Lo que nunca empezó

CAPÍTULO 9 — Desde el otro lado

Nunca pensé demasiado en ella.
No al principio.

La había visto antes, claro.
En el bus, en la universidad, siempre con libros apretados contra el pecho, como si eso la protegiera de algo.

Era fácil de recordar.
No porque llamara la atención, sino porque parecía no querer hacerlo.

Cuando le escribí, no fue por impulso.
Fue por conveniencia.

Necesitaba a alguien.
Alguien amable.
Alguien que escuchara.

Y ella lo era.

Desde el primer mensaje respondió rápido.
Demasiado rápido para alguien que decía no esperar nada.

No me habló de sí misma.
Me preguntó por mí.

Eso dice mucho de una persona.

Le pedí el favor sabiendo que diría que sí.
No porque fuera débil, sino porque las personas que sienten profundo confunden ayudar con acercarse.

No fue maldad.
Fue egoísmo tranquilo.
Ese que no grita, pero deja marcas.

Mientras ella pensaba cada palabra, yo medía tiempos.
Mientras ella leía entre líneas, yo escribía sin intención de sostener nada.

A veces me preguntaba si estaba bien seguir.
Si no era mejor detenerme.

Pero entonces ella decía algo como:

—Gracias por confiar en mí.

Y yo pensaba no tienes idea de lo poco que estoy confiando.

No la odié.
Nunca.

Tampoco me enamoré.

Ella era una pausa.
Una perspectiva.
Un espejo amable en un momento en el que yo no quería mirarme solo.

Cuando me despedía con un descansa, yo lo leía como cortesía.

Nunca como promesa.

Tal vez por eso no vi venir el peso de sus silencios.
Tal vez por eso no entendí que para ella, cada palabra era una posibilidad.

Yo solo estaba pasando.

Y ella…ella estaba quedándose.




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