No fue un momento especial.
Y tal vez por eso dolió más de lo que debería.
El bus iba lleno.
Yo estaba de pie, aferrada a la barra, mirando cualquier cosa que no fuera él.
Hasta que lo sentí cerca.
No lo vi primero. Lo sentí.
—¿Esta parada ya pasó?
Su voz me tomó desprevenida.
No era como la había imaginado.
Era normal. Demasiado normal para todo lo que yo había construido en mi cabeza.
Negué con la cabeza antes de responder.
—No… falta una más.
Él asintió.
Y por unos segundos, solo eso.
Silencio otra vez.
Pensé que ahí terminaría.
Que las palabras se quedarían cortas, como siempre.
—Te he visto antes —dijo de pronto—. Siempre por aquí.
Sentí cómo algo se me apretaba en el pecho.
—Sí —respondí—. Yo también.
Quise decir más.
Quise sonar tranquila.
Pero por dentro, todo estaba desordenado.
No nos miramos directamente.
Era como si ambos supiéramos que, si lo hacíamos, algo pequeño pero irreversible iba a ocurrir.
—¿Estudias cerca? —preguntó.
—En la universidad —contesté—. ¿Tú?
—Igual.
Ahí estaba.
La confirmación de que no era solo una idea mía.
De que no había imaginado su presencia todos esos meses.
El bus se detuvo.
Mi parada.
—Bueno… —dije, sin saber cómo cerrar algo que recién empezaba.
—Nos vemos —respondió.
Y eso fue todo.
Bajé con el corazón acelerado y una sensación extraña en el cuerpo, como si acabara de abrir una puerta que había mantenido cerrada por miedo.
No hubo intercambio de números.
No hubo promesas.
No hubo nada concreto.
Solo palabras pequeñas.
Pero mientras caminaba a casa, supe que algo había cambiado.
Porque ahora ya no era solo una ilusión silenciosa.
Ahora tenía una voz.
Un recuerdo real.
Y eso, le dio a mis pensamientos una razón para no callarse nunca más.