Lo que el Silencio no borró.

Capítulo 20: La carpeta de cuero

El automóvil negro desapareció detrás de la curva.

Tomás permaneció inmóvil durante varios segundos, observando el camino vacío.

El silencio del valle regresó lentamente.

Solo entonces comprendió que el hombre del vehículo no se había detenido por casualidad.

Había esperado.

Había observado.

Y se había marchado exactamente en el instante en que Gabriel y Valeria volvieron a besarse.

Sintió un escalofrío.

No quería arruinar aquel momento.

Después de quince años, sus amigos merecían al menos unos minutos de felicidad sin que el pasado volviera a interponerse entre ellos.

Sin embargo, también sabía que ocultar aquella información sería un error.

Respiró profundamente.

Comenzó a caminar hacia el mirador.

Gabriel y Valeria seguían abrazados.

El cielo se había teñido completamente de tonos anaranjados y violetas.

Ella permanecía apoyada sobre su hombro.

Él acariciaba lentamente su cabello.

No necesitaban hablar.

Habían comprendido algo esencial.

El tiempo les había robado años.

Pero no había conseguido borrar aquello que verdaderamente importaba.

Gabriel rompió el silencio.

—¿Sabés qué pensé muchas veces?

Valeria levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué cosa?

Él sonrió con cierta timidez.

—Que, si algún día volvía a encontrarte, no iba a preguntarte por el pasado.

Ella lo observó con atención.

—¿Y ahora?

Gabriel tomó ambas manos entre las suyas.

—Ahora entiendo que necesito conocerlo.

No para reclamarte nada.

Sino para que nunca más vuelva a separarnos.

Valeria sintió que aquellas palabras llegaban exactamente al lugar donde durante años había guardado su dolor.

El amor ya no era la ilusión impaciente de dos jóvenes.

Era una decisión consciente.

Madura.

Construida sobre la verdad.

—Yo también quiero saberlo todo.

Incluso aquello que pueda doler.

Gabriel asintió.

—Lo enfrentaremos juntos.

Ella sonrió.

Por primera vez en mucho tiempo, aquella palabra —juntos— dejaba de parecer un sueño.

Tomás llegó hasta ellos.

Su expresión hizo que ambos comprendieran inmediatamente que algo había ocurrido.

Gabriel dio un paso hacia él.

—¿Qué pasó?

Tomás dudó unos segundos.

No quería romper aquella paz.

Pero finalmente habló.

—Mientras ustedes estaban acá…

vi un automóvil.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Qué tenía de extraño?

—No se movió durante casi veinte minutos.

Solo arrancó cuando ustedes se abrazaron.

Valeria sintió un leve estremecimiento.

—¿Pudiste ver quién era?

Tomás negó lentamente.

—No con claridad.

Pero sí vi una carpeta sobre el asiento del acompañante.

Gabriel permaneció atento.

—¿Una carpeta?

—De cuero.

Muy antigua.

En la tapa decía una sola palabra.

“Gabriel.”

El silencio cayó entre los tres.

Valeria sintió un frío recorrerle la espalda.

—¿Mi nombre?

—No.

El tuyo.

Tomás miró directamente a Gabriel.

—Estoy completamente seguro.

Gabriel permaneció inmóvil.

Alguien llevaba una carpeta con su nombre.

Alguien que había permanecido observándolos.

Y ese alguien probablemente era el mismo hombre que acababa de regresar a la ciudad.

Regresaron al departamento cuando ya era de noche.

La lluvia había comenzado nuevamente.

Sobre la mesa seguían las cartas encontradas en el cementerio.

El mapa.

El cuaderno azul.

Las fotografías.

Cada objeto parecía conducir hacia el mismo destino.

Gabriel preparó café.

Nadie tenía intención de dormir.

Tomás tomó una libreta.

Comenzó a organizar toda la información.

—Hagamos algo.

Si seguimos descubriendo pistas sin ordenarnos, vamos a terminar perdiéndonos.

Valeria asintió.

Durante casi una hora reconstruyeron toda la historia.

Las llamadas.

Las cartas desaparecidas.

El accidente.

La estación de tren.

Las fotografías.

Lucía.

Ricardo.

Cuando terminaron, un detalle llamó inmediatamente la atención de Gabriel.

Todos los acontecimientos decisivos ocurrían siempre en fechas muy específicas.

El accidente.

La separación.

La desaparición de Lucía.

La muerte de Elena Ferrer.

El regreso de Ricardo.

Parecían formar parte de un calendario cuidadosamente repetido.

Gabriel tomó una de las cartas de Esteban.

Volvió a leer las fechas.

Después observó el calendario colgado junto a la cocina.

Sintió un vuelco en el pecho.

—No…

Valeria levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Gabriel señaló la fecha del día.

—Hoy es veintinueve.

Tomás frunció el ceño.

—¿Y?

Gabriel abrió rápidamente otra carta.

Buscó una página del diario.

Después otra.

Las comparó.

Respiraba cada vez más rápido.

—Todo ocurrió un día veintinueve.

El accidente.

La primera llamada.

La última carta.

La desaparición de Lucía.

La visita de Ricardo al cementerio.

Valeria abrió los ojos.

Era cierto.

Todos los acontecimientos importantes compartían la misma fecha.

Tomás comenzó a comprender.

—Entonces…

Gabriel terminó la frase.

—Si Ricardo regresó ahora…

no eligió este momento por casualidad.

Eligió exactamente el mismo día.

El mismo aniversario.

La misma fecha que cambió nuestras vidas.

En ese mismo instante…

A varios kilómetros de allí…

En una vieja casa ubicada al otro extremo de la ciudad…

Un hombre de cabello completamente blanco permanecía sentado frente a un escritorio.

La habitación estaba iluminada únicamente por una lámpara antigua.

Sobre la mesa descansaban varias carpetas cuidadosamente ordenadas.




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