Lo que nunca empezó

CAPÍTULO 1 — Notar

No fue amor a primera vista.
Ni siquiera fue algo que yo pudiera señalar con claridad.

Fue más bien esa sensación incómoda de notar a alguien sin querer hacerlo.

Al principio era solo una presencia.
Un rostro que aparecía de vez en cuando en el mismo lugar, a la misma hora.
Nada extraordinario. Nada que mereciera atención.
Eso me decía.

Pero mi mirada lo encontraba antes de que yo pudiera evitarlo.

No sabía su nombre.
No sabía cómo era su voz.
No sabía si era amable o cruel, interesante o completamente olvidable.
Y aun así, algo en él se quedaba conmigo más tiempo del necesario.

Me molestó darme cuenta.

Porque yo no soy así.
No soy de fijarme en desconocidos.
No soy de construir ideas con tan poco.
O al menos eso creía.

Intenté convencerme de que era casualidad.
Que simplemente coincidíamos en horarios.
Que mi mente, aburrida, necesitaba distraerse con algo.

Pero había días en los que no aparecía… y esos días se sentían extrañamente vacíos.

Ahí fue cuando entendí que ya no era solo notar.
Era esperar, aunque no quisiera admitirlo.

Me pregunté si estaba exagerando.
Si estaba inventando algo donde no había nada.
Si ese tipo de pensamientos eran normales o una señal de que algo en mí estaba fallando.

—No es nada —me decía—.
Solo alguien más en el mundo.

Y aun así, cuando lo veía, algo en mi pecho se tensaba.
No emoción.
No felicidad.
Más bien una alerta suave, como si mi cuerpo supiera algo que yo no quería aceptar.

Me asustó un poco.

Porque cuando nunca te has enamorado, no sabes distinguir entre curiosidad, ilusión o peligro.

Solo sabes que pensar tanto en alguien no debería doler… y aun así, empezaba a hacerlo.

Ese día me di cuenta de algo simple y terrible a la vez: ya no lo estaba viendo por casualidad.

Lo estaba buscando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.