Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 18: Donde descansan las promesas

El mapa permanecía extendido sobre el banco de madera.

Ninguno de los tres apartaba la vista de la cruz roja dibujada cerca del extremo norte del antiguo cementerio.

El viento levantó una esquina del papel.

Gabriel la sostuvo con cuidado.

En silencio.

Como si cualquier movimiento brusco pudiera borrar aquella nueva pista.

Valeria observó nuevamente la firma.

Lucía Ferrer.

Después de tantos años, aquel nombre había dejado de pertenecer únicamente a los recuerdos.

Ahora respiraba.

Escribía.

Los guiaba.

Y, por primera vez, parecía estar lista para contar su historia.

Tomás rompió el silencio.

—¿Vamos ahora?

Gabriel miró el cielo.

La tarde comenzaba a apagarse lentamente.

Las nubes cubrían el horizonte con tonos dorados y violetas.

—Sí.

No quiero esperar un día más.

Valeria asintió.

Tampoco quería volver a postergar nada en su vida.

Había esperado demasiado tiempo.

El antiguo cementerio se encontraba en la parte más vieja de la ciudad.

Sus enormes portones de hierro conservaban las marcas del paso de las décadas.

Los cipreses formaban largos corredores verdes.

El lugar transmitía una paz inesperada.

No era un sitio triste.

Era un lugar donde el tiempo parecía caminar más despacio.

Un anciano barría lentamente el sendero principal.

Al verlos entrar, levantó la vista.

Su rostro reflejó una sorpresa apenas perceptible.

—Buenas tardes.

Gabriel respondió con cordialidad.

—Buenas tardes.

Estamos buscando una sepultura.

El hombre apoyó ambas manos sobre el mango de la escoba.

—¿Tienen el nombre?

Gabriel desplegó el mapa.

El cuidador lo observó durante unos segundos.

Su expresión cambió inmediatamente.

Reconocía aquel dibujo.

—Hace mucho tiempo que no veía ese plano.

Los tres intercambiaron una mirada.

Gabriel preguntó:

—¿Lo conoce?

El anciano sonrió con nostalgia.

—Claro.

Lo dibujó una muchacha hace varios años.

Venía seguido.

Siempre sola.

Siempre con un cuaderno azul.

Valeria sintió un vuelco en el pecho.

—¿Lucía?

El hombre asintió lentamente.

—Así se llamaba.

Era una excelente dibujante.

Muchas veces se sentaba durante horas frente a un mausoleo antiguo.

Nunca hablaba demasiado.

Solo dibujaba.

Y escribía.

Tomás dio un paso hacia adelante.

—¿Hace cuánto fue la última vez que la vio?

El anciano permaneció pensativo.

—Tres meses.

Quizá un poco más.

Antes de irse me pidió un favor.

Los tres contuvieron la respiración.

—¿Cuál?

El hombre dejó la escoba apoyada contra un árbol.

Sacó lentamente un pequeño llavero del bolsillo.

Colgaba una vieja llave de hierro.

Muy distinta a las otras dos que ya habían encontrado.

—Me pidió que entregara esto únicamente si algún día venían un hombre llamado Gabriel y una mujer llamada Valeria.

Gabriel sintió que la emoción le cerraba la garganta.

Todo parecía cuidadosamente preparado.

Como si Lucía hubiera recorrido ese camino una y otra vez antes que ellos.

El cuidador les entregó la llave.

Después señaló un sendero cubierto de hojas.

—Síganme.

Creo que ya llegó el momento.

Caminaron durante varios minutos.

Las lápidas antiguas aparecían entre los árboles.

Algunas cubiertas por enredaderas.

Otras adornadas con flores recién colocadas.

El silencio era absoluto.

Solo se escuchaba el canto lejano de algunos pájaros.

Finalmente el anciano se detuvo frente a un pequeño mausoleo de piedra.

Era sencillo.

Elegante.

No tenía nombres grabados.

Solo una frase tallada sobre el mármol.

“Solo el amor recuerda para siempre.”

Valeria sintió un estremecimiento.

Aquellas palabras parecían resumir toda su historia.

El cuidador señaló una pequeña cerradura oculta entre las columnas de piedra.

—La llave es para eso.

Gabriel introdujo lentamente la llave.

Giró con facilidad.

Se escuchó un mecanismo metálico.

Una pequeña puerta lateral se abrió lentamente.

Dentro no había joyas.

Ni documentos.

Solo una caja de madera perfectamente conservada.

Gabriel la tomó con ambas manos.

Era sorprendentemente liviana.

La apoyó cuidadosamente sobre un banco cercano.

Valeria levantó la tapa.

En el interior encontraron varios objetos.

Una cinta celeste.

Un reloj de bolsillo detenido exactamente a las cuatro y veinte.

Una flor prensada entre dos papeles.

Y un paquete de cartas atadas con un hilo color marfil.

Sobre ellas descansaba una nota.

Gabriel comenzó a leer.

“Estas cartas nunca fueron enviadas.”

“No porque faltara valor.”

“Sino porque alguien las encontró antes.”

Los tres permanecieron inmóviles.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Gabriel abrió cuidadosamente el paquete.

Todas las cartas estaban dirigidas a él.

Las había escrito Valeria.

Una tras otra.

Durante más de un año.

Ninguna había llegado jamás a destino.

Valeria llevó ambas manos a su rostro.

—Yo…

Yo las escribí…

Su voz se quebró.

Recordaba perfectamente aquellas noches.

Escribía hasta el amanecer.

Después dejaba las cartas en el buzón creyendo que algún día Gabriel las leería.

Nunca recibió respuesta.

Pensó que él había decidido ignorarlas.

Gabriel tomó una de ellas.

La abrió lentamente.

La fecha indicaba apenas dos semanas después de la separación.

Comenzó a leer en voz alta.

“Hoy pasé por nuestra cafetería.”

“Pedí tu café favorito sin darme cuenta.”




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