Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 19: El hombre que volvió del pasado

Las palabras del cuidador quedaron suspendidas en el aire.

Ricardo Ferrer volvió a la ciudad.

Nadie habló.

Gabriel sintió que el pecho se le comprimía.

Durante quince años aquel nombre había sido apenas una sombra.

Una posibilidad.

Una sospecha.

Ahora tenía un rostro.

Y respiraba nuevamente las mismas calles que ellos.

Valeria apoyó una mano sobre la vieja caja de madera para no perder el equilibrio.

—¿Está… seguro?

El anciano asintió lentamente.

—Completamente.

Lo vi hace dos días.

Entró por ese portón.

Traía un ramo de lirios blancos.

Se quedó casi una hora.

No habló con nadie.

Solo permaneció frente a un mausoleo.

Después dejó una carta y se marchó.

Gabriel intercambió una mirada con Tomás.

—¿Qué mausoleo?

El cuidador señaló un sendero cubierto por hojas secas.

—Vengan.

Caminaron en silencio.

Los cipreses parecían formar un corredor interminable.

El aire estaba impregnado del aroma de las flores recién regadas.

Ninguno de los tres decía una palabra.

Cada uno caminaba acompañado por sus propios pensamientos.

Finalmente llegaron frente a un pequeño mausoleo de mármol gris.

Era elegante.

Muy sencillo.

Sobre la lápida solo podía leerse un nombre.

Elena Ferrer.

Valeria frunció el ceño.

—¿Elena?

El cuidador asintió.

—La esposa de Ricardo.

Murió hace dieciséis años.

Gabriel permaneció inmóvil.

Aquella fecha llamó inmediatamente su atención.

Dieciséis años.

Apenas un año antes de que él y Valeria fueran separados.

El anciano continuó.

—Nunca volvió hasta esta semana.

Fue la primera vez.

Dejó flores.

Rez

ó durante varios minutos.

Y después colocó una carta bajo el florero.

Tomás preguntó:

—¿La carta sigue ahí?

El hombre negó lentamente.

—No.

Cuando regresé al día siguiente había desaparecido.

Como si alguien hubiera venido a buscarla.

Gabriel observó la lápida.

Algo no terminaba de encajar.

¿Por qué un hombre que había permanecido quince años lejos regresaba precisamente ahora?

¿Por qué después de que aparecieran las cartas?

¿Por qué justo cuando Lucía comenzaba a dejar pistas?

Demasiadas coincidencias.

No creía en ellas.

Cuando abandonaron el cementerio el sol comenzaba a ocultarse.

Ninguno tenía deseos de regresar inmediatamente a la ciudad.

Tomaron un camino secundario bordeado por álamos.

La tarde estaba teñida de tonos dorados.

El viento movía lentamente los sembrados.

Valeria observó el paisaje.

Durante mucho tiempo había olvidado detenerse.

Siempre corría.

Siempre trabajaba.

Siempre intentaba llenar los silencios con obligaciones.

Ahora comprendía cuánto necesitaba respirar.

Gabriel estacionó el automóvil junto a un pequeño mirador desde donde podía verse todo el valle.

—¿Podemos quedarnos un rato?

Ella sonrió.

—Me gustaría.

Tomás, con la sensibilidad que siempre había demostrado desde el comienzo de aquella búsqueda, los miró con afecto.

—Voy a caminar un poco.

Nos vemos en media hora.

Se alejó lentamente.

No necesitaban decir nada más.

Sabía que aquellos dos corazones tenían demasiadas conversaciones pendientes.

El viento soplaba con suavidad.

Valeria apoyó ambos brazos sobre la baranda de madera.

Durante varios minutos contempló el horizonte.

Gabriel permanecía a su lado.

Sin hablar.

Era curioso.

Quince años atrás el silencio entre ellos resultaba incómodo.

Ahora parecía un idioma compartido.

Fue Valeria quien habló primero.

—¿Sabés qué descubrí estos días?

Gabriel giró apenas la cabeza.

—¿Qué cosa?

Ella sonrió con tristeza.

—Que nunca dejé de comparar a todas las personas con vos.

Gabriel bajó lentamente la mirada.

No esperaba escuchar aquello.

—Yo hice exactamente lo mismo.

Valeria dejó escapar una pequeña risa.

—Qué tercos fuimos.

—Muchísimo.

Ella respiró profundamente.

—¿Te enamoraste alguna vez?

Gabriel tardó en responder.

No porque dudara.

Sino porque la respuesta era más compleja de lo que parecía.

—Intenté empezar de nuevo.

Varias veces.

Conocí personas maravillosas.

Pero siempre sentía que estaba viviendo una historia que no era la mía.

Valeria sintió que las lágrimas regresaban.

—Yo me convencí de que había dejado de creer en el amor.

Gabriel levantó lentamente la vista.

—No.

Simplemente seguías esperándolo.

Ella sonrió.

Había una inmensa ternura en aquellas palabras.

No eran un reproche.

Ni una promesa.

Eran una verdad.

Permanecieron contemplando el paisaje.

El cielo comenzaba a encenderse con los colores del atardecer.

Entonces Gabriel habló casi en un susurro.

—¿Te acordás del primer regalo que me hiciste?

Valeria frunció ligeramente el ceño.

Después sonrió.

—Claro.

Una libreta.

Gabriel asintió.

—Todavía la tengo.

Ella lo miró sorprendida.

—¿En serio?

Él sonrió.

—Está completamente gastada.

Pero nunca pude tirarla.

Valeria dejó escapar una lágrima.

—Yo también conservo algo.

Abrió lentamente su cartera.

Sacó un pequeño marcador de libros de cuero.

Estaba viejo.

Las puntas comenzaban a desgastarse.

Gabriel lo reconoció inmediatamente.

Se lo había regalado durante el primer invierno que pasaron juntos.

En el reverso todavía podía leerse una frase escrita por él.

“Para que nunca pierdas el lugar donde sos feliz.”

Gabriel sintió que la emoción le cerraba la garganta.




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