No sé en qué momento empezó.
No hubo un día exacto, ni una razón clara. Solo fue esa sensación rara de notar a alguien sin querer hacerlo.
Al principio pensé que era curiosidad.
Luego pensé que era costumbre.
Después me di cuenta de que era algo más peligroso: expectativa.
No hablábamos.
Ni siquiera sabía si él me había notado alguna vez.
Pero yo sí lo hacía. Y eso parecía suficiente para que mi cabeza trabajara horas extras.
Me preguntaba si estaba exagerando.
Si era normal pensar tanto en alguien que no formaba parte de mi vida.
Si estaba bien sentir algo que no tenía nombre.
A veces me decía que no era nada.
Otras, me dolía como si lo fuera todo.
Lo peor no era sentir.
Era no saber si estaba sintiendo bien.
Porque cuando nunca te has enamorado, no sabes si el miedo es una señal de alerta o solo la antesala de algo bonito.
Y ahí estaba yo, con una ilusión pequeña, cuidándola como si ya pudiera romperse.