.

—Esperen…

Los tres lo miraron.

—Ricardo Ferrer…

Repitió lentamente el nombre.

Después abrió los ojos con sorpresa.

—Trabajaba con el padre de Gabriel.

Gabriel sintió un vuelco en el pecho.

—¿Cómo sabés eso?

—Porque mi padre también trabajó con ellos durante algunos años.

Era contador.

Siempre mencionaba a un abogado llamado Ricardo Ferrer.

El silencio volvió a instalarse.

Gabriel intentaba reconstruir recuerdos de infancia.

Sí.

Ahora comenzaba a recordarlo.

Un hombre alto.

Siempre elegante.

Que visitaba frecuentemente a su padre.

Pero…

¿Qué relación podía tener con Valeria?

Clara caminó hasta una vieja biblioteca.

Sacó un álbum de cuero oscuro.

Lo abrió lentamente.

Buscó durante algunos segundos.

Finalmente extrajo una fotografía.

La entregó a Gabriel.

Era una reunión realizada muchos años atrás.

Aparecían varias familias.

Entre ellas estaban sus padres.

Elena.

Clara.

Esteban.

Y, al fondo…

Un hombre de traje oscuro.

Sonriendo.

Clara apoyó suavemente un dedo sobre la imagen.

—Ese es Ricardo.

Gabriel observó la fotografía durante largo rato.

Entonces recordó.

Lo había visto muchas veces.

Incluso había jugado ajedrez con él cuando era niño.

Pero jamás imaginó que pudiera convertirse en la pieza central de toda aquella historia.




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