El bus siempre fue un lugar neutro para mí.
Un espacio de tránsito, de pensamientos dispersos y miradas que no se quedan.
Hasta que él estuvo ahí.
Subí sin pensar en nada en particular.
Cansada, con la mente en automático.
Fue al alzar la vista cuando lo vi.
Sentí ese golpe leve en el pecho que ya conocía.
No sorpresa.
Reconocimiento.
Estaba sentado más adelante, cerca de la ventana.
Mirando hacia afuera, distraído, como si no cargara con nada.
Pensé en bajar la mirada.
En fingir que no lo había visto.
Pero ya era tarde.
Nuestros ojos se encontraron por un segundo.
Solo uno.
Lo suficiente para confirmar que esta vez sí me había visto.
No sonrió.
No hizo ningún gesto especial.
Y eso, extrañamente, fue peor.
Aparté la mirada rápido, con esa sensación incómoda de haber sido descubierta.
Como si supiera que lo había pensado demasiado.
Me senté unas filas más atrás.
Intenté concentrarme en cualquier otra cosa.
En el celular.
En la gente.
En el ruido.
Pero mi cuerpo estaba alerta.
Cada movimiento suyo se me hacía presente.
El sonido cuando el bus frenaba.
El vaivén suave en las curvas.
La cercanía inevitable.
Pensé en levantarme.
En cambiar de asiento.
Pero no lo hice.
Había algo casi absurdo en quedarse.
Como si una parte de mí quisiera probarse a sí misma que podía estar cerca sin sentir tanto.
No funcionó.
Cuando el bus se detuvo en una parada, él se levantó.
Pasó a mi lado.
No me miró.
O tal vez sí, pero no quise comprobarlo.
Sentí su presencia demasiado cerca.
Demasiado real.
Y cuando bajó, me quedé con una sensación rara, como si algo importante hubiera pasado aunque no hubiera pasado nada.
Esa fue la peor parte.
Porque no hubo palabras que analizar.
No hubo gestos claros.
Solo una certeza incómoda:
Pensar en él ya no era una idea lejana.
Era algo que podía tocar… pero no entender.