A veces me sorprendo pensando en ti cuando no debería,
como si tu nombre fuera una grieta por donde se filtra la luz
en una habitación que juré mantener a oscuras.
Intento convencerme de que todo sería más fácil sin vos,
que el mundo tendría menos bordes, menos dudas, menos fuego.
Pero cada argumento se me derrite apenas recuerdo tu voz.
Sé muy bien que no somos una decisión muy sensata.
Lo sé cuándo te pienso demasiado,
cuando el corazón se me adelanta al juicio
y pide quedarse, aunque yo le diga que no conviene.
Pero hay amores que no entienden de mapas,
que prefieren perderse antes que renunciar a un camino
que les arde demasiado bonito.
He tratado de alejarme, y lo sabes.
Cierro puertas que se vuelven a abrir solas,
pongo distancia que se acortan con solo nombrarte,
y construyo muros que solo vos atravesas
como si siempre hubieras tenido la llave.
Cada vez que te miro, descubro que hay derrotas
que se sienten deliciosamente inevitables.
Y, aun así, no puedo negarlo: hay miedo.
Miedo a que esto duela, a que no alcance,
a que un día despertemos y descubramos
que todo lo que nos unió también nos empuja.
Pero entre el temor y la renuncia,
siempre termino eligiendo el vértigo
de tus manos llamando a las mías.
No debería estar acá, lo sé mejor que nadie.
El mundo tiene reglas, historias, advertencias.
Pero cuando estoy con vos,
todas esas voces suenan como un ruido lejano,
como una conversación en otra habitación
de la que no quiero formar parte.
Y elijo quedarme, cuando no debería.
Quizá este amor no sea la ruta correcta,
quizá esté lleno de curvas y sombras
que no conviene recorrer.
Pero aun sabiendo eso,
sigo dando pasos hacia vos
como quien avanza hacia una verdad que arde,
como quien descubre que el destino, a veces,
no es lo que conviene…
sino lo que no se puede evitar.