Los días comenzaron a pasar con una calma desconocida para Ashmed.
Cada tarde encontraba una excusa para acercarse a la pequeña peluquería donde trabajaba Victoria. A veces decía que necesitaba cortarse el cabello; otras, simplemente aparecía con un café en la mano y una conversación pendiente.
Aquello lo desconcertaba.
Había jurado no volver a encariñarse con nadie.
Sin embargo, ella derribaba sus defensas sin siquiera intentarlo.
Una tarde caminaron junto al río. El viento frío anunciaba la llegada del invierno.
Victoria rompió el silencio.
—¿Y tú... alguna vez has estado enamorado?
Ashmed tardó en responder.
No porque no supiera la respuesta.
Sino porque el amor era un recuerdo demasiado lejano.
—No.
Ella lo observó con curiosidad.
—¿Nunca?
Él negó lentamente.
—Nunca lo suficiente.
Victoria sonrió con dulzura.
—Entonces todavía no sabes lo bonito que puede ser.
Ashmed levantó la vista hacia ella.
Sus ojos se encontraron.
Apenas pasaron unos segundos antes de que él desviara la mirada.
Victoria soltó una pequeña risa.
—¿Qué pasa?
—No me mires así.
—¿Así cómo?
Él respiró hondo.
—No puedo mirar a nadie a los ojos durante mucho tiempo.
Ella dejó de sonreír.
Comprendió que detrás de aquella frase había un dolor que él aún no estaba preparado para contar.
Con mucho cuidado tomó su mano.
Sintió la venda que cubría la herida.
Pero también notó algo más profundo.
No era solo una lesión.
Era una carga invisible.
Victoria acarició con delicadeza el borde del vendaje.
—¿Te duele mucho?
Ashmed no respondió.
No era la herida lo que le dolía.
Lo que lo consumía era el recuerdo de aquella noche.
Los disparos.
Los gritos.
La sangre.
Los rostros de las personas que habían muerto por una guerra que nunca debió existir.
Había quitado vidas para salvar la suya.
Y esa culpa pesaba más que cualquier bala.
Victoria no conocía la historia.
No sabía las razones.
No sabía quién era realmente ese hombre.
Solo veía a alguien que sufría.
—¿Quieres un poco de agua? —preguntó con ternura.
Ashmed la miró sorprendido.
Hacía mucho tiempo que nadie se preocupaba por él de una forma tan sencilla y sincera.
Aceptó la botella.
Mientras bebía, comprendió algo.
Victoria no estaba curando la herida de su costado.
Estaba empezando a sanar la de su corazón.
Desde aquel día, Ashmed comenzó a cambiar.
No porque Victoria fuera increíblemente hermosa, aunque lo era.
Sino porque cuando estaba junto a ella dejaba de ser el hombre perseguido por su pasado.
Con ella no era un fugitivo.
No era un asesino.
No era el heredero de una familia marcada por la violencia.
Simplemente era Ashmed.
Y esa sensación era tan nueva que le daba miedo perderla.
Era como si el destino le estuviera ofreciendo una segunda oportunidad para descubrir quién podía llegar a ser.
El invierno cubrió la ciudad con un aire frío.
Las calles estaban llenas de luces y cafeterías donde el vapor del café empañaba los cristales.
—El invierno no solo vuelve fría una ciudad —comentó Victoria mientras caminaban—. También enfría algunos corazones.
Ashmed la miró.
—¿Y el tuyo?
Ella sonrió.
—Todavía no.
Unos días después, Victoria los invitó a cenar a casa de Airé.
Sobre la mesa había platos tradicionales preparados con cariño.
Ashmed probó un bocado.
—Está muy bueno.
Airé sonrió con orgullo.
Victoria no pudo contener la risa.
—Qué aproveche.
Ashmed la miró confundido.
Ella levantó la mano.
—Acabas de comer del plato donde Airé metió el dedo para probar la salsa.
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Editado: 10.08.2026