Reconocerlo fue peor que notarlo.
Porque notar puede ser accidental.
Pero reconocer implica memoria, intención… repetición.
Ya no era solo un rostro más entre la gente.
Era él.
Aunque todavía no supiera su nombre.
Lo veía y mi cuerpo reaccionaba antes que mi mente.
La mirada se me iba sola, como si ya lo conociera de antes.
Y eso me incomodaba.
Empecé a darme cuenta de detalles absurdos.
La forma en que caminaba.
Cómo llevaba la mochila siempre de un solo lado.
Ese gesto pequeño de fruncir el ceño cuando parecía concentrado en algo.
Cosas que no deberían importarme.
Cosas que no debería estar guardando.
Me pregunté cuántas veces había pasado frente a mí sin que yo lo notara antes.
Tal vez siempre estuvo ahí y yo recién ahora lo veía.
O tal vez solo necesitaba a alguien en quien pensar.
Eso también me dio miedo.
Porque una parte de mí se decía que no era real.
Que estaba proyectando algo que no existía.
Que cuando no has sentido antes, cualquier cosa se siente enorme.
Y aun así… no podía dejar de reconocerlo.
En la universidad, mis ojos lo buscaban sin permiso.
En la calle, cualquier figura parecida me hacía voltear.
Me odié un poco por eso.
—Estás exagerando —me repetía— Ni siquiera te habla.
Y era verdad.
No cruzábamos palabras.
No cruzábamos historias.
Solo miradas breves que no significaban nada… ¿o sí?
Había días en los que parecía no verme.
Pasaba cerca, distraído, como si yo no existiera.
Y eso me dolía más de lo que debería.
Ahí fue cuando empecé a cuestionarme a mí, no a él.
¿Por qué me afectaba tanto alguien que no formaba parte de mi vida?
¿Por qué sentir algo tan fuerte sin motivo aparente?
Me sentía ridícula.
Demasiado consciente de mis pensamientos.
Demasiado atrapada en mi propia cabeza.
Pero también había momentos —pocos, breves— en los que nuestras miradas se encontraban.
No por mucho tiempo.
No lo suficiente como para confirmar nada.
Solo lo justo para que mi mente hiciera el resto.
Y eso era lo peligroso.
Que él no hacía nada.
Y aun así, yo ya estaba sintiendo demasiado.
Ese día acepté algo que no quería admitir: ya no era casualidad.
No era imaginación.
Lo estaba reconociendo como alguien importante antes de que siquiera supiera quién era.