Las palabras de Tomás quedaron suspendidas en el aire.
—Creo que el niño al que llevan cuarenta años buscando… acaba de aparecer en los diarios de esta mañana.
Nadie respiró.
Gabriel dio dos pasos hasta quedar junto a él.
Tomó el teléfono con manos temblorosas.
En la pantalla aparecía la fotografía de un hombre de poco más de cuarenta años.
Cabello oscuro.
Mirada serena.
Una sonrisa discreta.
Vestía un traje azul marino y sostenía un diploma durante la inauguración de un centro de atención para niños en situación de vulnerabilidad.
No parecía un hombre marcado por el odio.
Ni por la ambición.
Había algo profundamente noble en su expresión.
Lucía observó la fotografía durante largos segundos.
Sin saber por qué, sintió una punzada en el pecho.
Era como si aquella mirada le resultara familiar.
No de la memoria.
Sino del corazón.
Helena se acercó lentamente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas antes incluso de tocar el teléfono.
No podía explicar lo que sentía.
Era imposible reconocer a un hijo al que jamás había visto crecer.
Y, sin embargo…
la forma de sonreír de aquel hombre era idéntica a la de Esteban cuando era niño.
Apoyó la punta de los dedos sobre la imagen.
Como si quisiera acariciar un rostro que el tiempo le había robado.
—¿Cómo se llama?
preguntó casi sin voz.
Tomás tragó saliva antes de responder.
—Se llama…
Adrián Ferrer.
Mateo cerró lentamente los ojos.
El apellido cayó como un relámpago sobre todos.
Ferrer.
El mismo apellido que figuraba en el escapulario.
El mismo apellido del hombre perseguido cuarenta años atrás.
Samuel sintió un escalofrío.
Aquello ya no podía ser una coincidencia.
Eduardo observó la fotografía con una tristeza infinita.
—Sí…
Ese es el nombre con el que vive.
Pero no sé si es el nombre con el que nació.
Gabriel levantó inmediatamente la vista.
—¿Todavía existen dudas?
Eduardo apoyó lentamente la carpeta sobre la mesa.
—Hasta este momento…
sí.
Porque nunca abrí el último documento.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Qué documento?
Eduardo señaló el fondo de la carpeta.
Había un pequeño sobre lacrado.
Mucho más antiguo que los demás.
Nunca había sido abierto.
Sobre la cera aún permanecía intacto el sello del antiguo sanatorio.
Y, escrito con tinta negra, podía leerse una frase.
“Abrir únicamente si algún día la familia vuelve a reunirse.”
Mateo respiró profundamente.
—Mercedes…
Siempre pensaba en todo.
El ambiente se volvió todavía más silencioso.
Gabriel sostuvo el sobre entre las manos.
Durante unos segundos dudó.
Abrirlo significaba terminar definitivamente con cuarenta años de incertidumbre.
Pero también podía destruir las pocas certezas que todavía conservaban.
Lucía apoyó suavemente una mano sobre la suya.
—Sea lo que sea…
quiero saberlo.
Gabriel asintió.
Con extremo cuidado rompió el viejo lacre.
Dentro había una única hoja.
Y una fotografía doblada.
Primero desplegó la carta.
La letra era claramente la de Mercedes.
Comenzó a leer.
“Si alguien está leyendo estas palabras…”
“Significa que el miedo, por fin, perdió la batalla.”
Nadie interrumpió.
“Yo acomodé nuevamente las pulseras después del apagón.”
“Yo devolví cada bebé a los brazos que creía correctos.”
“Pero antes de terminar…”
Mercedes hacía una pausa.
Las siguientes palabras parecían escritas con la mano temblorosa.
“Uno de ellos ya había sido cambiado.”
El silencio se volvió insoportable.
Gabriel siguió leyendo.
“No fui yo quien realizó el intercambio definitivo.”
“Cuando regresé a la sala…”
“Había un hombre sosteniendo a uno de los recién nacidos.”
Helena sintió que un recuerdo golpeaba violentamente su memoria.
Una sombra.
Una voz.
Un perfume.
No conseguía ver el rostro.
Pero comenzaba a recordar su presencia.
Eduardo respiraba cada vez con mayor dificultad.
Conocía aquella parte de la historia.
Pero jamás había escuchado la versión escrita por Mercedes.
Gabriel continuó.
“Nunca vi su cara porque llevaba barbijo y gorro quirúrgico.”
“Pensé que era uno de los médicos.”
“Solo muchos años después comprendí que jamás había trabajado en el hospital.”
Ricardo sintió un escalofrío.
Aquello significaba que existía un quinto hombre.
Alguien de quien nunca habían sospechado.
Tomás desplegó la fotografía que acompañaba la carta.
Era una imagen tomada desde una cámara de seguridad.
Muy borrosa.
En blanco y negro.
Se veía un pasillo.
Dos enfermeras.
Y un hombre empujando una incubadora.
No podía distinguirse su rostro.
Pero sí un detalle.
En su muñeca izquierda llevaba un reloj muy particular.
De esfera cuadrada.
Con una grieta diagonal sobre el cristal.
Mateo dio un paso hacia adelante.
Su respiración se aceleró.
—Ese reloj…
Samuel también lo reconoció.
No porque hubiera visto al hombre.
Sino porque había visto el reloj.
Muchos años antes.
En una fotografía que Arturo guardaba celosamente.
Ricardo frunció el ceño.
—¿Quién era?
Samuel respondió casi sin voz.
—Nunca supimos su nombre.
Arturo lo llamaba…
El Hombre del Reloj.
Helena sintió un vacío en el pecho.
Durante cuarenta años habían buscado médicos.
Documentos.
Expedientes.
Y ahora aparecía alguien completamente desconocido.