Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 15: La promesa bajo la lluvia

La lluvia seguía cayendo cuando salieron de la casa de Clara.

Las gotas resbalaban lentamente por las hojas de los árboles y dibujaban pequeños círculos sobre los charcos del camino. El aire olía a tierra mojada y a jazmín, un aroma que, sin saber por qué, hizo que Valeria sintiera que la infancia caminaba otra vez a su lado.

Ninguno habló durante los primeros minutos.

Gabriel conducía con ambas manos firmes sobre el volante.

Tomás observaba el paisaje a través de la ventanilla.

Valeria llevaba la fotografía de Lucía Ferrer apoyada sobre sus piernas.

No podía apartar la vista de aquel rostro.

Quince años.

Quince años creyendo que algunas personas simplemente desaparecen de nuestras vidas porque así lo decide el tiempo.

Ahora comprendía que, detrás de muchas ausencias, existían historias que nadie se había atrevido a contar.

—Era muy buena conmigo… —murmuró finalmente.

Gabriel giró apenas la cabeza.

—¿Lucía?

Valeria asintió.

—Compartíamos el recreo todos los días.

Le encantaba dibujar.

Siempre llevaba un cuaderno lleno de árboles, pájaros y casas antiguas.

Sonrió con melancolía.

—Decía que algún día tendría una casa con un jardín enorme y una hamaca bajo un sauce.

Guardó silencio unos segundos.

—Después dejó de ir a la escuela.

Nunca nadie explicó por qué.

Tomás habló desde el asiento trasero.

—¿Nunca preguntaste?

—Claro que pregunté.

Los maestros decían que se había mudado.

Pero jamás lo creí.

Ni siquiera se despidió.

Y Lucía jamás habría hecho algo así.

Gabriel sintió un extraño presentimiento.

Si Lucía era la única que conocía toda la verdad, encontrarla podía significar resolver el misterio.

Pero también podía abrir heridas mucho más profundas.

Esa misma tarde decidieron regresar al viejo departamento de Valeria.

Sobre la mesa del comedor acomodaron todas las piezas que habían reunido hasta ese momento.

Las cartas.

Las fotografías.

El diario de Esteban.

La llave de bronce.

La cinta azul.

La fotografía donde aparecía Ricardo Ferrer.

Y, finalmente, la imagen de Lucía.

Era como observar un enorme rompecabezas.

Muchas piezas comenzaban a unirse.

Pero el centro seguía vacío.

Gabriel tomó una hoja en blanco.

Comenzó a escribir nombres.

Elena.

Clara.

Esteban.

Ricardo.

Lucía.

Después dibujó líneas entre ellos.

Valeria lo observaba en silencio.

—Parece una investigación policial.

Gabriel sonrió apenas.

—Quizá siempre lo fue.

Tomás señaló una de las fotografías.

—Hay algo que seguimos sin entender.

Los dos levantaron la vista.

—¿Quién tomó todas estas imágenes?

Gabriel miró el álbum.

—Esteban.

Tomás negó lentamente.

—No todas.

Hubo un largo silencio.

Gabriel comenzó a revisar nuevamente cada fotografía.

Por primera vez prestó atención a un detalle que hasta entonces había pasado desapercibido.

Algunas estaban firmadas con una pequeña letra “E”.

Otras llevaban una diminuta “L”.

Y unas pocas…

no tenían ninguna marca.

Valeria se acercó.

—¿Qué significa?

Gabriel comparó varias imágenes.

Entonces comprendió.

—La “E” debe ser de Esteban.

Tomás añadió:

—¿Y la “L”?

Los tres permanecieron pensativos.

Valeria observó la fotografía de Lucía.

Una idea comenzó a tomar forma.

—Lucía dibujaba…

Pero también llevaba siempre una cámara descartable.

Gabriel la miró sorprendido.

—¿Estás segura?

Ella sonrió.

—Completamente.

Su padre le había regalado una para su cumpleaños.

Fotografiaba absolutamente todo.

Las flores.

Los perros.

Las personas leyendo.

Los bancos vacíos.

Tomás abrió los ojos.

—Entonces…

Valeria terminó la frase.

—Es posible que muchas de estas fotografías las haya tomado ella.

El descubrimiento produjo un profundo silencio.

De pronto, Lucía dejaba de ser solamente una testigo.

Había observado su historia desde muy cerca.

Quizá incluso antes de comprenderla.

El reloj marcaba las ocho de la noche cuando Gabriel propuso salir a caminar.

Valeria aceptó sin pensarlo.

Tomás decidió quedarse revisando el diario de Esteban.

Los dos caminaron lentamente bajo una lluvia que ya casi había desaparecido.

Las calles brillaban por el reflejo de las luces.

Los árboles dejaban caer pequeñas gotas sobre las veredas.

Llegaron, casi sin darse cuenta, a la plaza donde tantos años atrás habían pasado incontables tardes.

Todo seguía igual.

El viejo carrusel.

La fuente.

Los bancos de hierro.

Incluso el enorme jacarandá bajo el cual habían estudiado para su primer examen universitario.

Valeria sonrió.

—¿Te acordás?

Gabriel levantó la vista.

—Perfectamente.

Se acercaron al árbol.

Ambos permanecieron unos segundos en silencio.

Hasta que Gabriel habló.

—Durante mucho tiempo vine acá.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Después de irte?

Él asintió.

—Cada vez que regresaba a la ciudad por trabajo.

Siempre pensaba que quizá ibas a aparecer.

Ella sintió que algo se quebraba dentro de su pecho.

—Yo también.

Gabriel la observó.

Había una mezcla de ternura y tristeza en sus ojos.

—Nunca dejé de buscarte, Vale.

Las lágrimas comenzaron a rodar lentamente por las mejillas de Valeria.

No hizo ningún intento por ocultarlas.

—Yo tampoco.

Permanecieron frente a frente.

Sin necesidad de decir nada más.

Durante unos segundos el tiempo pareció desaparecer.

No existían las cartas.

Ni Ricardo.

Ni el misterio.

Solo dos personas comprendiendo cuánto habían perdido.




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