Después de ese día, mi cabeza no volvió a estar en silencio.
Intenté convencerme de que no había pasado nada.
Y era cierto.
No hubo palabras, ni gestos, ni promesas implícitas.
Pero el problema no era lo que había pasado.
Era todo lo que mi mente había decidido hacer con eso.
Me pregunté si me había visto de verdad.
Si aquel segundo de mirada había significado algo para él.
O si solo había sido una coincidencia más a la que yo estaba dándole un peso injusto.
Pensar se volvió una rutina agotadora.
Cada recuerdo lo analizaba desde todos los ángulos posibles.
El tiempo exacto que duró la mirada.
La forma en que apartó los ojos.
Si su expresión había sido neutra o distraída.
Me odié un poco por eso.
Porque no quería ser esa persona que se enreda sola.
No quería construir historias donde solo había silencio.
Y aun así, cada vez que intentaba dejarlo ir, mi mente volvía ahí.
—Estás exagerando —me decía— No te debe nada. No sabes nada de él.
Eso era lo más sensato.
Y lo más doloroso.
Porque sentir algo sin permiso te hace cuestionarte a ti misma antes que al otro.
Empecé a observarme con desconfianza.
A medir mis pensamientos.
A preguntarme si estaba bien sentir así.
¿Es normal ilusionarse con tan poco?
¿O es que me estoy aferrando a cualquier señal porque no he sentido esto antes?
A veces pensaba que solo necesitaba distraerme.
Que en cuanto conociera a alguien más, todo esto se apagaría.
Pero no se apagaba.
Porque no era él lo que ocupaba mi mente.
Era la posibilidad.
La idea de que alguien pudiera mirarme y verme de verdad.
La esperanza mínima de no pasar desapercibida.
Y eso me hizo sentir vulnerable.
No sabía cómo manejar esa sensación sin sentirme ridícula.
Así que hice lo único que supe hacer: callar.
Guardar todo.
Actuar normal.
Seguir con mi vida como si nada pasara.
Pero en silencio, me repetía una pregunta que empezaba a doler:
¿Estoy sintiendo mal… o solo siento por primera vez?