La distancia siempre tuvo sus grietas,
pero yo insistí en creer que el amor podía cruzarlas.
Fui el ingenuo que sostuvo el hilo,
mientras vos lo ibas cortando de a poco,
dejando que la mentira viajara más rápido que mis palabras.
Cuando descubrí lo que hacías,
no sentí sorpresa:
sentí confirmación.
Como si la traición hubiera estado ahí desde el principio,
esperando que yo por fin abriera los ojos.
No hubo drama, ni gritos, ni quiebres.
Solo una verdad simple, brutal y seca:
vos ya estabas con alguien más
mientras yo todavía te cuidaba el recuerdo.
La pantalla se volvió un muro,
las videollamadas una obra barata,
y tus “te extraño”
sonaban más a trámite que a sentimiento.
Y yo los aceptaba, ciego por conveniencia,
porque admitir la verdad significaba perder incluso la ilusión.
Lo más frío de todo
no fue lo que hiciste,
sino darme cuenta de que ya no me dolía del todo.
Que te había amado más en la distancia
de lo que vos me habías querido en la cercanía de otro.
Que mientras yo contaba días,
vos contabas excusas.
Y que al final, lo único que nos unía
era el hábito de escribirnos,
no el deseo de encontrarnos.
Ahora lo miro sin temblor:
no estábamos juntos,
solo estábamos conectados.
Una relación sostenida por señales débiles,
por promesas que nunca tuvieron cuerpo,
por un cariño que se deshilachó
mucho antes de que yo me diera cuenta.
La traición no fue el golpe final;
fue el recordatorio de que lo nuestro
ya estaba muerto desde que comenzo
Me queda una resignación tranquila, casi helada.
No voy a reclamarte nada:
lo que hiciste habla más de vos que de mí.
Yo puse el alma,
vos pusiste la ausencia disfrazada de afecto.
La distancia no nos rompió;
solo dejó a la vista lo que ya éramos:
lo que tu eras,
fui un desconocido que confundio compañía,
con amor verdadero.
Y así termino esto,
sin lágrimas, sin súplicas, sin nostalgia.
Porque lo admito, por fin:
te perdí mucho antes de tenerte,
y ahora que lo sé,
lo único que siento
es la libertad amarga de quien ya no espera nada.
Ni de vos.
Ni de lo que nunca estuvo aquí.