Las vías, cubiertas por la hierba, parecían haber renunciado hacía mucho tiempo al sonido de los trenes. Sin embargo, para Helena, aquel lugar seguía respirando recuerdos.
Adrián caminó a su lado.
—¿Era aquí?
Helena asintió lentamente.
—Aquí empezó todo… y quizá también termine.
Los dos permanecieron unos segundos observando el viejo reloj detenido.
Lucía, Gabriel y Samuel se quedaron a cierta distancia, respetando aquel momento.
—Siempre imaginé este lugar de otra manera —dijo Adrián.
—¿Cómo?
—Con respuestas.
Helena sonrió con una melancolía serena.
—Y encontraste preguntas.
Él dejó escapar una leve risa.
—Muchas.
Helena levantó la vista hacia el reloj.
—Cuando era joven pensaba que el tiempo podía devolverme lo que había perdido.
—¿Y ahora?
—Ahora entendí que el tiempo no devuelve nada.
Solo nos regala nuevas oportunidades.
Adrián guardó silencio.
Después preguntó en voz baja:
—¿Te arrepientes de haber seguido buscando?
Ella giró hacia él.
—Jamás.
—Aunque el precio haya sido tanto dolor.
—El amor siempre cuesta algo.
Lo importante es que nunca deje de valer la pena.
Adrián bajó la mirada.
—Tengo miedo.
—¿De qué?
—De no saber ser el hijo que esperabas.
Helena dio un paso más cerca.
—¿Sabes cuál fue mi mayor sueño durante todos estos años?
Él negó.
—Volver a mirarte a los ojos.
Nada más.
No soñé con recuperar cumpleaños.
Ni Navidades.
Ni fotografías.
Solo con este instante.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
—Entonces…
¿no esperas nada de mí?
Helena respondió con una sonrisa llena de ternura.
—Solo una cosa.
—¿Cuál?
—Tiempo.
No podemos recuperar el pasado.
Pero todavía podemos construir recuerdos.
Él asintió lentamente.
—Eso sí puedo hacerlo.
A unos metros, Lucía observaba la escena con lágrimas discretas.
Gabriel se acercó.
—¿En qué piensas?
—En Arturo.
Gabriel sonrió.
—Yo también.
—Le habría gustado ver esto.
Samuel, que acababa de llegar con el viejo cuaderno entre las manos, respondió sin dejar de mirar a Helena y Adrián.
—Creo que sí lo está viendo.
Los tres guardaron silencio.
El viento hizo pasar lentamente una de las páginas del cuaderno.
Lucía la sostuvo antes de que se cerrara.
Había una frase escrita con tinta azul.
Samuel la leyó despacio.
—“La verdad puede reunir a una familia. Pero solo el perdón puede convertirla nuevamente en un hogar.”
Gabriel respiró hondo.
—Nunca escribió una palabra de más.
Del otro lado del andén, León permanecía sentado en un viejo banco de madera.
Esteban se acercó llevando dos vasos de café.
Le ofreció uno.
—Hace frío.
León aceptó.
—Gracias.
Pasaron varios minutos sin hablar.
Finalmente Esteban rompió el silencio.
—¿Qué ves cuando los miras?
León observó a Helena y Adrián conversando.
—La vida que les robé.
Esteban negó con suavidad.
—No.
Ves la vida que lograron recuperar.
Hay diferencia.
León dejó escapar un suspiro.
—Nunca podré reparar lo que hice.
—No.
Pero puedes impedir que el dolor siga creciendo.
El anciano médico permaneció pensativo.
—¿Crees que algún día dejarán de recordarme como el hombre que destruyó una familia?
Esteban respondió con absoluta calma.
—No puedes decidir cómo te recordarán.
Pero sí puedes decidir cuál será el último recuerdo que les dejes.
León bajó lentamente la cabeza.
Comprendió que aquella era, quizá, la última decisión verdaderamente importante de su vida.
El sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas.
Una luz dorada cubrió la estación.
Adrián observó el viejo reloj detenido.
—¿Sabes qué me gustaría hacer?
preguntó.
Helena sonrió.
—¿Qué cosa?
—Volver a ponerlo en marcha.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Para qué?
Él contempló las agujas inmóviles.
—Porque este lugar dejó de medir el tiempo el mismo día que todos comenzaron a vivir mirando hacia atrás.
Quizá sea hora de que vuelva a marcar las horas de quienes todavía tienen futuro.
Helena sintió que el corazón se llenaba de esperanza.
Le tomó la mano.
No como una madre que recuperaba un hijo.
Ni como un hijo que encontraba una verdad.
Sino como dos personas que habían comprendido que el amor no nace únicamente del pasado.
También puede crecer en el presente.
En ese instante, un leve silbido recorrió el valle.
Todos levantaron la vista hacia las vías.
No había ningún tren.
Solo el viento atravesando la antigua estación.
Helena sonrió.
—¿Lo escuchaste?
Adrián asintió.
—Sí.
—Cuando era niña, mi padre decía que el viento siempre anuncia los nuevos comienzos.
Adrián apretó suavemente su mano.
—Entonces…
creo que el nuestro acaba de empezar.