El silencio volvió a apoderarse de la casa.
Gabriel permanecía inmóvil, sosteniendo el auricular con tanta fuerza que sus nudillos habían perdido el color.
La voz femenina ya no estaba del otro lado de la línea.
Solo quedaba el tono constante de la llamada interrumpida.
Muy lentamente bajó el teléfono.
Nadie preguntó qué había escuchado.
Bastó observar su expresión para comprender que algo acababa de cambiar nuevamente el rumbo de aquella historia.
Valeria fue la primera en acercarse.
—¿Quién era?
Gabriel respiró profundamente antes de responder.
—No lo sé.
Pero dijo que Helena Salvat está viva.
Ricardo cerró los ojos.
Como si aquellas palabras hubieran despertado un recuerdo que llevaba demasiado tiempo intentando enterrar.
Lucía permaneció inmóvil.
No parecía sorprendida.
Solo profundamente preocupada.
Tomás observó a Ricardo.
—Usted sabía que esto podía pasar.
No fue una pregunta.
Fue una afirmación.
Ricardo tardó varios segundos en responder.
Finalmente asintió.
—Sí.
Gabriel levantó lentamente la vista.
—Entonces también sabía que Helena seguía viva.
Ricardo negó con firmeza.
—No.
Lo sospechaba.
Pero jamás pude demostrarlo.
Durante años pensé que estaba perdiendo la razón.
Porque todas las pruebas indicaban que había muerto.
Sin embargo…
Siempre aparecía alguien que aseguraba haberla visto.
Siempre demasiado tarde.
Siempre demasiado lejos.
Lucía apoyó suavemente una mano sobre el cuaderno azul.
—Yo también la busqué.
Durante mucho tiempo.
Nunca logré encontrarla.
Pero sí encontré algo mucho más importante.
Abrió cuidadosamente una carpeta escondida entre las últimas páginas del cuaderno.
Sacó un sobre color marfil.
Estaba completamente sellado.
En el frente podía leerse una inscripción escrita con tinta azul.
“Para quien tenga el valor de terminar esta historia.”
Gabriel sintió un escalofrío.
Aquellas palabras parecían dirigidas exactamente a ellos.
Lucía sostuvo el sobre unos segundos entre las manos.
—Nunca me animé a abrirlo.
Valeria la observó sorprendida.
—¿Por qué?
Lucía sonrió con tristeza.
—Porque tenía miedo de que, después de leerlo, ya no existiera forma de volver atrás.
Gabriel extendió lentamente la mano.
Lucía le entregó el sobre.
—Ahora les pertenece.
Con extremo cuidado rompió el sello.
Dentro había tres hojas perfectamente dobladas.
Y una pequeña llave plateada.
No se parecía a ninguna de las que habían encontrado anteriormente.
Era moderna.
Brillante.
Casi nueva.
Gabriel dejó la llave sobre la mesa.
Después comenzó a leer.
“Si este sobre fue abierto…”
“Significa que Arturo ya no puede seguir controlando la historia.”
Todos intercambiaron una mirada.
Lucía permanecía completamente inmóvil.
Ricardo respiró profundamente.
Gabriel continuó.
“Muchos creen que Arturo construyó una red de mentiras.”
“No es cierto.”
“Solo necesitó construir una.”
“Las demás nacieron del miedo.”
Tomás sintió que aquellas palabras resumían perfectamente todo lo ocurrido.
Una mentira.
Miles de silencios.
Quince años destruidos.
Gabriel siguió leyendo.
“Existe un lugar donde todavía se conserva el primer documento que dio origen a todo.”
“No está en la fundación.”
“No está en manos de Arturo.”
“Ni siquiera Helena logró encontrarlo.”
Valeria permanecía completamente concentrada.
“Está guardado donde nadie pensaría buscar.”
“Entre los libros que hablan del amor.”
Ricardo abrió lentamente los ojos.
Como si acabara de recordar algo olvidado durante décadas.
—La biblioteca…
Todos lo miraron.
—¿Qué biblioteca?
Preguntó Gabriel.
Ricardo respondió sin apartar la vista del vacío.
—La antigua Biblioteca Popular San Jerónimo.
Esteban iba allí todas las semanas.
Decía que era el único lugar donde el silencio servía para encontrar respuestas.
Lucía asintió inmediatamente.
—Exactamente.
Yo también investigué allí.
Pero nunca encontré ese documento.
Gabriel observó nuevamente la pequeña llave.
Había un número grabado sobre el metal.
317.
Tomás sonrió apenas.
—No es una llave cualquiera.
Es una llave de casillero.
Ricardo lo comprendió en el mismo instante.
—Los antiguos archivos privados de la biblioteca.
Cada investigador tenía uno.
Gabriel cerró cuidadosamente el sobre.
Sabía cuál sería el siguiente paso.
Una hora más tarde, los cinco caminaban hacia la vieja biblioteca.
El edificio ocupaba una esquina tranquila de la ciudad.
Su fachada de piedra conservaba el encanto de otra época.
Las altas ventanas reflejaban la tenue luz de la tarde.
Valeria sintió una extraña paz apenas cruzó la puerta.
El aroma de los libros antiguos llenaba el ambiente.
Era un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido.
Una mujer mayor acomodaba cuidadosamente varios ejemplares sobre un carrito de madera.
Al ver a Ricardo, permaneció inmóvil.
Lo reconoció inmediatamente.
—Hace muchos años que no lo veía.
Ricardo sonrió con respeto.
—Demasiados.
La bibliotecaria observó luego a Gabriel.
Después a Lucía.
Finalmente dirigió la mirada hacia la pequeña llave que él sostenía.
Su expresión cambió.
—Entonces…
por fin llegaron.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Nos esperaba?
Ella sonrió con una serenidad imposible de interpretar.
—No exactamente.