Hay personas que uno extraña como se extraña una casa abandonada:
no porque fuera segura,
no porque nos cuidara,
sino porque alguna vez creímos que ahí estaba todo.
Y tú eres eso.
Un lugar al que no debería querer volver,
pero que todavía aparece en mi cabeza
cuando la noche se queda demasiado quieta.
No debería extrañarte.
Eso es lo primero que pienso cada mañana.
No debería, pero tomaste mis sentimientos
como quien juega con una moneda ajena:
la lanzaste al aire, la miraste caer,
y seguiste caminando sin preguntar
si yo la necesitaba para vivir.
Convertiste lo que te entregué con cuidado
en algo liviano, intercambiable, prescindible.
Y, aun así, aquí estoy,
echándote de menos como si no supiera
todo lo que sé.
Lo más cruel del recuerdo
no es lo que pasó,
sino lo que yo quería que pasara contigo.
Porque mientras tú dudabas,
yo construía futuros en silencio.
Mientras tú probabas distancias,
yo me quedaba.
Mientras tú jugabas a no tomarte las cosas en serio,
yo apostaba todo,
como si amar fuera un acto de fe
y no de una ruleta.
Más que enojado contigo, me enojo conmigo por eso.
Por haber querido tanto.
Por haber visto las señales
y decidir llamarlas miedos míos.
Por haber sentido la decepción crecer
y aun así pensar:
“quizá mañana sea distinto”.
La melancolía no siempre viene del abandono;
a veces viene de haber esperado demasiado
a alguien que no sabía lo que quería.
Estúpidamente, te extraño,
y me duele admitirlo.
Me duele porque no te extraño
por lo que fuiste,
sino por todo lo que yo estaba dispuesto a ser contigo.
Extraño la versión de mí
que te miraba como si el mundo
no necesitara nada más.
Extraño la ilusión,
esa forma ingenua de creer
que el amor, si era honesto,
alcanzaba.
Y, sin embargo, hay rabia.
Una rabia cansada, sin gritos,
una rabia que no busca venganza
sino sentido.
Porque no es justo extrañar
a alguien que jugó con lo que uno cuidaba.
No es justo seguir nombrándote en la cabeza
cuando tú nunca cuidaste mi nombre
con la misma intención.
A veces pienso que lo que extraño
no eres tú,
sino la promesa.
Ese momento suspendido
antes de entenderlo todo.
Antes de darme cuenta
de que yo quería algo completo
Antes de darme cuenta que tú solo querías sentirte querida
sin la responsabilidad de quedarte.
Quería todo contigo.
Y eso es lo que más me avergüenza decir.
Quería las mañanas,
los planes,
los silencios compartidos sin miedo,
las discusiones que se arreglan
porque nadie quiere irse.
Quería lo serio,
lo cotidiano,
lo que pesa.
Y tú… tú querías lo liviano.
Lo que no obliga.
Lo que no compromete.
Ahora cargo con esta nostalgia
que no debería existir.
Una nostalgia que pelea con la lógica,
que se cuela incluso cuando recuerdo
cómo minimizaste lo que sentía,
cómo llamaste exageración
a mi entrega,
cómo hiciste de mi amor
un juego que no pensabas terminar.
Te extraño en los momentos más tontos.