A veces me descubro pensando en ti sin intención,
Cuando no debería, como si tu nombre fuera el ruido leve del mundo cuando amanece.
No busco tu voz, pero aparece,
igual que el sol se asoma entre las persianas sin pedir permiso.
Te pienso no desde la ausencia, sino desde el lugar donde todo se ordena:
ese rincón callado del alma que solo se abre cuando pronuncio tu risa.
He aprendido que amar no siempre es decirlo,
sino permanecer, quedarse quieto en medio del ruido,
entender que el silencio también puede sostener una promesa.
Te miro en los gestos cotidianos —esa forma tuya de acomodar lo pequeño—
y encuentro belleza en lo que el tiempo intenta borrar.
Allí estás, resistiendo, floreciendo, nombrando mis días sin decir mi nombre.
No sé en qué momento tu existencia empezó a doblar mis pensamientos,
a hacer que mis recuerdos buscaran refugio en tu voz.
Eras la calma, pero también la pregunta,
la razón por la que empecé a mirar distinto el mundo,
como si todo antes de ti hubiese sido un borrador de lo que ahora entiendo.
A veces me asusta cuánto me parezco al amor que te tengo.
Porque en él hay miedo, sí, pero también un enorme deseo,
una necesidad profunda de quedarme en lo que eres,
en esa humanidad tuya que tropieza, que duda,
que me enseña a querer sin la perfección de los poemas,
solo con la verdad de lo que tiembla cuando te abrazo.
Si alguna vez me ves callado, no creas que me he ido.
Estoy escuchando los ecos de lo que fuimos,
guardando tus gestos para cuando el mundo se ponga gris.
En cada mirada mía todavía hay algo tuyo,
una constelación mínima que me recuerda
que el amor no se acaba: solo cambia de sitio dentro del alma.
Y así sigo, mirándote,
no con los ojos, sino con esa parte invisible que solo tú despiertas.
Porque desde que llegaste,
mi manera de existir se volvió una forma de decirte,
sin palabras,
que aún te estoy mirando.