Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 17: La mujer del cuaderno azul

Gabriel reaccionó primero.

—¡Espere!

Su voz atravesó el silencio del lago.

La mujer, que ya había comenzado a internarse entre los árboles, detuvo el paso apenas un segundo.

No se volvió.

Permaneció inmóvil, como si hubiera esperado escuchar aquel llamado durante muchos años y, al mismo tiempo, hubiera temido profundamente que llegara.

Valeria dio un paso hacia adelante.

El viento levantó suavemente su cabello.

—¡Lucía!

Esta vez la mujer giró lentamente.

La distancia impedía distinguir con claridad sus facciones, pero bastó aquel movimiento para que el corazón de Valeria se estremeciera.

Había algo inconfundible en la manera en que inclinaba ligeramente la cabeza al escuchar su nombre.

Exactamente igual que cuando eran niñas.

Exactamente igual que en la fotografía.

Durante unos segundos permanecieron mirándose desde extremos opuestos del lago.

Nadie habló.

Las palabras parecían demasiado pequeñas para un silencio de quince años.

Finalmente la mujer levantó una mano.

No era un saludo.

Era un gesto lleno de tristeza.

Casi una disculpa.

Después desapareció detrás de los sauces.

Gabriel salió corriendo.

—¡No!

Bajó rápidamente por el sendero que rodeaba el lago.

Valeria corrió detrás de él.

Tomás intentó seguirlos.

El barro hacía cada vez más difícil avanzar.

Cuando finalmente llegaron al otro lado…

No había nadie.

Solo el viento.

Los árboles.

Y el murmullo del agua golpeando suavemente la orilla.

Gabriel observó a su alrededor.

Era imposible.

Habían tardado menos de un minuto.

No existía ningún camino cercano por donde pudiera haberse marchado.

Valeria comenzó a recorrer lentamente la zona.

Entonces la vio.

Sobre un viejo banco de madera descansaba un cuaderno de tapas azules.

Era el mismo que la mujer llevaba entre las manos.

—Gabriel…

Él se acercó.

El cuaderno permanecía completamente seco, a pesar de la humedad del ambiente.

Como si hubiera sido dejado allí apenas unos segundos antes.

Valeria lo tomó con infinita delicadeza.

En la primera página aparecía una frase escrita con una caligrafía elegante.

“Si encontraron este cuaderno…”

“Significa que, por fin, decidieron buscar la verdad juntos.”

Gabriel sintió un escalofrío.

Era la misma sensación que había experimentado al abrir las cartas de Esteban.

Como si alguien hubiera preparado cuidadosamente cada paso del camino.

Valeria continuó leyendo.

“Perdónenme por no acercarme.”

“Todavía no estoy lista.”

“Necesito que antes conozcan una parte de la historia que ni siquiera Ricardo alcanzó a comprender.”

“Después…”

“Prometo mirarlos a los ojos.”

No había firma.

Pero ninguno necesitaba verla.

Los dos sabían perfectamente quién había escrito aquellas líneas.

Lucía estaba viva.

Y acababa de confirmar que llevaba años esperando aquel encuentro.

Tomás observó el interior del cuaderno.

No era un diario común.

Estaba lleno de dibujos.

Paisajes.

Árboles.

Ventanas.

Puertas antiguas.

Y personas.

Muchas personas.

Al pasar las primeras hojas apareció el retrato de Gabriel.

Mucho más joven.

Leyendo un libro.

Luego otro dibujo mostraba a Valeria riendo mientras sostenía un paraguas.

Después ambos aparecían compartiendo un café.

Cada ilustración estaba fechada.

Lucía los había observado durante años.

Incluso después de la separación.

Incluso cuando ya no estaban juntos.

Gabriel pasó lentamente otra página.

Encontró un dibujo completamente distinto.

Representaba una vieja estación de tren.

En un banco aparecía sentado un hombre solo.

Miraba constantemente un reloj de bolsillo.

Debajo del dibujo podía leerse:

“Esperó tres horas.”

Gabriel sintió un golpe en el pecho.

Recordó inmediatamente aquella tarde.

Después del accidente de su padre.

Había conseguido regresar inesperadamente a la ciudad.

Solo por unas horas.

Esperó a Valeria en la estación.

Nunca apareció.

Creyó que ella ya no quería verlo.

Ahora comprendía que jamás había sabido de aquel viaje.

Valeria comenzó a llorar.

—Yo estaba ahí…

Gabriel levantó la vista.

—¿Qué?

Ella respiraba con dificultad.

Los recuerdos comenzaban a regresar con una claridad insoportable.

—Ese mismo día fui hasta la estación…

Los tres quedaron inmóviles.

Valeria cerró los ojos.

Las imágenes aparecieron una tras otra.

Llovía.

Ella llevaba un abrigo rojo.

Esperó durante horas en el andén contrario.

Porque alguien le había dicho que Gabriel llegaría por otra vía.

Nunca lo encontró.

Estuvieron en el mismo lugar.

A pocos metros de distancia.

Sin verse.

Las lágrimas descendían sin control.

Gabriel también comprendió.

—Nos hicieron esperar… separados.

Valeria asintió lentamente.

Era la primera prueba concreta de que la manipulación había continuado incluso después de las llamadas telefónicas.

Aquello no había sido un error.

Había sido cuidadosamente planeado.

Tomás siguió revisando el cuaderno.

En una de las últimas páginas apareció un sobre pegado con cinta adhesiva.

Dentro había una llave mucho más pequeña que la primera.

Y un mapa dibujado a mano.

En el centro del mapa había una única cruz roja.

Debajo, una frase.

“La memoria también tiene escondites.”

Gabriel desplegó completamente el plano.

Era un mapa del antiguo cementerio de la ciudad.

Valeria lo observó sorprendida.

—¿Qué puede haber allí?




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