La primera vez que Nora pensó en matar a Bruno fue cuando encontró sus zapatillas de correr dentro del horno.
El piso llevaba tres días sin lavadora, sin secadora y, desde esa mañana, sin una zona de la cocina que no estuviera ocupada por herramientas, plásticos y un albañil llamado Ramón que silbaba fatal.
Pero las zapatillas estaban en el horno y Bruno las había metido ahí, y eso era lo único que importaba a las ocho de la mañana un martes.
—¿Se puede saber por qué hay zapatillas en el horno? —le dijo, con la puerta del horno todavía abierta.
Bruno apareció por el pasillo con el pelo mojado y una camiseta puesta del revés.
—Porque no sabía dónde meterlas y el horno no lo usamos.
—Yo uso el horno.
—Tú usas el horno para calentar pizza congelada. Eso no es usar el horno.
Nora se lo quedó mirando con la expresión que llevaba usando con él desde que tenían doce años: una mezcla exacta de cariño y ganas de tirarle algo a la cabeza.
—Llevamos cuatro días así —dijo ella—. Cuatro días, Bruno.
—Y va a ser un mes más, más o menos, según Ramón. Que, por cierto, silba fatal.
—Lo sé. Lo oigo desde mi habitación.
El plan había sido sencillo sobre el papel. A Nora le estaban reformando el piso de arriba porque se había roto una tubería y el seguro solo cubría la mitad si no arreglaban también la instalación eléctrica de paso; a Bruno, que vivía dos calles más allá, le habían echado del suyo porque el casero había decidido vender el edificio entero a un fondo de inversión sin avisar a nadie con más de quince días de antelación.
Los dos se habían quedado sin sitio al mismo tiempo. Los dos se conocían desde el colegio. La solución había sido obvia para todo el mundo menos, en su momento, para ellos: Nora tenía una habitación libre, Bruno necesitaba una habitación y ninguno de los dos tenía dinero para algo mejor a corto plazo.
—Es solo hasta que encuentres algo —le había dicho ella hacía tres semanas, con la seguridad de alguien que no sabía todavía lo que significaba compartir un baño con Bruno Aguirre.
Ahora lo sabía. Significaba pelo en el desagüe, una discusión diaria sobre la temperatura del agua y, aparentemente, zapatillas en el horno.
Se conocían desde los ocho años, cuando Bruno llegó nuevo al colegio a mitad de curso y se sentó, por pura casualidad de asignación de pupitres, al lado de Nora. Ella tenía entonces una teoría muy firme sobre que los niños nuevos eran sospechosos por definición y se pasó la primera semana entera sin hablarle.
Bruno, que no tenía ni idea de esa teoría, le ofreció la mitad de su bocadillo el sexto día porque a ella se le había caído el suyo al suelo y, desde entonces, habían sido, básicamente, lo mismo. No mejores amigos en el sentido cursi de la palabra. Algo más simple y más raro: la persona que el otro llamaba primero cuando pasaba algo, bueno o malo, sin pensarlo.
Habían tenido, cada uno por su lado, un número razonable de relaciones a lo largo de los años. Ninguna de esas relaciones había sobrevivido mucho tiempo debido a la cantidad de horas que Nora y Bruno pasaban juntos, lo cual, en su momento, ninguno de los dos había considerado un dato relevante.
Ahora, con veintiséis años y una convivencia forzosa de duración indefinida, Nora empezaba a sospechar que quizás sí lo era.
No se lo dijo a nadie. Ni siquiera se lo dijo a sí misma con esas palabras exactas.